7- La línea que no debía cruzarse

915 Words
El silencio después de que Richard se fue no fue inmediato. Primero quedó el eco del motor alejándose, luego el leve crujido de la casa asentándose, y finalmente esa quietud espesa que hace que cualquier respiración suene más fuerte de lo normal. Alexander no se movió de donde estaba. Yo tampoco. —No deberías quedarte —dije, aunque mi cuerpo no dio un solo paso hacia la puerta. —Tu esposo fue quien me invitó —respondió con una calma que rozaba la provocación. Caminé hacia la cocina, necesitaba algo que hacer con las manos. Abrí el refrigerador sin realmente buscar nada. Sentía su mirada siguiéndome. —¿Quieres café? —pregunté. —No vine por café. Cerré la puerta despacio. Cuando me giré, él ya estaba más cerca. Demasiado cerca. —¿Entonces por qué viniste? —mi voz salió más baja de lo que pretendía. —Porque desde que te vi en el suelo no he podido sacarte de la cabeza. La sinceridad directa me desarmó más que cualquier insinuación elegante. Intenté mantener la compostura. —Eso suena imprudente. —Lo es. El aire entre nosotros vibraba. No había llanto, no había fragilidad. Solo una tensión que llevaba días creciendo en silencio. —Estoy casada —dije. Él sostuvo mi mirada sin vacilar. —Lo sé. No era una discusión moral. Era una advertencia que ninguno quería escuchar. Intenté pasar a su lado, pero su mano se apoyó en la encimera bloqueando mi salida. No me tocó. No hizo falta. —Dime que no sientes nada y me voy —murmuró. La pregunta era sencilla. La respuesta no. Lo miré a los ojos. Grises. Firmes. Observándome como si pudiera ver más allá de la versión que todos conocen. Mi respiración se volvió más lenta. —No debería sentir nada. No fue un no. Sus dedos rozaron mi muñeca, apenas. Un contacto leve, pero suficiente para que un estremecimiento subiera por mi brazo. —Eleanor… Mi nombre en su boca tuvo un peso distinto. Fue él quien cerró la distancia. El beso no fue suave ni exploratorio. Fue contenido durante demasiado tiempo. Una chispa que llevaba días acumulando electricidad. Intenté resistirme. Lo intenté de verdad. Mis manos se apoyaron en su pecho como si fuera a apartarlo, pero no lo hice. Su boca era firme, decidida. La mía respondió antes de que mi conciencia pudiera intervenir. Cuando me levantó ligeramente contra la encimera, el frío del mármol contrastó con el calor que comenzaba a recorrerme. Mi corazón latía rápido, no por culpa o miedo, sino por una sensación que había olvidado que existía. Deseo. Sus manos recorrieron mi cintura con lentitud, como si me estuviera dando tiempo para detenerlo. No lo detuve. Mis dedos se deslizaron por su cuello, por su cabello, acercándolo más. El mundo se redujo al sonido de nuestras respiraciones mezclándose, al roce urgente de cuerpos que sabían que estaban cruzando una línea invisible. Cuando su boca descendió por mi cuello, una corriente eléctrica me recorrió la espalda. Cerré los ojos. No pensé en Richard. No pensé en consecuencias. Solo en el presente. Alexander murmuró algo ininteligible contra mi piel antes de besarme otra vez, más profundo, más intenso. Mis piernas se tensaron cuando sus manos se deslizaron por mis muslos, subiendo con decisión contenida. El deseo tiene algo peligroso cuando nace en medio del caos. Me sostuvo con firmeza mientras mi cuerpo respondía sin reservas. No hubo dulzura romántica. Hubo hambre. Una necesidad acumulada que explotó sin pedir permiso. Por un momento, todo lo demás desapareció. No era la esposa perfecta. No era la paciente frágil. Era solo una mujer ardiendo entre los brazos de un hombre que no debía tocarla. El sonido de un auto pasando por la calle nos hizo separarnos bruscamente. La realidad volvió de golpe. Respirábamos agitados. Mi cabello desordenado. Sus manos aún en mi cintura. —Esto es una locura —susurré. —Sí. Pero no se apartó de inmediato. Lo miré, intentando recuperar el control que siempre me caracteriza. —Richard podría volver en cualquier momento. —¿Quieres que me vaya? La pregunta quedó suspendida. Lo correcto era decir que sí. En cambio, lo besé otra vez. Más lento. Más consciente. Una elección. Cuando finalmente nos separamos, la tensión no desapareció. Solo cambió de forma. —Vete ahora —dije con voz firme—. Antes de que esto sea más difícil de detener. Alexander apoyó su frente contra la mía un segundo. —Esto ya es difícil. Se alejó despacio, ajustándose la camisa, recuperando la compostura. Cuando llegó a la puerta, se giró. —No voy a fingir que no pasó. —No lo hagas. La puerta se cerró tras él. Me quedé sola en la cocina, el pulso aún acelerado, la piel sensible donde sus labios habían estado. Subí las escaleras justo cuando escuché el sonido del auto de Richard entrando al garaje. Me miré en el espejo del baño. Mejillas sonrojadas. Labios hinchados. Abrí el grifo y dejé que el agua fría corriera por mis muñecas. Cuando bajé, ya tenía el rostro sereno. Richard entró con expresión distraída. —¿Todo bien? Lo miré y sonreí. —Sí. Todo tranquilo. Él dejó las llaves sobre la mesa y se acercó para besarme la frente. Yo sostuve su mirada con absoluta calma. La infidelidad no siempre comienza en la cama. A veces empieza en el instante exacto en que decides que ya no quieres ser la misma persona que eras ayer..
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