Capítulo 4

1662 Words
Un fiasco. Un completo y gigantesco fiasco. Como maquilladora no servía. Tampoco como estilista. Así que decidí hacer lo más sabio. Llamé a Karen. -j***r, yo quería estas sombras de ojos. Y este labial. ¡Oh, Dios! Tendrás que prestarme esta base. ¿Sabías que además de cubrir imperfecciones, humecta? Esas habían sido unas de las pocas exclamaciones al ver mis nuevas adquisiciones. - Me han costado un ojo de la cara. Necesito que me ayudes a maquillarme. Y a combinar la ropa. -¿No estarás haciendo todo esto por Mr. Ano, verdad? Ahogué la carcajada. -¿Mr. Ano? ¿Has estado hablando con Cristián? - Fue una ocurrencia de ambos.- Sonrió inocentemente. Como si me creyera que algún día mi amiga fue inocente. - Lo pasaré por alto si me ayudas. - Ven aquí.- Me hizo señas para que me sentara en la silla frente a mi tocador. Cuarenta minutos después tenía una clara idea de cómo maquillarme para no parecer una furcia y para verme coqueta. Habíamos probado cinco tipos de maquillajes distintos antes de dar con la imagen que me venía bien. Además organizó mi ropa para toda la semana. Comenzando por el lunes, es decir, mañana. - No sabes cuánto te lo agradezco. Te debo una. - Me la cobraré, que no te quepa duda. Y no me debes una, me debes miles. Cenamos y lamentablemente mi amiga se fue, no sin antes advertirme de mil maneras posibles que no valía la pena cambiar por un hombre. La ignoré y cambié de tema. No estaba cambiando tanto. Estaba mejorando a mi antigua yo. En esencia seguía siendo la misma Alicia de siempre, sólo había modificado la parte externa, el envoltorio. Lunes, seis de la mañana. Ya estaba duchada, así que comencé a jugar con el nuevo maquillaje. Para mi sorpresa quedaba mejor de lo que me había parecido ayer. Miré mi alcoba pulcramente ordenada, para luego mirar la colcha rosada de la cama con mi nueva ropa encima. Una blusa blanca con un género parecido a la seda con mangas cortas e infladas, una falda ajustada color n***o sobre la rodilla y unos tacones de aguja que me hacían quince centímetros más alta de lo que era. Alisé mi nuevo corte, el escalonado, quedando como resultado varias capas notorias de cabello castaño. Combiné todo con unos aretes de perla y la cadenita de oro que siempre usaba. Mi padre había dicho que era de mi madre y que a ella le hubiese gustado que yo la tuviera. No me la iba a quitar por nada ni nadie. Era una de las pocas cosas que tenía de ella. Volví a observar mi atuendo. Me gustaba. Me gustaba la imagen que me devolvía el espejo. Quizás debí haber dejado hace mucho tiempo atrás las faldas anchas y las blusas hasta el cuello, o los moños altos y los zapatos cómodos. Rogaba porque a Mariano le gustara esta nueva yo, porque a mi me encantaba. De camino al transporte, sentí varias miradas masculinas, cosa que nunca me había pasado antes, o al menos no con tanta intensidad. Hice detener al conductor y cuando me fui a sentar, me fui a los asientos del final. De llegada a la oficina, el portero me miró dos veces para poder reconocerme. - ¡Alicia, pero que cambiada estás! Muy guapa, mi niña. Muy guapa.- Gonzalo era un amor de persona. Tenía alrededor de sesenta años y su pelo canoso le hacía parecer confiable. Por lo que habíamos conversado, vivía con su esposa, ya que sus hijos ya habían echo sus vidas. No muchos hablaban con él, pues para el resto era sólo el hombre que hacía el aseo. Para mi no. A mi me recordaba a mi padre, con quien viví hasta que me fui de la casa, él era un hombre amistoso y muy sociable, sus ojos mostraban familiaridad a quien se acercara a hablarle y admiraba que para mi haya sido padre y madre a la vez. Mi madre había muerto cuando yo nací. Según papá, las cosas se habían complicado en el parto y ella prefirió que yo viviera. No es que no me duela a cada hora del día, pero como no la conocí, no creé lazos, y aunque no me costó superarlo, habían veces en que efectivamente, mi madre me hizo falta. -Gracias, Don Gonzalo. ¿Cómo amaneció hoy?- Aunque la verdad estaba pensando en que si él se percató de mi cambio, Mariano también lo haría. Escuché su respuesta y tras desearle un buen día, me fui al escritorio en el que trabajaba. Dos de café y tres de azúcar. Revolví el café para mi ex novio y actual jefe, tal como a él le gustaba. Con suma delicadeza tomé el platillo, recordando lo mucho que le criticaba echar tanta azúcar en esas minúsculas tazas blancas. Quizás debí haber dejado que le echara todo el azúcar que quisiera, después de todo, a él le gustaba así. No más restricciones; era otro punto que tenía que cambiar si quería recuperarlo. Toqué tres veces antes de abrir la puerta. Por poco me caigo de tan nerviosa que me encontraba. Él, como siempre, vestía uno de sus trajes de marca y hablaba por teléfono. Me miró y yo me congele en mi lugar, esperando su próximo movimiento. -Puedes dejar el café y retirarte. Algo dentro de mi se resquebrajó. No había sido suficiente. Tenía que seguir cambiando para él. No obstante, aún albergaba la esperanza de que me dijera algo. -Sí. Claro... Yo...