Richard no soltó mi mano en ningún momento.
La sostenía como si yo fuera a desvanecerme otra vez, como si pudiera escaparme entre sus dedos. Su pulgar trazaba círculos nerviosos sobre mi piel mientras hablaba con el médico, asentía, preguntaba por cifras, por niveles plasmáticos, por posibles secuelas hepáticas.
Siempre tan correcto.
—La paciente respondió bien al manejo inicial —explicó el médico con tono profesional—. Se realizó lavado gástrico dentro de la primera hora desde la ingesta y se administró carbón activado. Sus signos vitales están estables. Tendremos que vigilar función hepática en las próximas 24 a 48 horas, dependiendo del tipo y cantidad de fármacos ingeridos.
Richard apretó más fuerte mi mano.
—¿Existe riesgo vital ahora?
—En este momento, no. Pero necesitamos observación. Y evaluación psiquiátrica obligatoria antes del alta.
Obligatoria.
La palabra cayó en la habitación como una sentencia.
Yo mantuve los ojos semicerrados, respirando lento. Fingiendo debilidad. No era del todo fingido; mi cuerpo todavía estaba pesado, con esa sensación desagradable de vacío interno, como si me hubieran raspado por dentro.
Lo habían hecho.
Alexander seguía en silencio junto a la ventana. No intervenía. Solo observaba.
Me observaba.
Cuando el médico salió, Richard se inclinó hacia mí.
—¿En qué estabas pensando? —su voz ya no era clínica, era personal. Herida. Controlada, pero con algo oscuro debajo—. ¿Te das cuenta de lo que pudiste provocar?
Yo lo miré con ojos cansados.
—Lo siento.
Es curioso lo fácil que es mentir cuando todos esperan la misma versión de la historia.
—No estabas durmiendo bien —continuó él, justificándome sin preguntarme—. Has estado sensible… tal vez el estrés.
Claro. El estrés.
Siempre es el estrés.
Deslicé la mirada hacia Alexander. Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo. Él no parecía convencido de esa narrativa conveniente.
Richard notó el gesto.
—Gracias por encontrarla —le dijo, girándose hacia él—. No sé qué hubiera pasado si…
Alexander asintió con una formalidad fría.
—La puerta estaba abierta. Fue suerte.
Suerte.
Si supieran lo poco que creo en la suerte.
Richard se levantó.
—Necesito hacer unas llamadas. Hablaré con administración para que la trasladen a una habitación privada.
Por supuesto. Imagen. Discreción. Control.
Cuando salió, la habitación quedó en silencio. Solo el monitor marcando mi ritmo cardíaco y el sonido lejano de un carrito metálico rodando por el pasillo.
Alexander se acercó despacio.
—No parecías sorprendida de seguir viva —dijo en voz baja.
Lo miré fijamente.
—Tal vez ya no me sorprende nada.
Él apoyó una mano en la baranda de la cama. Sus dedos estaban tensos.
—Las personas que realmente quieren morir no dejan la puerta abierta.
Ahí estaba.
El primer golpe.
Mi respiración se volvió más lenta, calculada.
—Estás insinuando algo que no sabes.
—Estoy diciendo que no fue tan descuidado como todos creen.
Un escalofrío recorrió mi espalda. No de miedo. De reconocimiento.
Me incorporé ligeramente, ignorando el mareo.
—¿Por qué te importa?
Esa pregunta sí lo tomó desprevenido.
Sus ojos bajaron un instante hacia mis labios, luego volvieron a los míos.
—No lo sé —respondió con honestidad incómoda—. Tal vez porque cuando te vi en el suelo… no parecía el final de alguien derrotado. Parecía el inicio de algo.
Mi pulso aumentó levemente. El monitor lo delató con un pitido más rápido.
—Deberías irte —susurré.
—¿Para qué? —preguntó—. Tu esposo ya tiene el control de la situación.
Control.
Otra palabra interesante.
Me incliné un poco más hacia él. No lo suficiente para parecer provocativa. Lo suficiente para que sintiera que compartíamos un secreto.
—No todo es lo que parece, Alexander.
Su nombre en mi voz tuvo un efecto que no esperaba. Su mandíbula se tensó.
—Entonces explícame.
Sonreí apenas. Una sonrisa frágil. Creíble.
—Algún día.
El silencio entre nosotros cambió de temperatura. Ya no era clínico. Era eléctrico.
Escuchamos pasos acercándose por el pasillo. Me recosté rápido, volviendo a mi papel de paciente débil.
Antes de alejarse, Alexander murmuró:
—Si esto fue un juego, es uno muy peligroso.
Cerré los ojos.
Si supiera cuánto.
Richard volvió acompañado por una enfermera que verificó la vía, revisó mi presión arterial y anotó datos en la historia clínica. Profesional. Mecánica. Todo perfectamente documentado.
—Te trasladarán en unos minutos —dijo Richard con suavidad forzada—. He hablado con psiquiatría. Vendrán mañana.
Asentí, dócil.
Pero por dentro, mi mente trabajaba con precisión.
Nada de esto fue impulsivo.
Nada fue improvisado.
Las dosis fueron calculadas para causar daño sin asegurar muerte inmediata. Suficiente para activar protocolos. Suficiente para hospitalización. Suficiente para sembrar miedo.
Suficiente para empezar.
La habitación privada tenía una ventana amplia con vista a la ciudad. Desde allí podía ver las luces encendiéndose al caer la tarde. Todo parecía normal afuera.
Aquí dentro, algo había cambiado.
Richard se sentó a mi lado mientras la enfermera salía.
—Vamos a superar esto —dijo, acariciando mi cabello—. Lo que sea que esté pasando, lo resolveremos juntos.
Juntos.
Qué palabra tan conveniente.
Lo miré con ojos húmedos, dejando que una lágrima real rodara por mi sien.
—Tengo miedo —susurré.
No era mentira.
Solo que no era el miedo que él imaginaba.
Porque esto apenas comienza.