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1200 Words
Cuando Nyxara y Lucian entraron al comedor, todavía conversando en voz baja, las miradas se dirigieron hacia ellos de inmediato. Había algo en la manera en que caminaban juntos—esa cercanía sin esfuerzo, la comodidad recién nacida—que no pasó desapercibida. Draegor fue el primero en reaccionar. Se recostó en su silla con su característico porte confiado y sonrió con descarada elegancia al verlos entrar. —Vaya, vaya… —dijo en tono juguetón—. Lucian, no te robes toda la atención de Natasha solo para ti. Lucian, que rara vez se alteraba, frunció el ceño apenas visible. No dijo nada, pero su postura se tensó un poco, como si no le agradara el comentario. Draegor continuó, apoyando un codo sobre la mesa mientras miraba directamente a Nyxara, su mirada cálida y seductora como siempre. —Yo también tengo cosas que enseñarle —añadió con un brillo travieso en los ojos—. Como el pueblo. ¿Qué te parece, hermosa? ¿Si después de comer te llevo a conocerlo? Estoy seguro de que te encantará, Natasha. Nyxara parpadeó, sorprendida por la invitación tan directa. No entendía bien las intenciones humanas, pero sabía reconocer cuando alguien le hablaba como si intentara ganarse… ¿qué era? ¿Su favor? ¿Su atención? Lucian apretó la mandíbula. Era leve, casi imperceptible… pero suficiente para mostrar que no estaba muy contento. Nyxara, en cambio, inclinó un poco la cabeza, tratando de procesar la oferta. —¿El pueblo…? —preguntó con curiosidad sincera—. ¿Es un lugar importante? Draegor sonrió ampliamente, complacido de tener su atención. —Es un lugar precioso. Colorido, lleno de vida, y estoy seguro de que nunca has visto nada igual. Lucian respiró hondo, intentando mantener la calma, pero su voz salió más suave de lo que pretendía. —Natasha… si no quieres ir, no tienes que sentirte obligada —murmuró. Ella pestañeó otra vez, confundida por la tensión entre ambos. No entendía por qué cada palabra parecía tener un peso diferente. No entendía por qué los hermanos la miraban de maneras tan distintas. No entendía por qué su pecho se sentía extraño, como si el ambiente a su alrededor hubiera cambiado repentinamente. Lady Nymera observaba la escena desde la cabecera de la mesa, con una sonrisa tranquila y una mirada que lo comprendía todo. Lady Nymera intervino antes de que la tensión creciera demasiado. Con una sonrisa llena de sabiduría maternal, dejó la copa en la mesa y miró a Nyxara con dulzura. —Sería bueno que Natasha conociera el pueblo —dijo con un tono ligero, casi juguetón—. Y quién mejor que Draegor para mostrarle los alrededores. Estarás muy segura con él. Draegor sonrió con aire victorioso, inclinándose ligeramente hacia atrás como si acabara de ganar una competencia invisible. Lady Nymera añadió, con un guiño cómplice: —Pero no se diviertan demasiado, ¿sí? Tráela completita, hijo. Lucian bufó de inmediato, como si no pudiera evitarlo. Se dejó caer en su asiento con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido, claramente molesto pero sin fuerzas para disfrazarlo. Su reacción provocó que Draegor sonriera aún más, ahora con un toque arrogante y encantado de la situación. Lord Solvard rio con gusto, disfrutando el espectáculo familiar. —Ah, los jóvenes… —comentó, divertido. Nyxara observó todo sin entender del todo las emociones cruzadas. Las sonrisas, los bufidos, los guiños… todo parecía tener un significado oculto que se le escapaba. Aun así, había algo que sí notó de inmediato. Faltaba alguien. Miró alrededor, confundida, y con la voz suave preguntó: —¿Dónde está Kael? La mesa guardó un instante de silencio, el tipo de pausa que ocurre cuando alguien importante no está presente. Lady Nymera respondió con serenidad y orgullo en igual medida. —Ese hombre está entrenando a sus soldados —explicó con una sonrisa cariñosa—. Es incansable. Seguramente comerá con ellos hoy. Nyxara ladeó la cabeza, como un pequeño gesto de intriga. Había algo en aquel hombre que llamaba su atención, aunque aún no comprendía qué exactamente. Lady Nymera continuó, con un brillo cálido en los ojos: —No te preocupes por Kael, hija. Él sabe cuidarse solo. Siempre ha sido así. Las palabras se deslizaron suavemente por la mesa, pero dejaron un eco tenue en el pecho de Nyxara, como si el nombre de Kael tuviera un peso distinto, inesperado. Mientras tanto, Draegor seguía mirándola con entusiasmo por el paseo que planeaba. Lucian intentaba parecer indiferente… pero su postura tensa lo traicionaba. Y Nyxara, en el centro de atención, no sabía que cada pregunta, cada sonrisa y cada gesto suyo estaba agitándoles el corazón. Cuando la comida terminó, y las últimas copas de vino fueron retiradas por los sirvientes, Draegor ya no podía esperar ni un segundo más. Apenas Nyxara dejó la servilleta sobre la mesa, él se puso de pie con la gracia segura que lo caracterizaba. Se inclinó ligeramente hacia ella, ofreciéndole una sonrisa cálida… pero también impaciente. —Vamos —dijo con voz baja cargada de entusiasmo y encanto—. El carruaje ya está listo. No perdamos tiempo, hermosa. Sin darse espacio para dudar, tomó su brazo con suavidad pero firmeza, como quien guía a alguien valioso. Nyxara se sorprendió por el gesto tan decidido, sus ojos abriéndose un poco al sentir la calidez de su mano rodeando su piel. —¿Tan pronto…? —preguntó ella, mirando a su alrededor, confundida por la rapidez. Lucian, aún en su asiento, apretó los labios. Su mirada bajó hacia la mesa, incapaz de ocultar la molestia; sin embargo, no dijo nada. Solo su ceño ligeramente fruncido traicionaba sus sentimientos. Lady Nymera los observó con una expresión mezcla de diversión y ternura maternal. —Disfruten el paseo —dijo suavemente. Lord Solvard levantó su copa en un gesto de despedida. —No se pierdan —añadió con una risa grave. Draegor, satisfecho con la aprobación de sus padres, inclinó la cabeza en señal de respeto… y luego volvió su atención a Nyxara como si el mundo entero se redujera a ella. Ella solo alcanzó a tomar aire antes de que él la guiara hacia la salida del comedor, su paso largo y decidido contrastando con la suavidad del andar de Nyxara. Mientras avanzaban por el pasillo, la luz de las ventanas iluminaba el contraste de ambos: la figura alta y segura de Draegor, y la presencia etérea, casi luminosa, de Nyxara siguiendo a su lado. Ella no comprendía la prisa… pero sentía que algo vibraba en el ambiente, una mezcla de emoción, nerviosismo y algo más que no sabía nombrar. Elin, la doncella, los vio pasar y abrió la puerta principal del castillo, dejando entrar el aire perfumado del exterior. Frente a la entrada esperaba un carruaje elegante, de madera pulida, adornado con los colores de la casa Solvard. Draegor se volvió hacia ella y, con un gesto caballeroso, le ofreció la mano para ayudarla a subir. —Te va a encantar el pueblo, Natasha —aseguró con su voz suave, pero cargada de ese encanto natural que siempre llevaba consigo—. Confía en mí. Nyxara dudó un segundo… luego tomó su mano.
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