- Dejé el café en su escritorio y me volví, aguantando las ganas de llorar. No era suficiente para él, debía seguir cambiando, me repetí mentalmente mientras tomaba el pomo de la puerta. -Ah, y... ¿Alicia?.- Me volteé, repentinamente feliz, ante la expectativa de sus palabras. -¿Sí?- Ya quería ver como sonaba de sus labios lo bien que me venía el cambio de imagen. -Prepara la sala de reuniones. Tengo una junta a las diez y necesito que esté todo preparado. El labio me tembló y por poco me echo a llorar ahí mismo. -Sí, por supuesto. La tendré lista para dentro de diez minutos. Quizás si era más eficiente en mi trabajo podía conseguir algo. Me equivoqué cuando pensé que me daría las gracias. Bueno, después de todo... Era mi trabajo. Salí peor que cuando entré. La misma voz que ayer me decía que no debía cambiar por un hombre, ahora me susurraba que dejara de ser una arrastrada y que lo mandara a tomar viento sólo con el boleto de ida. Sin retorno. Cabizbaja me fui a ordenar la sala de juntas para luego volver a mi escritorio. Definitivamente el corte de pelo y la apariencia no habían logrado mi propósito. Él no había notado nada extraño, lo que significa que para la próxima debía esforzarme el doble. Quizás saltar en un pie mientras atravesaba un aro de fuego; se burló esa parte de mi que creía imposible lo que intentaba hacer. Tan concentrada estaba que no me percaté cuando alguien se paró al frente mío, buscando mi atención. -¿El señor Riquelme se encuentra? -En este minuto se encuentra ocupado, pero si gusta pasar a la sala de juntas...- Mi voz se fue apagando a la vez que alzaba la mirada y me encontraba con unos sorprendidos ojos castaños. -¿Tú?- Dijimos al unísono. Fruncí el ceño. -Esto ya es demasiado. No tenías para qué seguirme a mi trabajo. No te pagaré la tintorería. Era sólo un traje. Mi mente traicionera me trajo la vívida imagen de nuestro beso, lo que hizo que me ruborizara. Tenía que dejar de acordarme de aquello. -¿Piensas que yo...? ¿Acaso tu crees que yo...?- Pareció aclararse cuando volvió a hablar.- Ni sabía que trabajabas aquí. Además estás distinta, seguramente es el nuevo corte de cabello que te hiciste.- Me encogí de hombros, intentado no demostrar cuán sorprendida me encontraba de que él si lo haya notado. Después de todo, sólo era la segunda vez que me veía en la vida. ¿Tan observador era, o mi ex novio era un despistado?- Lo siento, pero no es suficiente para pasar desapercibida. Tienes una deuda con la tintorería. Y ahora que sé donde trabajas, sabré donde enviarte la factura. -No pagaré esa factura.- Contesté con calma, como la perfecta dama que era. -Sí lo harás... -Ni pienses en... -¿Mario? Justo a Mariano le dio por salir de su oficina y preguntar por el nombre ficticio que le puse a este hombre aquella noche. -¿Eres Mario, verdad?- Podía ver la mente de mi jefe recordando mi penoso actuar cuando nos encontramos en aquel bar. Que bochornoso. Mi ex se posicionó frente al hombre del bar y se apretaron la mano. Fuerte. -Mario Acosta. Soy el nuevo accionista de la empresa. Los ojos de mi jefe mostraron la felicidad que sentía al ver un nuevo accionista, mientras que yo estaba que me tiraba los pelos de lo nerviosa que me encontraba. ¿Había oído bien? ¿Se llamaba Mario en realidad? ¿Cuáles eran las posibilidades de que esto estuviera ocurriendo? Se volteó y me miró. -¿A qué esperas? Anda, atiéndelo. Iré a buscar unos documentos para ir a la sala de juntas. Sólo serán cinco minutos.- Le explicó al hombre a mi lado. Asentí aunque por supuesto, él no me vio. -¿En serio se llama Mario?- Ya no podía tratarlo de 'tú', era un accionista, por ende, alguien importante. -Así es.- Su rostro inalterable.- ¿La sala de juntas...? -Por aquí.- Mordí la cara interna de mi mejilla, conteniendo las ganas de tratarlo como se merecía. Era una dama, me recordé más de una vez. -¿Hace cuánto trabaja aquí? Cuando llegamos le abrí la puerta y antes de cerrarla, le dije: -Eso a usted no le importa. Por favor espere con paciencia a mi jefe, no tardará en llegar. ¡Por Dios! Llevaba sólo dos encuentros con aquel hombre y en ambos había sacado mi peor parte a relucir. Una dama jamás hubiese contestado algo como eso. Había intentado contenerme, pero se me hizo imposible. Tenía que decirle algo. Se había comportado mal y no podía dejarlo pasar. Por muy accionista que fuera. De todas formas, me prometí a mi misma mantener la calma si es que había un próximo encuentro. Salí de la estancia, rogando no perder los estribos de nuevo... No podía permitirme tratar así al hombre que invertiría en nuestra empresa. Aunque algo me decía que sería imposible lograr mi cometido.
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