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1314 Words
Después de aquella noche llena de miradas cruzadas, sonrisas ocultas y tensiones silenciosas, cada m*****o de la familia Solvard se retiró a sus habitaciones. El castillo, que horas antes vibraba con conversaciones y risas, quedó sumido en un silencio sereno marcado solo por el sonido distante del viento nocturno. La doncella asignada a Nyxara esperaba pacientemente frente a su habitación. En cuanto ella llegó, la joven sirvienta hizo una leve reverencia y comenzó a ayudarla con el mismo cuidado meticuloso de la mañana. —Permítame, Natasha —dijo con dulzura. Con manos suaves, desató cada lazo del vestido azul que Nyxara había usado durante la cena. La tela cayó con suavidad, dejando al descubierto su piel pálida bañada por la luz tenue de las velas. La doncella le colocó el camisón beige de encajes, cálido y cómodo, que se ajustaba perfectamenta a su figura ligera. Después, tomó el cepillo y comenzó a deslizarlo por su largo y hermoso cabello blanco. Cada mechón brillaba con un matiz plateado, moviéndose como seda. Nyxara cerró los ojos sin darse cuenta, disfrutando de la sensación relajante, casi hipnotizante, del cepillo recorriendo su cabellera. —Tiene un cabello precioso, mi lady —murmuró la doncella con sincera admiración. Nyxara solo sonrió, demasiado cansada para responder. La ayudaron a recostarse en la gran cama cubierta de cojines suaves. Las sábanas recién calentadas envolvieron su cuerpo de inmediato, brindándole una comodidad que jamás había experimentado en su vida humana. En cuanto su cabeza tocó la almohada, Nyxara se hundió en el sueño. Profundo. Pesado. Tranquilo. Completamente ignorante del revuelo que había provocado en el corazón de los tres hijos de la familia Solvard… y de cómo, sin saberlo, había comenzado a cambiar sus vidas para siempre. Nyxara despertó lentamente, envuelta en la suavidad cálida de las sábanas. Por un momento no supo dónde estaba; su cuerpo se sentía pesado, pero cómodo, tan cómodo que parecía ser parte misma del colchón. Una tenue luz dorada atravesaba las cortinas y llenaba la habitación con un brillo apacible. Tardó varios segundos en recordar el día anterior… y lo extraño que había sido todo. Elin, su doncella, entró con pasos suaves, cargando un cuenco de agua caliente y toallas limpias. —Buenos días, Natasha —susurró con su habitual dulzura—. ¿Dormiste bien? Nyxara parpadeó lentamente, tratando de apartar la somnolencia de su mente. —Sí… creo que sí —respondió, aunque en realidad no estaba acostumbrada a esa sensación tan placentera. Dormir profundamente era algo humano, algo nuevo. Elin sonrió al ver que el cabello blanco de ella estaba enredado como un nido de plumas. —Puedo ver que descansaste de verdad —bromeó. Nyxara bajó la mirada con un rubor leve. Todavía le costaba entender ciertas expresiones humanas, pero notaba el cariño en el tono de la doncella. Mientras Elin la ayudaba a lavarse el rostro y cepillarle el cabello, Nyxara no pudo evitar recordar momentos del día anterior: Lucian riendo con ella en el jardín… Draegor besándole los nudillos… Kael mirándola con ese ceño fruncido y un silencio que pesaba más que cualquier palabra… Su pecho se sintió extraño. Como una pequeña vibración interna que no sabía cómo descifrar. Cuando terminó de vestirse—esta vez con un vestido verde suave que resaltaba la palidez luminosa de su piel—Elin abrió las ventanas. El aire frío de la mañana entró, trayendo el aroma a tierra húmeda y flores. —La familia suele reunirse en el patio solar después del desayuno —informó la doncella—. Si quieres, puedo llevarte. Nyxara asintió. Aún se sentía extraña y un poco nerviosa. No sabía por qué. Mientras caminaban por los pasillos iluminados, Nyxara notó las miradas de algunos sirvientes. Eran discretas, respetuosas… pero curiosas. Sus mejillas comenzaron a calentarse sin que lo pudiera