Terminé de levantar los platos y llevarlos al fregadero. Papá se levantó y fue al sofá, seguramente a ver el último partido de su equipo o la repetición de los goles.
-Papá, lavaré los platos y me iré. Tengo unos trámites que hacer.- La verdad no eran trámites, tenía que volver al trabajo. Mi hora de colación se acababa dentro de poco y no podía permitirme llegar tarde. Pero habían días, como hoy, que me iba a almorzar con papá, y los deseos de llegar temprano al trabajo eran nulos.
Además, con el tema de las audiciones en la academia, debía ir allá antes de a mi puesto de trabajo.
Mi progenitor asintió con una sonrisa en los labios, y tras darme un beso en la frente, prestó toda su atención a aquella caja.
Hice una lavaza para lavar los trastos con agua caliente. Comencé a fregar, pensando realmente en algo. O en alguien.
Ya habían pasado tres días desde mi supuesta alternativa B. No podía, o mejor dicho, no concebía que no tuviera otra mujer a la que pedirle algo así. ¿Y encima a mi? ¿Yo? ¿Que le vomité encima? ¿Que no salía de lo normal físicamente hablando? ¿La que no tenía busto en exceso ni trasero de araña? Seguramente tenía más mujeres, es más, firmaba aquello.
Una mujer que no se aprovechara ni viviera de su fama, claro. Cuando dijo eso, su rostro era serio. Bueno, no es como si haya visto alguna emoción en su cara. Excepto cuando lo conocí. ¿Quién lo diría? Esa noche se mostró tan natural, tan fresco, tan joven... No imaginé que en verdad, en su diario vivir fuera un gendarme.
Era verdad. Las apariencias engañaban, pero no imaginé nunca que el hombre bueno para besar, el mismo que pensaba que interrumpir un morreo era mala educación, fuera así de serio. Claro que no. Y quizás su trabajo lo obligaba a ser serio, pero él no debía caer ante la presión de muchos focos pendientes de su vida tanto empresarial como personal.
Tocaron el timbre y lamenté tener las manos ocupadas. No es que fuera una esclava de mi padre, pero desde que me fui de la casa, me gustaba regalonearlo cuanto pudiera, para que no sintiera tanto la soledad que lo acompañaría.
-¡Papá, tengo las manos ocupadas! ¿Puedes abrir tú?- Le grité para que me escuchara desde el living.
Oí como la puerta chirreaba al abrirse, a mi padre conversar, soltar una que otra risa y despedirse. Para cuando llegó a la cocina, yo ya había terminado con mi quehacer.
-Esto lo mandó el nieto de la señora Marcela.- Dejó una bandeja cubierta en la encimera de la cocina. Por el olor, era un queque. Dios, que hambre. Pero...
-¿Ella tenía un nieto?
-¿No te acuerdas? Era un chiquillo revoltoso y siempre peleaban.- Soltó una suave carcajada.- Franco... Marcelo... Gustavo... ¡Bah!- Hizo un gesto con las manos.- Algo por ahí. Ya ni me acuerdo de su nombre. Fue hace tantos años.
-¿Ese niño que me rompía los juguetes?- Pregunté intentando recordar algo. La verdad es que casi siempre jugaba con las niñas, a las princesas o a la tienda. Pero creo recordar jugar con él un par de veces. La señora Marcela era muy amable con todos, en especial con mi padre, debido a la situación que nos había tocado vivir, y su nieto venía en vacaciones a visitarla. Por eso, según me explicaba papá, nuestra vecina le pedía que yo jugara con él, porque el niño no conocía a nadie de la manzana y no quería aburrirse estando solo en casa.
-Si, mi niña.- Soltó una carcajada suave.- El mismo.
Me encogí de hombros, restándole importancia al asunto. Hace años que no me acordaba de él, por ende, no sabía en qué pasos andaba ahora. Y al igual que mi padre, tampoco me acordaba de su nombre. Pero bueno... No le deseaba mal y esperaba que se le quitara lo molestoso y haya echo algo bueno de su vida.
No seguí hablando del asunto, sino mi padre mal entendería mis preguntas y se iría de bocazas con la vecina, comentándole que yo tenía algún interés especial por su nieto.
Terminé mi quehacer y tomé mis bolsos, el deportivo y la cartera, para dirigirme al teatro.
Cristián ya me estaba esperando en la entrada, como de costumbre, con un cigarro encendido.
-Esa cosa terminará matándote antes que yo.- Le advertí.
-Deberías dejar de ser una aguafiestas.- Tiró el cigarrillo al piso y lo aplastó con la punta del pie, para luego seguirme al interior del establecimiento.
-¿Sabes por qué nos citaron hoy?- Pregunté ignorando sus palabras anteriores. Hoy, miércoles no nos hacían ensayar, sólo los sábados por la tarde.
-Las audiciones. Seguramente Cristina está estresada y quiere hacer las audiciones lo más rápido posible.
-Mh...
Fuimos directo a los vestidores y nos cambiamos de ropa. Cinco minutos después, nos encontrábamos nuevamente con un grupo de adolescentes que miraban ansiosos nuestros pasos de baile.
Realizamos la misma rutina que la vez anterior. Al final, Cristián y yo quedamos tan cerca, que toda la clase irrumpió en risas, bromas y burlas dirigidas a nosotros. Por mi parte me reí con ellos y besé la mejilla de mi amigo, haciendo que los chiflidos aumentaran.
