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1069 Words
Draegor caminaba con seguridad entre los puestos hasta detenerse frente a una tienda que llamaba la atención incluso entre las más elegantes del pueblo. El letrero en la entrada, hecho de madera oscura y letras doradas, dejaba claro que solo los clientes más selectos entraban allí. —Este lugar te gustará, hermosa —dijo Draegor abriendo la puerta para Nyxara. Dentro, la tienda estaba iluminada con lámparas de cristal que lanzaban destellos suaves por todas partes. Vestidos finos colgaban en percheros acolchados, cada uno más elaborado que el anterior: encajes, bordados en hilo dorado, telas suaves como el agua. Había estantes repletos de sombreros elegantes, delicados guantes, cintas de colores, collares con piedras preciosas y pulseras finísimas. El vendedor, un hombre delgado con bigote perfectamente recortado, inclinó la cabeza al verlos entrar. —Bienvenidos, joven lord Solvard —saludó—. ¿Puedo ayudarles con algo en especial? —Queremos ver todo —respondió Draegor sin una pizca de vergüenza. Nyxara miró alrededor con una fascinación absoluta. Había tanto brillo, tanta textura, tantas cosas nuevas que no sabía por dónde empezar. Draegor tomó el primer sombrero que vio, uno extravagante con plumas azules y un velo delicado. —Pruébate este, Natasha —dijo colocándoselo con exagerada delicadeza. Nyxara parpadeó… y el sombrero se ladeó hacia un costado, cubriéndole media cara. Draegor estalló en risa. —Parece que quiere comerte —bromeó mientras lo acomodaba. Nyxara intentó mirarse en un espejo pero apenas se encontraba; su expresión confundida hizo reír nuevamente a Draegor. En venganza suave, Nyxara tomó un sombrero n***o y lo plantó con firmeza sobre la cabeza de Draegor. Era demasiado pequeño, quedaba ridículamente apretado. —Creo que este te queda bien —dijo ella con total seriedad. Draegor quedó congelado un instante… luego soltó una carcajada tan contagiosa que hasta el vendedor frunció los labios tratando de no sonreír. —Me queda… mortal, diría yo. Probaron collares, pulseras, guantes, vestidos que Nyxara se ponía sobre su ropa sin comprender que debían ir encima de un atuendo más adecuado. Draegor la guiaba, pero la mitad del tiempo estaba ocupado riéndose. —Natasha, ese no es un cinturón… —dijo cuando ella intentó ponerse un collar alrededor de la cintura. —¿Ah, no? —preguntó genuinamente confundida. —Aunque podríamos inventar una nueva moda —respondió él guiñándole un ojo. El vendedor observaba todo desde el mostrador con un tic nervioso en un ojo. Cada vez que Draegor o Nyxara tomaban algo, el hombre tragaba saliva. Cuando volvían a colgarlo torcido, parecía sufrir un infarto silencioso. Al cabo de un buen rato, ambos estaban riendo como si fueran amigos de toda la vida. Nyxara, en especial, parecía brillar con alegría; su sonrisa era amplia, auténtica, y los colmillos que asomaban le daban un encanto único. Finalmente, Draegor miró alrededor… y luego a Nyxara. —Creo que ya arruinamos la tienda lo suficiente por hoy —dijo entre risas. Nyxara asintió sin notar que habían dejado un rastro de desorden impecable: sombreros torcidos, collares fuera de lugar, vestidos mal colgados. El vendedor abrió la boca para protestar… pero Draegor simplemente lo saludó con una reverencia exagerada. —Gracias por su hospitalidad. Ha sido… inolvidable. Nyxara también hizo una pequeña inclinación respetuosa. —Todo es muy bonito —dijo sinceramente. Y se marcharon… sin comprar absolutamente nada. Draegor apenas cruzó la puerta cuando soltó una carcajada enorme. —Natasha… tenemos que volver solo para ver la cara del pobre hombre otra vez. Nyxara río también, encantada y sin comprender por completo el caos que habían dejado atrás. El día apenas comenzaba, y ya era uno que ninguno de los dos iba a olvidar. Cuando salieron de la tienda, la luz del sol bañaba la plaza del pueblo con un brillo cálido. Había músicos callejeros tocando una melodía tranquila con flautas y violines, niños corriendo alrededor de la fuente central y vendedores conversando animadamente. Todo parecía vibrar con vida. Nyxara se detuvo al borde de la plaza, mirando la fuente con fascinación. La piedra era antigua y el agua caía en tres niveles, creando destellos de luz que parecían pequeñas estrellas atrapadas en movimiento. —Qué… hermoso —murmuró, dando un par de pasos hacia adelante. Draegor la observó con una sonrisa suave. Le gustaba la forma en que ella veía el mundo: como si todo fuese nuevo, como si cada detalle tuviera importancia. —Ven —dijo él, guiándola con un gesto. Nyxara se acercó a la fuente. El agua salpicaba suavemente y algunas gotas le tocaron la mejilla. Ella parpadeó sorprendida y se llevó la mano al rostro, como si no entendiera cómo el agua podía jugar así con la luz. Draegor la observó con una ternura que no solía mostrar. —Si quieres, puedes tocar el agua —le dijo en voz baja. Nyxara asintió y extendió la mano. Sus dedos rozaron la superficie, y el agua fría se arremolinó entre ellos. La sensación la hizo sonreír—una sonrisa tan pura, tan abierta, que por un momento Draegor se quedó inmóvil. —¿Siempre es tan… viva? —preguntó ella. —El agua siempre está viva, Natasha. —Draegor se acercó un poco más, apoyando un brazo en el borde de la fuente—. Pero creo que tú haces que parezca más brillante. Nyxara lo miró, confundida. —¿Otra vez un cumplido? Draegor soltó una risa suave. —Sí. Pero este es completamente sincero. Nyxara bajó la mirada hacia el agua, como si sus propios pensamientos la desconcertaran. De repente, vio algo reflejado en la superficie: una niña pequeña vendiendo flores, con una corona de margaritas en un brazo. La niña se acercó tímidamente. —Señorita… ¿quiere una corona? Puede probársela sin comprarla —dijo con una voz dulce. Antes de que Nyxara pudiera responder, Draegor sonrió y tomó la corona. —Claro que la quiere. Y yo quiero verla con esto. La niña rió mientras Draegor se giraba hacia Nyxara. Con movimientos lentos, como si temiera romper algo delicado, colocó la corona sobre su cabeza. Las margaritas resaltaron su cabello blanco, dándole un aspecto aún más etéreo. Nyxara levantó la mano y tocó una de las flores. —Es… suave —susurró, maravillada. Draegor la miró un largo instante. Su expresión arrogante desapareció por completo; en su lugar había algo más cálido, más vulnerable. —Natasha… te ves preciosa —dijo sinceramente.
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