evitar. Cuando llegó al Salón Solar, la escena la sorprendió. Lucian estaba ahí, apoyado contra una mesa, hojeando un libro… pero al verla, levantó la cabeza y su sonrisa se iluminó de inmediato, cálida y genuina, como si la mañana hubiera mejorado sólo por su presencia. —Buenos días, Natasha —la saludó con un tono suave que rozaba la ternura. Nyxara sintió que su corazón daba un pequeño salto. Pero antes de poder responder, otro sonido resonó en la sala. El golpe seco de una espada siendo colocada en su soporte. Kael estaba ahí también, aún con su ropa de entrenamiento. Había sudor en su frente y sus respiraciones eran profundas, marcando que había estado entrenando desde muy temprano. Su mirada azul, afilada y penetrante, se clavó en ella. No dijo nada. Pero la intensidad de esa mirada hizo que Nyxara bajara la vista, sintiendo una presión en el pecho que no sabía explicar. Draegor entró unos segundos después, con el porte calmado de alguien que dormía bien y vivía sin preocupaciones. Sonrió al verla. —Qué agradable sorpresa encontrarte tan temprano, Natasha —dijo con voz suave. Nyxara no entendía por qué, pero la atmósfera se volvió… densa. Como si el aire entre los cuatro se tensara por algo que nadie decía en voz alta. Ella solo parpadeó, torpe, confundida, sintiendo que caminaba sin entender el terreno bajo sus pies. Era como si un día bastara para convertirse en el epicentro de un torbellino silencioso. Lucian cerró suavemente el libro que estaba leyendo cuando la vio entrar. Sus ojos azules se iluminaron con una calidez que hizo que el salón pareciera más brillante. —Hola, Natasha —saludó con voz suave, casi tímida—. ¿Te gustaría ir conmigo a la biblioteca? Hay muchos libros que creo que te gustarán. Nyxara parpadeó, sorprendida pero halagada. Lucian siempre la miraba como si cada palabra que ella pronunciaba fuera importante. —Sí… me gustaría —respondió con una pequeña sonrisa. Lucian extendió un brazo, indicándole el camino, y caminaron juntos por los pasillos de piedra, donde el sol se filtraba por los vitrales y creaba sombras de colores a sus pies. Durante el trayecto, Lucian la observó de reojo, con curiosidad sincera. —Natasha… ¿de dónde vienes realmente? —preguntó con tono suave, sin malicia, solo genuino interés. Nyxara miró por una de las ventanas, como si pudiera ver a través de las montañas y los valles. —Del cielo —respondió con serenidad—. En la Colina del Trueno. Ese es mi hogar. Lucian se detuvo un instante y la miró con una sonrisa divertida, como quien escucha la fantasía favorita de un niño. —Natasha… ese lugar no existe —dijo entre risas suaves—. Solo aparece en los libros que hablan de dragones. Nyxara giró la cabeza hacia él, confundida por su reacción. —Lo sé —respondió con naturalidad—. Por eso te digo que soy un dragón milenario. Lucian soltó una carcajada más abierta esta vez, aunque no había burla en ella, solo incredulidad. —Creo que… te golpeaste muy fuerte la cabeza en la caída —comentó mientras avanzaban—. Debiste quedar más confundida de lo que pensábamos. Nyxara lo miró sin entender del todo. No sabía cómo explicarle que decía la verdad. Que ella era un dragón. Que su hogar sí existía, aunque nadie más pudiera verlo. Que su memoria era borrosa, pero su esencia permanecía. Pero antes de que pudiera intentar aclarar algo, Lucian le sonrió con esa ternura que siempre le mostraba. —No te preocupes, Natasha. Cuando estés mejor, vas a recordar el lugar real donde vivías. Nyxara bajó la mirada, sintiendo un pequeño nudo en el pecho. No sabía cómo explicar su verdad sin sonar como alguien completamente perdida. Aun así, caminó junto a él, confiada en su presencia… …sin darse cuenta de que, a la distancia, desde el pasillo contiguo, Kael los observaba. Y su mirada, fría y tensa, seguía cada gesto entre ellos con una intensidad peligrosa.
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