La llamada inesperada de Gianluca resultó muy oportuna. Después de los funerales de nuestros guerreros, los ánimos no estaban para emprender una campaña bélica, por lo que contar con el equipo de Leonardo, el Gamma Barone, nos caía muy bien. Acordamos que en una semana el Equipo Höller llegaría a Teramo, en Italia, para cerrar las últimas coordinaciones de la incursión e inmediatamente dirigirse a Bran para ejecutar el rescate. Al principio quise liderar el rescate, pero Amelia me pidió que me quedara, ya que necesitaba ayuda para entrenar las habilidades que aparecieron en ella tras convertirse en vampira y despertar su poder divino.
Terminada la reunión, las delegaciones de hadas y brujos partieron hacia sus tierras. El resto de delegaciones lo harían en el transcurso del día. A dos horas del amanecer, Amelia y yo caminábamos hacia nuestra habitación. Tras ser una vampira, ya no necesitaba dormir o descansar, simplemente podía estar en movimiento constantemente. Aunque yo sí necesitaba dormir, me bastaba con un par de horas para sentirme revitalizado.
– Entonces, al amanecer comenzamos con tu entrenamiento, mi Luna -la abrazaba manteniéndola lo suficientemente lejos para observar su nueva mirada.
– Sí, pero quisiera que no solo nos enfoquemos en mí, sino que podamos ayudar a controlar su poder a Catalin -su mirada azul me atrapó y no pude seguir la conversación. Mirar ese azul en sus ojos, uno muy diferente al mío, se percibía raro, como si fuera capaz de dejar este plano e irme flotando hacia otra realidad-. ¿Stefan?, cariño, por favor, no te pierdas, regresa a mí –la voz de Amelia me hizo regresar. Sentí como si algo me jalara y me retornara a la realidad.
– Lo siento, Amelia. Es que te miro a los ojos y siento como si mis sentidos se apagaran, como si comenzara a alejarme de todo lo que hay a mi alrededor -dije aún algo ido por la sensación que embargaba a mi cuerpo, una que no me producía temor, sino que avivaba un sentimiento nostálgico de querer regresar al lugar de donde provenimos.
– Es mi energía divina la que causa ese efecto -cerró los ojos, y cuando los abrió retornó el hermoso tono marrón que tanto me gustaba-. Así ya no te abstraeré, mi Alfa -me tomó por el cuello y me jaló para juntar nuestros labios. Siempre sentí la necesidad de besarla con pasión, ya que el deseo me sobrepasaba al estar cerca de ella, pero desde que su divinidad surgió, percibía un estado de paz que se apoderaba de mí, y no dejaba explotar mi apetito s****l por ella.
– ¿Por qué no siento ganas de hacerte mía como antes? -pregunté desconcertado por la sensación de letargo que me inundaba.
– Es la divinidad. No hace buenas migas con el deseo carnal -sonrió levantando los hombros.
– Entonces, ¿no volveremos a unirnos? -pregunté entre triste y asustado.
– ¡Claro que sí! -rio muy divertida-. Si no hubiera deseo y pasión, nuestro amor no sería perfecto. Solo necesito mantener oculto mi poder divino para que podamos ser uno.
– Está bien, ya me estaba preocupando -en eso comencé a recordar cuando moría en mis brazos, y los ojos se me llenaron de lágrimas.
– Mi Alfa, tranquilo, yo estoy bien. Soy tu Amelia, la joven vergonzosa que conociste en una cena un viernes por la noche -limpiaba con sus dedos las lágrimas que no pude contener.
– ¡Discúlpame, mi Luna! -la atraje a mí y la abracé tan fuerte que, si hubiera seguido siendo humana, de seguro se hubiera quejado -. La idea de que estuve a punto de perderte aún me atormenta; apenas ha pasado una noche desde que moriste para renacer. No sé qué hubiera sido de mí si no te volvía a ver, oler, sentir -en eso Amelia tomó una bocanada de aire y se apretó más a mí.
