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965 Words
Después de la cena, Nyxara se levantó de la mesa con la misma elegancia curiosa con la que hacía todo desde que llegó al castillo. Aún podía sentir el calor en sus mejillas por todas las risas que había compartido con Lucian, y el suave murmullo de la sala principal la guió instintivamente hacia allá. El salón donde la familia Solvard solía reunirse después de comer estaba cálido, iluminado por la luz dorada del fuego en la chimenea. Había sillones amplios, mesas pequeñas con libros abiertos y copas a medio terminar, y un ambiente relajado que contrastaba con la formalidad del comedor. Lady Nymera conversaba con Draegor cerca de la chimenea; él, con su porte firme y serio, asentía a las palabras de su madre mientras bebía algo en silencio. Más cerca de la ventana estaba Kael, afilando su espada con movimientos lentos y precisos, su expresión dura iluminada por la luz de las velas. Cuando Nyxara entró, algunos rostros se giraron. No porque hiciera ruido, sino porque tenía esa presencia… distinta, casi brillante, que atraía miradas sin proponérselo. Lady Nymera sonrió al verla. —Natasha, querida, ven. Estábamos por servir té caliente. Nyxara se acercó, aún maravillada por cada rincón del castillo. Mientras avanzaba, Lucian entró detrás de ella, y al verla sonrió con una naturalidad que no había tenido esa mañana. Kael levantó la vista apenas un segundo al notar eso, su ceño fruncido profundizándose por razones que él mismo no entendía. Nyxara tomó asiento, intrigada por lo que esa noche traería consigo. Porque aunque aún no comprendía muchas cosas de los humanos, había algo en esa sala, en esa familia, que la hacía sentir… menos sola. Draegor dejó la conversación con Lady Nymera cuando vio que Nyxara entraba en la sala. Con el porte noble y confiado que lo caracterizaba, tomó su copa de vino y se acercó a ella con pasos tranquilos pero decididos. Nyxara levantó la mirada justo cuando él llegó a su lado. La cercana presencia del mayor de los Solvard imponía: su figura alta, sus ojos dorados llenos de inteligencia y esa seguridad natural que llevaba como si fuera una segunda piel. —Dime, Natasha —comenzó Draegor con una sonrisa suave, ofreciéndole su copa—, ¿cómo se te hizo el castillo? Espero que te guste tu nuevo hogar, hermosa. Antes de que Nyxara pudiera responder, él tomó su mano con delicadeza y, en un gesto galante perfectamente ejecutado, alzó sus dedos y besó sus nudillos con suavidad. El contacto fue breve, pero lo suficiente para que algo en Nyxara se descontrolara. El calor subió a sus mejillas de inmediato, encendiendo un sonrojo brillante que no pudo—ni supo—esconder. No entendía del todo por qué su cuerpo reaccionaba así; las costumbres humanas eran aún nuevas para ella, y aquel gesto, tan refinado y cargado de intención, la tomó completamente desprevenida. Su corazón dio un pequeño salto, confundido. —Yo… el castillo es… muy grande —murmuró, sin saber cómo controlar aquella sensación extraña y cálida que se expandía por su pecho. Draegor soltó una risa breve, suave, claramente complacido por la reacción. —Me alegra que te sientas cómoda —dijo con voz baja, mirándola con un brillo travieso en los ojos. Desde el otro extremo de la sala, Lucian observó la escena con las cejas ligeramente levantadas. Y Kael… Kael apretó la mandíbula sin darse cuenta, su mano deteniéndose por un instante sobre el filo de la espada que estaba puliendo. Algo en la dinámica había cambiado. Y todos podían sentirlo. Kael soltó un bufido apenas audible cuando vio a Draegor besar los nudillos de Nyxara. No era un sonido de sorpresa ni de molestia… era un sonido de costumbre fastidiada. Su hermano siempre hacía lo mismo con cada chica hermosa que ponía un pie en el castillo, y Kael lo sabía demasiado bien. El lord Solvard, sentado en un sillón cercano con una copa en la mano, soltó una carcajada breve, profunda y conocedora. —Era obvio —murmuró con humor mientras levantaba una ceja—. Natasha iba a convertirse en el centro de atención en cuestión de horas. Se inclinó ligeramente hacia Lady Nymera y, con un tono bajo pero cargado de picardía adulta, añadió: —Esto se va a poner interesante. Lady Nymera, que observaba a sus tres hijos desde la distancia con una sonrisa maternal, no pudo evitar devolverle la mirada divertida. Sus ojos brillaban con ese entendimiento que solo una madre puede tener cuando algo “grande” está a punto de pasar. —Hace años que no los veo comportarse así —respondió ella en un susurro encantado. Nunca había presenciado a los tres reaccionar de manera tan marcada alrededor de una sola mujer. Draegor, galante e irresistible como siempre, desplegaba todo su encanto. Lucian irradiaba una dulzura protectora y genuina que pocas veces mostraba. Pero lo que realmente llamaba su atención era Kael. Kael, que jamás perdía el tiempo en distracciones, mucho menos en mujeres. Kael, que vivía para entrenar, para la disciplina, para la espada. Kael, que rara vez reaccionaba a algo que no fuera una amenaza o un desafío. Sin embargo, ahí estaba: frunciendo el ceño con una intensidad extraña, los ojos clavados en Draegor y Nyxara, su mandíbula tensándose cada vez que alguien se acercaba demasiado a ella. —Nunca pensé ver a Kael así —comentó Lady Nymera con una sonrisa que mezclaba sorpresa y picardía—. Se ve… casi celoso. Su esposo rió en voz baja. —Raro, ¿verdad? Nyxara, ajena a todo aquello, se limitaba a sonrojarse cada vez que alguien le hablaba, sin comprender el caos silencioso que había provocado en la atmósfera del castillo. Y, para los Solvard, era apenas el inicio.
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