Esa noche cenamos juntos.
Richard habló más de lo habitual. Sobre un nuevo proyecto, sobre una posible expansión, sobre números que crecían y oportunidades que no podían desaprovecharse. Yo asentía en los momentos correctos, hacía preguntas cuando correspondía, sostenía la copa de vino con pulso firme.
Nadie hubiera imaginado que, horas antes, mis manos estaban aferradas a otro hombre en esa misma cocina.
—Te ves mejor —comentó Richard, observándome con detenimiento—. Más… presente.
Sonreí levemente.
—Tal vez necesitaba un susto.
Él no respondió. Solo me miró unos segundos más de lo normal, como si intentara descifrar algo que no terminaba de comprender.
Después de cenar, subí primero a la habitación. Necesitaba espacio. Silencio. Pensar.
Me quité la ropa despacio y me detuve frente al espejo. Mi cuerpo aún recordaba el tacto de Alexander. No como culpa. Como una marca invisible.
No fue solo deseo.
Fue elección.
Y las elecciones cambian cosas.
Cuando Richard entró al cuarto, me encontró sentada en la cama, con una bata ligera sobre los hombros.
Se acercó sin decir nada y se sentó a mi lado.
—He estado pensando —dijo finalmente—. Tal vez deberíamos viajar unas semanas. Desconectarnos. Empezar de nuevo.
Empezar de nuevo.
La frase sonaba correcta. Casi romántica.
—¿Tú quieres eso? —pregunté.
—Quiero que estés bien.
No respondió lo que le pregunté.
Se inclinó para besarme. Fue un gesto suave, familiar. Sus labios sobre los míos no despertaron fuego, pero tampoco rechazo. Solo costumbre.
Sus manos bajaron por mi espalda con una ternura medida, casi cuidadosa. Como si temiera romperme.
—No tienes que hacerlo si no quieres —murmuró.
Esa frase, dicha con buena intención, abrió algo dentro de mí.
No quería.
Pero tampoco quería seguir siendo intocable.
Lo besé de vuelta, esta vez con más intención. Richard pareció sorprendido. Su respiración cambió.
Nos movimos hacia la cama lentamente. No hubo urgencia. No hubo hambre. Hubo una especie de intento por recuperar algo que quizás nunca estuvo del todo allí.
Mientras él me abrazaba, cerré los ojos.
Y en ese instante entendí algo incómodo.
Con Alexander había sido fuego.
Con Richard era estructura.
Y yo estaba atrapada entre ambas cosas.
Más tarde, cuando su respiración se volvió profunda a mi lado, permanecí despierta mirando el techo.
El teléfono vibró sobre la mesa de noche.
Un mensaje.
No necesitaba verlo para saber de quién era.
Esperé unos segundos antes de tomarlo.
“¿Estás bien?”
Solo eso.
Nada más.
La simplicidad me hizo sonreír.
Respondí: “Sí.”
Tardó apenas unos segundos.
“Yo no.”
Apagué la pantalla y dejé el teléfono boca abajo.
Esto ya no era solo una atracción impulsiva. Era algo que empezaba a desordenar los límites con demasiada facilidad.
A la mañana siguiente, Richard salió temprano. Beso rápido. Promesa de volver para almorzar juntos.
La casa quedó en silencio otra vez.
Caminé descalza por el pasillo, bajé las escaleras, me detuve en la cocina. El mismo lugar.
Apoyé las manos en la encimera fría.
Una parte de mí sabía que estaba jugando con algo que no se controla del todo.
Otra parte… no quería detenerse.
El timbre no sonó esta vez.
Fue un mensaje.
“Necesito verte.”
Lo leí dos veces.
Podría ignorarlo.
Debería ignorarlo.
En cambio, escribí: “No aquí.”
La respuesta llegó casi inmediata.
“Dime dónde.”
Miré alrededor de la casa perfecta, ordenada, silenciosa.
Y por primera vez desde que todo comenzó, sentí algo que no era cálculo ni estrategia.
Expectativa.
Porque cruzar una línea una vez puede parecer un error.
Cruzarla de nuevo ya es una decisión..