– ¡Tu olor me embriaga! -dijo a mi oído terminando con un gemido-. Había olvidado que ahora puedo oler tu aroma, esa que me atrae por ser tu predestinada.
– ¿Cómo es mi olor? -pregunté sumergido en el suyo al no quitar mi nariz de la unión de su cuello con su hombro.
– Es delicioso… albahaca y azahar, muy varonil. ¡Me dan ganas de morderte! -dejaba húmedos besos en mi cuello mientras reprimía sus ganas de clavarme sus nuevos colmillos.
La cargué en mis brazos y me senté en el sofá pie de cama con ella sobre mi regazo. Seguía besando mi cuello, mientras que yo acariciaba su sonrojada mejilla. Amelia estaba luchando contra la sed que le abrasaba la garganta al desear mi sangre por ser predestinados.
– Amelia, no te contengas. Ahora te nutres de sangre. Yo seré tu alimento -apretaba los puños al asirse a mi camisa. No quería sucumbir al deseo de tomar mi sangre.
– Es que siento que si comienzo no voy a poder parar -mis venas y arterias ardían, era lo que Amelia estaba sufriendo por no beber sangre.
– No importa si no quieres parar. Ahora entiendo por qué soy más grande y fuerte: para proveerte de alimento y alejar de ti el instinto de atacar a los humanos.
Poco a poco, con la excusa de acariciar sus cabellos, empujaba su cabeza hacia mi cuello. Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, me pidió que pare. «No puedo. Te amo y me duele verte así. Además, estoy sintiendo el ardor que recorre tus venas y arterias, necesito acabar con nuestro dolor», le dije llevando uno de mis dedos hacia sus labios para animarla a morder. El roce de mi dedo hizo que bajara la guardia y comenzara a lamer mi cuello en donde latía mi yugular. Sentir su lengua sobre mi piel hizo que iniciara una erección. La apreté más a mi pecho y le dije: «Adelante, estoy listo». Y, aún con miedo, empezó a alimentarse.
Estaba preparado para esta experiencia, ya que, al ver el cambio en Amelia, consulté con Thomas sobre cómo ayudarla para que se alimente de mí.
– Al principio no va a querer hacerlo, Stefan. Ella va a temer dañarte porque la sed que sentirá es tan avasalladora que le hará pensar que no parará hasta sacar la última gota de sangre de tu cuerpo. Esa sensación hará que ella se limite y se niegue a alimentarse de ti.
– ¿Y qué hago para convencerla? -pregunté angustiado al imaginar que no quisiera alimentarse y que comenzara a sentirse débil y enferma.
– Insistir. Solo puedes insistir, pero con mucha ternura. No levantes la voz, abrázala y acaríciala. Reduce sus opciones de alejarse de tu cuello, ya que es mejor que la primera vez tome tu sangre de la yugular, para que pueda saciarse rápido y tengas un mejor agarre de su cabeza. Durante todo el proceso no olvides hablarle con seguridad, para que entienda que no tienes miedo y que no te hará daño.
– Entiendo -dije aún con una última duda-. Y, ¿qué se siente que tu compañera beba de tu sangre?
– El placer más intenso que puedas experimentar -cuando dijo eso, lo miré escéptico-. Aunque no lo creas, el sacrificio que haces al ser el alimento de tu predestinada, para que no termine siendo una vil asesina, es recompensado al transformar el dolor y la debilidad en placer. Te excitarás a tal nivel que empezarás a gemir, lo que le avisará que ya tomó lo suficiente. Lo mejor viene después.
– Te refieres a… -me detuve al entender a lo que se refería.
– ¡Esa será la mejor experiencia íntima s****l con tu predestinada!
