7

1219 Words
La biblioteca del castillo Solvard era un mundo aparte. Un lugar silencioso y vasto, donde el aroma a papel antiguo, tinta y madera pulida impregnaba el aire. Altas estanterías se alzaban hasta casi tocar el techo abovedado; algunas cargaban libros perfectamente ordenados… y otras estaban repletas de manuscritos amontonados sin cuidado, como si sus dueños hubieran estado demasiado emocionados para devolverlos a su lugar. La luz entraba desde enormes ventanales, creando haces dorados que caían sobre las mesas llenas de pergaminos, plumas, frascos de tinta y cristales mágicos que brillaban débilmente. Un silencio reverente cubría el salón, roto solo por el sonido suave de sus pasos. Lucian dejó escapar un suspiro de orgullo. —Bienvenida a mi lugar favorito, Natasha. Nyxara avanzó lentamente, mirando todo como si observara un bosque encantado. Sus ojos se posaron en una torre inestable de libros apilados sobre una mesa. Tomó el que estaba más arriba, pero lo agarró al revés sin darse cuenta. Frunciendo el ceño con concentración, abrió el libro de ese mismo modo, sin corregir la orientación. —No entiendo su escritura —dijo con tono sincero, confundida. Lucian, que venía detrás de ella, soltó una risa suave y encantadora. Se acercó por detrás, tomó el libro con cuidado de sus manos y lo giró en la orientación correcta. —Así se lee, Natasha —explicó aún sonriendo. Nyxara lo miró fijamente, luego volvió a mirar el libro… y su expresión no cambió. —Sigo sin entender nada —admitió con total seriedad. Lucian soltó un pequeño bufido divertido, uno que no podía esconder lo encantado que estaba con ella. Se pasó una mano por el cabello y negó con la cabeza, divertido. —No te preocupes —dijo con esa ternura que la hacía sentir segura—. Te enseñaré. Puedo mostrarte desde lo más básico. No será difícil… no conmigo. Nyxara bajó la mirada hacia el libro y luego hacia Lucian, sintiendo por primera vez que quizás aprender las cosas humanas podría no ser tan aterrador con él a su lado. Lucian se sentó en una de las mesas de madera pulida e hizo un gesto para que Nyxara—Natasha para él—se acercara. Ella obedeció con paso ligero, aún sosteniendo el libro como si temiera romperlo. —Ven —dijo él suavemente—. Siéntate aquí, a mi lado. Nyxara se sentó, pero dejó una pequeña distancia entre ellos, insegura. Lucian sonrió al notar su rigidez. Con la suavidad de quien maneja algo frágil, acercó un poco la silla de ella a la suya. Su proximidad hizo que Nyxara sintiera un pequeño estremecimiento en la espalda. Lucian abrió el libro en su regazo y señaló la primera línea. —Esto… —dijo mientras su dedo recorría los trazos— se llama “alfabeto común”. Cada símbolo representa un sonido. Nyxara inclinó la cabeza hacia él, observando sus gestos. Su cabello blanco cayó como un velo sedoso sobre su hombro, rozando ligeramente el brazo de Lucian. Él se tensó apenas, sorprendido por lo suave que era. Tomó la mano de Nyxara con delicadeza. Sus dedos eran fríos, delicados, casi etéreos. Nyxara lo miró con los ojos muy abiertos. —Voy a guiar tu mano, ¿está bien? —preguntó Lucian, como si temiera asustarla. Ella asintió lentamente. Lucian llevó su mano hacia la página y trazó con sus dedos unidos la primera letra. —Este símbolo hace el sonido a —dijo despacio, como si pronunciara un hechizo—. Intenta repetirlo conmigo. Nyxara abrió los labios. —A… —murmuró, casi como un susurro. Lucian sonrió, una sonrisa cálida, genuina, que se le escapó sin poder evitarlo. —Perfecto. Muy bien, Natasha. El elogio hizo que la piel de Nyxara se estremeciera. Sus mejillas tomaron un leve color rosado que ella no entendía. Continuaron así un rato: Lucian guiando su mano con paciencia infinita, Nyxara repitiendo los sonidos, equivocándose, frunciendo el ceño… y Lucian riendo bajito cada vez que ella lo miraba con frustración infantil. —Es difícil… —admitió Nyxara, bajando la mirada. Lucian acercó su rostro un poco más, intentando verla a los ojos. —Todo es difícil al principio —dijo con voz suave—. Pero yo estaré contigo mientras aprendes. No te dejaré sola. Nyxara levantó la vista y se encontró con su mirada. Había algo cálido, protector, casi devoto en esos ojos azules. —Gracias… Lucian —susurró. Él apretó ligeramente su mano, aún entrelazada con la suya. —Para eso estoy aquí. La atmósfera a su alrededor se volvió más suave, más íntima. Parecía que el mundo entero se hubiera reducido a la mesa, el libro abierto… y la manera en que él la miraba, con esa ternura que Nyxara aún no comprendía, pero que hacía que su pecho se sintiera extraño y ligero. Elin, la doncella de Nyxara, apareció en la entrada de la biblioteca con pasos discretos, sin querer interrumpir demasiado la concentración de ambos. —Disculpen… —dijo con una leve inclinación—. Natasha, mi lady, la comida ya está servida. Nyxara levantó la cabeza con sorpresa. No tenía noción alguna del tiempo; para ella, apenas habían pasado unos minutos desde que Lucian le había mostrado la primera letra del alfabeto. —¿La comida…? —murmuró, confundida. Lucian soltó una risa suave al ver su expresión. —Sí, parece que el tiempo pasó más rápido de lo que pensábamos —comentó mientras cerraba con cuidado el libro y se ponía de pie. Nyxara lo imitó, aún sujetando el libro contra su pecho como si fuera un tesoro recién descubierto. Lucian extendió la mano para ayudarla a levantarse de la silla, un gesto simple que hizo que su corazón se agitara un poco. —Aprendes rápido —dijo, con esa ternura constante en su voz. —No sé si tanto… —respondió Nyxara bajando la cabeza—. Pero contigo… se siente más fácil. Lucian sonrió, y su mirada brilló con un sentimiento suave, cálido, que a Nyxara le resultaba difícil descifrar pero imposible ignorar. —Me alegra escucharlo —respondió él, ofreciéndole su brazo con un gesto caballeroso—. ¿Vamos? Nyxara dudó un segundo, mirando su brazo. No estaba acostumbrada a esas costumbres humanas. Pero algo en la calidez de Lucian la tranquilizaba, así que aceptó con delicadeza, apoyando ligeramente su mano. Elin los observó con una pequeña sonrisa discreta, encantada por lo que veía. Mientras caminaban por los pasillos rumbo al comedor, Nyxara notó algo extraño dentro de sí: una sensación ligera, casi luminosa, como si una pequeña chispa hubiera despertado. Lucian hablaba de libros antiguos, de historias que planeaba mostrarle, de las cosas que podría enseñarle después de la comida… y Nyxara lo escuchaba con una atención absoluta. No entendía del todo por qué, pero disfrutaba estar cerca de él. Cuando llegaron a la puerta del comedor, Lucian se detuvo para mirarla. —Natasha… —dijo en voz baja—. Me alegra que hayas venido conmigo hoy. Nyxara sintió que algo en su pecho se suavizaba. —Yo también estoy… contenta —respondió, con esa sinceridad pura que la caracterizaba. Entraron al comedor juntos, y aunque no se dieron cuenta, sus pasos estaban perfectamente sincronizados. El tiempo con Lucian realmente se les había ido volando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD