9-El peso de las decisiones

721 Words
No elegí un lugar romántico. No flores. No música suave. No excusas disfrazadas de casualidad. Elegí un hotel pequeño en el centro, uno de esos que viven del anonimato. Lobby discreto, recepcionista que no hace preguntas, ascensores que se tragan secretos sin dejar eco. Cuando envié la dirección, tardó menos de quince minutos en responder: “Voy.” Mientras esperaba en la habitación, me observé en el espejo una última vez. Vestido sencillo, maquillaje leve, cabello suelto. No quería parecer alguien distinta. Quería ser exactamente quien soy cuando nadie me mira. El golpe en la puerta fue suave. Abrí. Alexander estaba allí, respirando más rápido de lo habitual, como si hubiera subido escaleras en vez de usar el ascensor. Nos quedamos mirándonos un segundo demasiado largo. —Todavía puedes irte —dije. —Tú también. Ninguno se movió hacia la salida. Entró. Cerré la puerta. El silencio fue diferente al de la casa. Aquí no había historia previa. No había recuerdos. Solo presente. —No debería estar aquí —murmuró, acercándose. —Lo sé. Pero esta vez no hubo dudas en el gesto cuando me tomó el rostro entre las manos. El beso fue más lento que el primero. Más consciente. No era sorpresa, era confirmación. Mis manos se deslizaron por su pecho, sintiendo la tensión contenida. Él me atrajo hacia sí con firmeza, pero sin brusquedad. Había deseo, sí, pero también algo más peligroso: intención. Retrocedimos sin dejar de besarnos hasta que mis piernas tocaron el borde de la cama. —Eleanor… —dijo mi nombre como si fuera una advertencia. —No digas nada —susurré. No quería análisis. No quería moral. Quería sentir. Nos movimos con una mezcla de urgencia y cuidado, descubriendo piel como si cada roce fuera una pregunta sin respuesta. Sus manos recorrían mi espalda, mi cintura, mis muslos, aprendiendo memorias nuevas. Las mías se aferraban a él como si necesitara comprobar que era real. No hubo palabras elegantes. Hubo respiraciones entrecortadas. Hubo miradas sostenidas demasiado tiempo. Hubo cuerpos que se buscaban sin pedir permiso. Y cuando finalmente el deseo dejó de ser tensión y se convirtió en movimiento, no pensé en Richard. No pensé en consecuencias. Pensé en cómo mi cuerpo reaccionaba sin miedo. En cómo mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no estaba calculando nada. Después, el silencio volvió. Pero no era incómodo. Alexander estaba acostado a mi lado, mirando el techo, todavía recuperando el ritmo de su respiración. —Esto cambia todo —dijo finalmente. Me giré hacia él. —No necesariamente. —Eleanor… Lo interrumpí apoyando mi dedo sobre sus labios. —No quiero promesas. No quiero explicaciones. Solo honestidad. Sus ojos buscaron los míos. —Entonces te digo la verdad: no fue solo deseo para mí. Sentí un leve movimiento en el pecho. Algo que no esperaba. —No hagas esto más grande de lo que es —respondí, aunque mi voz no sonó tan firme como pretendía. Él se incorporó, apoyando un brazo a mi lado. —¿Y qué es para ti? La pregunta me atravesó. Miré hacia la ventana. La ciudad seguía moviéndose allá abajo como si nada estuviera ocurriendo en esa habitación. —Es… sentir que sigo viva. No era mentira. Alexander guardó silencio unos segundos. —Eso es más grande de lo que crees. Me vestí primero. No por vergüenza. Por claridad. Él me observó mientras lo hacía, como si intentara memorizar cada gesto. Antes de salir, se acercó. —¿Vas a dejarlo? —preguntó. Ahí estaba. La pregunta inevitable. Lo miré fijamente. —No confundas lo que pasó con una decisión que aún no he tomado. Sus ojos mostraron algo que no había visto antes. Vulnerabilidad. Nos despedimos sin dramatismo. Sin besos largos. Solo una última mirada que decía demasiado. Cuando salí del hotel, el aire frío me golpeó el rostro. Me detuve un segundo en la acera. Había cruzado una línea. No accidentalmente. No por debilidad. Consciente. Y lo más inquietante no era la culpa. Era que no me arrepentía. Subí al auto y encendí el motor. El teléfono vibró en el asiento del copiloto. Richard: “¿Cómo te sientes hoy?” Miré el mensaje unos segundos. Escribí: “Mejor.” Apagué la pantalla. Sí. Me sentía mejor. Pero la mejoría a veces es el comienzo del verdadero desastre.
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