Nunca imaginé que fuera tan placentero sentir el roce de los labios, dientes y lengua de Amelia sobre los orificios por donde tomaba mi sangre. Una onda eléctrica recorría mi cuerpo cada vez que ella succionaba. La sensación era comparable a cuando me fundía en su interior y empezábamos el vaivén sincronizado que nuestros cuerpos seguían cada vez que nos uníamos. Sin poderlo evitar, gemidos roncos comenzaron a brotar de mi garganta. No podía parar de manifestar el gusto que sentía por lo que despertaba en mí al tomarme como su alimento. En eso comencé a experimentar una sensación de relajo que me hizo perder el agarre sobre su cuerpo. Poco a poco perdí la postura que tenía, cayendo sobre la cama con ella asida a mí. Ella seguía succionando, mientras que mis gemidos se hicieron más fuertes. La erección creció y se tornó doloroso mantener a mi m*****o en mis pantalones. Al sentir demasiado placer, dije su nombre entre gemidos, y ella paró. Limpió mi cuello con su lengua y se incorporó sobre mí para mirarme. Estaba tendido sobre la cama, con los pies reposados en el suelo. No quería moverme, estaba concentrado en el placer. La miré a los ojos, y un color rojizo se había apoderado de ellos. Me miró con ternura, acarició mi rostro y pegó sus labios a los míos, iniciando un beso apasionado, demandante. Mientras me besaba sentía como mi cuerpo se volvía a tensar al llegar mi deseo a un nivel nunca antes experimentado.
– Amelia, ¿no que la divinidad no se mezcla con el deseo? -pregunté cuando sentí que se movía sobre mí mientras desabotonaba mi camisa.
– Mi divinidad está oculta. Ahora se manifiesta mi lado vampiro -pegó su frente a la mía sin dejar de quitarme la ropa-. ¿Quieres unirte a mí? Llevamos semanas sin tocar nuestros cuerpos desnudos. Ahora que he renacido, ya no debemos esperar que me recupere del ataque que sufrí.
Con la rapidez que caracteriza a los de mi especie, me incorporé con ella en brazos, retiré su ropa y lo que quedaba de la mía, giré en la cama y quedé sobre ella. Si Amelia hubiera sido humana, de seguro le rompía un hueso o zafaba alguna articulación, pero ese ya no era un problema.
Nos amamos hasta que escuchamos que las aves cantaban, lo que significaba que ya había amanecido. Me sentía exhausto, ya que no había dormido desde la noche anterior a la boda. Sin embargo, valió la pena el agotamiento.
– Lo siento, amor, otra noche que no has dormido -dijo abrazada a mí, jugando a trazar figuras geométricas sobre mi pecho.
– No te preocupes, mi Luna, aún puedo soportar hasta esta noche.
– Y, ¿te dolió? -preguntó algo apenada, rozando la zona de mi cuello donde debería haber dos pequeños orificios, pero que, por la rápida regeneración celular, no había ni rastros de ellos.
– ¿Quieres que te diga la verdad? -le di un beso al recordar el placer que sentí.
– Sí -respondió a la par que asentía con un movimiento de cabeza y jugaba nerviosa con sus manos.
– Que tomes mi sangre fue lo más excitante que pude experimentar en mi vida -le susurré al oído jugando a rozar mis labios en su oreja.
Amelia no tuvo oportunidad de hablar con Catalin sobre los cambios que experimentaría al ser una vampira, por ello estaba muy sorprendida de mi reacción. En el momento en que mi cuerpo se relajó, ella pensó que me estaba debilitando, y cuando escuchó su nombre creyó que le pedía parar. El placer se debe a que por ser compañeros predestinados podemos sentir el gozo del otro, y para Amelia, beber mi sangre es tan o más excitante que un orgasmo, de ahí que yo sintiera ese remolino de sensaciones tan satisfactorias.
– Creo que tus nuevas cualidades de vampira me van a gustar muchísimo -le dije mientras la abrazaba y me perdía aspirando su olor.
– Y eso que soy tu enemiga natural -dicho eso reímos por lo irónico de la situación.
– Todo tiene un propósito -recordé, ella asintió y nos preparamos para iniciar un nuevo día.