Después de darme una rápida ducha en los camarienes del teatro, fui a recepción, en donde me entretuve mirando las diversas fotografías y premios que habían en una estante de vidrio, mientras esperaba a Cristián, el cual se había ofrecido a llevarme a la oficina.
-Hola.- Me giré en redondo, encontrando a una joven de unos quince años, mirándome curiosa. Me sobresalté. No la había visto acercarse.
-Hola.- Saludé con una dulce sonrisa.
-Te vi bailar allí dentro. La verdad me encanta el Raks, siempre lo veía por internet, pero hasta ahora descubrí esta academia. Y claro que quise entrar de inmediato.- El entusiasmo de la niña era evidente, además no dejaba de sonreír. La chica me simpatizó de inmediato.
-¿Si? Pues... Que bien que diste con esta academia.- Miré a su alrededor.- ¿Viniste sola?
-No. Con mi hermano mayor. Debe estar por ahí, hablando con alguno de sus empleados. ¿Tu me enseñarías en clases particulares?- Aguanté la carcajada. Era una niña que iba al grano. Cuando yo tenía su edad, apenas nos atrevíamos a dirigirle la palabra a los desconocidos.
Pero...¿Yo? ¿Dando clases?
-Mira...
-Josefa.
-Mira, Josefa, yo no doy clases, también soy alumna. Y la señorita Cristina es una espléndida maestra. Con ella aprendí todo lo que sé.
-Pero bailas muy bien. Quiero bailar como tu. Y que tú me enseñes.
Su carita de perro mojado me estaba convenciendo. Apretó el agarre de su bolso, mirándome de aquella manera que los jóvenes usaban para conseguir lo que querían. Y me convenció.
-Vengo a clases los días sábados, si quieres podrías sumarte a mi horario. Veremos que podemos hacer, ¿Vale?
A lo lejos vi un conocido cuerpo envuelto en traje, acercándose a nosotras. Mi vientre se apretó como nunca antes lo había echo. No supe descifrar si eso era bueno o malo. Tomé a la niña del hombro y la incité a caminar en la dirección contraria. Pero cuando la niña vio lo mismo que yo, se detuvo. Y cómo no...
-¡Mario!- La niña lo saludó feliz.- ¡Estoy aquí!- El hombre llegó a nuestro lado y me recorrió con la mirada.
-Señorita Varas...- Un saludo con la cabeza.- Un gusto volver a verla.- No es que quisiera ver su, seguramente trabajado, cuerpo, pero mis ojos bajaron por su anatomía. De todas formas procuré de que fuera lo bastante rápido para que no lo notara. Luego volví a su rostro.
-Señor Acosta... Que sorpresa.- Bajé la cabeza otra vez, mirando el suelo. ¿Por qué ese cosquilleo en la nuca?
-¿Se conocen?- Preguntó la adolescente.
-Josefa, no molestes mas a la señorita. Vamos.- Dijo con su serio rostro.
En lo personal no me molestaba. No me gustaba hacer clases, pero tampoco odiaba enseñar algo.
-Pero Mario...
-Josefa, por favor.
¿Cómo podía ser igual de serio con su hermana pequeña? Vale, estaba bien ser serio para un desconocido, pero con la familia debía ser distinto.
-Está bieeen.- Se quejó la niña y se adelantó, dejándonos unos escasos segundos a solas.
-Espero que se esté pensando la propuesta.
Sí, la verdad sí lo había echo. Sin embargo había confiado en que todo no era mas que una mala idea, y que él olvidaría el tema. De todas formas no iba a admitir que había pensado en todo esto en casa de mi padre, justo hace unas horas atrás.
-Sí, claro.
-El viernes espero una respuesta.
-Eso, o tendré que pagar la tintorería.
-El traje nuevo.
Vaya, la cuota iba en aumento.
Me sonrojé ante el recuedo de cómo le ensucié el atuendo. Si mal no recordaba, su beso me había robado más que el aire. Me había dejado con serios problemas para hilar ideas y la piel bastante sensible.
Mariano, Mariano, Mariano. No lo olvides.
-Emm... Sí. Comprendo, el traje nuevo.
Ni siquiera me atreví a mirarlo. Como señorita que era, debía mantener la compostura, y si lo miraba, mis modales se irían a tomar viento.
-¡Mario! ¿Nos vamos ya?
-En seguida.- Otro asentimiento de cabeza.- Nos vemos el viernes.
Asentí y con el rostro rojo me despedí, con un movimiento de mano.
No alcanzó a irse cuando la mano de Cristián se apoderó de mi cintura. Me aparté como si su tacto me quemara. ¿Qué estaba haciendo?
-Cris... Cristián...
Pude ver por el rabillo del ojo cómo Mario se alejaba con su ya familiar ceño fruncido y se subía a un lujoso coche con su hermana pequeña, mientras Cristián se reía a destajo de mi reacción.
-¿Dónde consigo uno de esos?- Me preguntó cuando sus carcajadas le dieron un respiro.
-Créeme que cuando lo tengas querrás no haberlo conocido.
Me inquietaba. Su forma de ser llamaba un poco mi atención. ¿Para qué ir tan serio por la vida si todo se podía solucionar con una sonrisa?
Agradecí que mis tías me hayan enseñado eso de pequeña. Además las princesas siempre sonríen. Pasara lo que pasara, siempre sonreían. O al menos le veían el lado bueno a las cosas.
Y yo quería ser una princesa.
Eso ya estaba decidido.