Draegor le ofreció la mano para ayudarla a subir, y cuando Nyxara estuvo acomodada en el asiento acolchonado del carruaje, él subió detrás de ella y cerró la puerta. El interior estaba tapizado con terciopelo azul, y un suave aroma a madera perfumada impregnaba el aire. El carruaje comenzó a avanzar con un leve traqueteo, estable y rítmico.
Nyxara se aferró al borde del asiento al sentir el movimiento, sus ojos abriéndose un poco más de lo normal.
Draegor lo notó… y sonrió.
—Tranquila, hermosa. El carruaje no va a sacudirse tanto como crees —dijo en un tono cálido, casi perezoso.
Nyxara lo miró fijamente, intentando descifrar qué significaba “no tanto”.
—No estoy acostumbrada a… esto —admitió, observando cómo las cortinas se movían con el vaivén.
Draegor se acomodó más cerca, recargando un brazo sobre el respaldo, sin invadirla pero sí rodeándola con su presencia.
—Es tu primera vez en un carruaje —dijo más como una afirmación que una pregunta.
Nyxara asintió.
—Todo se mueve demasiado lento —murmuró.
Él soltó una carcajada suave, de esas que parecían vibrar en su pecho.
—¿Lento? La mayoría se marea por lo rápido que vamos. Pero tú… —ladeó la cabeza, mirándola con curiosidad sincera— tú pareces hecha para algo más veloz.
Nyxara pensó en eso unos segundos, como si buscara un recuerdo que no terminaba de llegar.
—Quizá antes… iba más rápido —susurró sin darse cuenta.
Draegor arqueó una ceja, divertido.
—¿Antes? —repitió—. ¿Acaso corrías colina abajo perseguida por bestias salvajes?
El comentario era tan absurdo que Nyxara lo miró con seriedad absoluta.
—No lo recuerdo. Pero no me perseguían. Yo era… —se detuvo, frustrada, como si su mente chocara contra un muro invisible—. Era algo distinto.
La seriedad del momento hizo que Draegor suavizara su sonrisa.
No se burló.
No rió.
Solo la observó con una expresión extrañamente gentil para alguien tan seguro de sí mismo.
—Cuando recuperes esa parte de ti, estaré ahí para escucharlo —dijo con voz más profunda—. Pero por ahora… quiero que disfrutes del camino.
Para distraerla, levantó la cortina de la ventana.
—Mira —susurró.
El bosque se extendía a ambos lados: árboles altos, sombras frescas, hojas que danzaban con la brisa. La luz del sol atravesaba las ramas, creando destellos dorados sobre el camino.
Nyxara abrió los ojos con una fascinación tan pura que Draegor no pudo evitar sonreír.
Había algo en ella, en su manera de observar el mundo, que lo hacía sentir… extrañamente cautivado.
—Es hermoso —dijo ella en voz baja.
—No tanto como tú —respondió él sin pensarlo demasiado.
Nyxara volvió la cabeza hacia él, confundida.
—¿Eso es… un cumplido? —preguntó con completa sinceridad.
Draegor se echó a reír, pero esta vez de una forma suave, cálida, lejos de la burla.
—Sí, Natasha. Lo es.
Y créeme… —le ofreció esa sonrisa ladeada tan suya— tengo muchos más si quieres escucharlos.
Ella no entendió del todo, pero la forma en que sus mejillas se calentaron le dijo que algo en sus palabras había llegado a un lugar profundo dentro de sí.
El carruaje disminuyó la velocidad hasta detenerse por completo. Draegor abrió la puerta antes de que el conductor pudiera hacerlo, bajó primero y luego extendió la mano hacia Nyxara con un gesto elegante.
—Cuidado, hermosa. El escalón es más alto de lo que parece.
Nyxara puso su mano sobre la de él y bajó con cuidado. La luz del sol del mediodía cayó sobre su cabello blanco, haciéndolo brillar como si estuviera hecho de hilos de luna. Draegor la miró un segundo más de lo necesario, sorprendido por esa luz… pero no dijo nada.
El pueblo se extendía frente a ellos como un cuadro vivo.
Calles empedradas, casas de madera con techos de tejas color terracota, ventanales abiertos de donde salían aromas de pan recién horneado y flores secas. Los puestos del mercado bordeaban la plaza central: frutas, telas bordadas, joyería artesanal, cestas de mimbre y pequeños frascos de vidrio que brillaban bajo el sol.
El sonido era una mezcla armoniosa de conversaciones, risas, y el tintinear de campanillas colgadas en algunas puertas.
Nyxara dio un paso hacia adelante.
Sus ojos, enormes y curiosos, se movían de un lado a otro, absorbiéndolo todo.
—Es… hermoso —susurró con asombro auténtico—. Nunca había visto algo así.
Draegor sonrió con satisfacción, cruzándose de brazos mientras la observaba.
—Sabía que te gustaría. Este pueblo es famoso por su tranquilidad… y por su gente amable.
Nyxara se inclinó hacia un puesto donde vendían frutas coloridas. Tocó una con la punta de los dedos, maravillada por su suavidad.
La vendedora, una mujer mayor de sonrisa dulce, la atendió al instante.
—¡Qué muchacha tan linda! ¿Es tu prometida, joven Solvard?
Nyxara abrió los ojos de par en par. Draegor se atragantó con su propia saliva.
—N-No —respondió él con una risa nerviosa, llevándose una mano al cabello—. Todavía no hemos llegado a ese punto.
La mujer soltó una carcajada divertida.
—Pues si me preguntas, hacen una pareja preciosa. ¡Llévale flores, muchacho! A las chicas siempre les gustan.
Nyxara miró a Draegor, confundida.
—¿Por qué deberías darme flores? ¿Acaso se comen?
Draegor soltó una carcajada que llenó toda la calle.
—No, Natasha… no se comen. Son para… demostrar aprecio.
—¿Aprecio? —repitió ella, pensando—. Entonces sería mejor dar algo útil. ¿Como comida?
La vendedora volvió a reír encantada. Draegor también, aunque había un brillo suave en su mirada… un brillo que apareció cada vez que Nyxara decía algo con esa inocencia pura que lo desarmaba sin que él quisiera admitirlo.
—Camina conmigo —dijo Draegor ofreciéndole el brazo—. Te mostraré los mejores lugares.
Nyxara dudó un momento, pero tomó su brazo. Sentirse guiada la tranquilizaba.
Mientras avanzaban por la plaza, la gente los miraba con curiosidad:
la joven de belleza etérea con cabello blanco,
y el heredero Solvard con aire noble y sonrisa encantadora.
Draegor estaba orgulloso.
Y Nyxara…
Nyxara estaba maravillada, como si cada paso fuera un descubrimiento.
El día apenas comenzaba, y ya había magia en el ambiente…
aunque no de la clase que ella conocía.