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1263 Words
La habitación estaba silenciosa. Apenas el sonido de la respiración suave de Nyxara y el crepitar lejano de una antorcha en el pasillo. Kael seguía sentado a su lado, sin despegarse desde que la trajo. Sus ojos estaban cansados, pero se negaba a cerrarlos. Había pasado horas observando el leve movimiento de su pecho, asegurándose de que seguía viva. Entonces lo vio. Una lágrima. Deslizándose lentamente por la mejilla de Nyxara dormida. Kael se incorporó de inmediato, su corazón golpeando como un tambor. —Natasha… —susurró. Extendió una mano temblorosa y, con la yema de su dedo, limpió la lágrima. Pero antes de retirarla, sintió algo extraño… Su piel estaba caliente, no por fiebre, sino por una energía suave, como electricidad dulce recorriendo a Nyxara desde dentro. Kael frunció el ceño. Tomó su mano. En ese instante, la piel de Nyxara brilló apenas, como si motas doradas se encendieran bajo su piel. Kael contuvo la respiración. —¿Qué… te está pasando? —murmuró, incapaz de ocultar la angustia. Y entonces, aún dormida, Nyxara apretó ligeramente su mano, como si lo oyera desde un lugar muy, muy lejano. Kael sintió el pecho apretársele. Su voz salió ronca, quebrada. —Estoy aquí. No voy a dejarte. Ni ahora… ni nunca. Se inclinó y apoyó la frente en la mano de Nyxara, intentando transmitirle calma, fuerza, lo único que podía dar. Pero las lágrimas de ella no cesaron. Y Kael sintió, por primera vez en su vida… miedo de perder a alguien. Mientras Kael cuidaba de Nyxara, en el salón privado del castillo se reunía el resto de la familia Solvard. Lord Solvard estaba sentado en la cabecera, con gesto grave. Lady Nymera, preocupada y con los ojos vidriosos. Lucian y Draegor frente a ellos. El ambiente estaba cargado, espeso, inquieto. Lord Solvard habló primero: —No podemos ignorar lo que ocurrió anoche. La criatura que atacó a Kael… fue destruida por un rayo de luz que ningún mago vivo podría generar. Lucian tragó saliva, mirando los libros antiguos que había traído. —Padre… Natasha no usó magia humana. Lo que emanó de ella fue… fue algo que no sé describir. Algo antiguo. Algo que yo solo he sentido en los textos más viejos de Eldora. Draegor tamborileó los dedos en la mesa, intrigado. —¿Estás diciendo que nuestra dulce Natasha… es un arma de destrucción masiva? —¡Draegor! —regañó Lady Nymera. Lucian negó rápidamente. —No es un arma. Es un ser que no comprende todavía su propio poder. Y si estos manuscritos dicen la verdad… —abrió uno de los libros— …cuando “un dragón cae del cielo”, su esencia queda dormida. Su memoria se fragmenta. Su poder queda inestable hasta que recupera su identidad. Lady Nymera susurró, horrorizada: —Mi niña… ¿es un dragón? Lord Solvard apoyó las manos en la mesa, firme pero preocupado. —No podemos afirmarlo aún. Pero sí podemos afirmar que Natasha no es una simple humana. Y si esto llega a oídos de otros reinos… Draegor sonrió de lado, aunque ya sin burla. —Nos verían como la familia que retiene a un ser antiguo. O como traidores que esconden un poder prohibido. Lucian continuó: —O como un peligro… si la magia de Natasha despierta sin control. El silencio cayó de nuevo. Lady Nymera tomó aire con temblor en la voz. —No importa lo que sea… ella es mi niña. La protegeremos. A cualquier precio. Lord Solvard asintió. —Y Kael… ¿lo sabe? Lucian negó. —No. Y no debemos contárselo aún. Si lo hace mientras está emocionalmente involucrado, podría… perder el control. Draegor se cruzó de brazos, pensativo. —Kael está enamorado. Y Natasha también. Esto solo hará todo más complicado. Lord Solvard miró hacia la puerta, en dirección al cuarto donde Kael velaba. —Cuando ella despierte… las cosas cambiarán para todos. Para la familia Solvard. Para Eldora. Y quizás… para el mundo entero. Lady Nymera caminó por el pasillo con pasos silenciosos, aunque su corazón hacía eco de inquietud. Tenía los ojos ligeramente húmedos… desde que Lucian había pronunciado la palabra dragón, algo en su interior se había desmoronado y reconstruido al mismo tiempo. Llegó a la habitación de Nyxara. La puerta estaba entreabierta. Entró sin hacer ruido. La imagen que encontró la detuvo en seco. Kael estaba sentado junto a la cama, inclinado hacia el borde. Sostenía la mano de Nyxara entre las suyas, como si fuera un tesoro frágil e irremplazable. Su frente estaba apoyada sobre la mano de ella… y aunque su rostro no se veía del todo, había una tensión en sus hombros que solo un corazón roto podría generar. Lady Nymera sintió un nudo en la garganta. Nyxara, pálida, dormida. Kael, totalmente destrozado. Y entre ellos… algo antiguo brillando suavemente en la piel de la joven, como un rastro de magia dorada. Nymera avanzó despacio. —Kael… —susurró en voz suave, casi temiendo romper la escena. Él no levantó la cabeza. —No quiero que la molesten. —Su voz sonaba ronca, cansada—. Se va a despertar pronto… lo sé. Lady Nymera se acercó a su hijo mayor, posando una mano en su hombro. —Kael… mi amor. Debes descansar un poco. Kael apretó más fuerte la mano de Nyxara, como si Nymera hubiera dicho algo imperdonable. —No. No me voy de aquí. No mientras siga así. Nymera suspiró. Lo había visto herido en batallas, sangrando, exhausto… pero nunca lo había visto vulnerable. Nunca lo había visto así. Se sentó al otro lado de la cama y tomó la mano libre de Nyxara, acariciando sus dedos con una ternura infinitamente maternal. —Mi niña… —susurró—. No sé qué eres. No sé de qué mundo vienes. Pero para mí… sigues siendo la criatura más dulce que ha pisado este castillo. Sus dedos rozaron la mejilla de Nyxara, limpiando una lágrima que Kael no había visto. —Despierta pronto, hija. Te necesitamos. Kael apretó la mandíbula, como si esas palabras lo lastimaran y lo sanaran a la vez. —Ella me escuchó anoche. Cuando dije que volvería a ella. Lo sintió. Nymera lo miró con una mezcla de sorpresa y dolor. —Kael… —la voz le tembló—. Lo que sentiste cuando la encontraste en el bosque… lo que pasó anoche… el brillo en su piel… Kael finalmente levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos… y había algo feroz detrás de ellos. —No me importa qué sea. —Su voz salió firme, sin titubeos—. Si es humana, si es magia, si es un dragón o un maldito rayo disfrazado… no me importa. Yo la voy a proteger. Lady Nymera lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Nunca había estado tan orgullosa… ni tan asustada. —Hijo… tu amor por ella puede salvarla… o puede destruirte. Kael bajó la mirada hacia Nyxara. —No me importa lo que me cueste. Ya la perdí una vez, cuando cayó al bosque… no voy a perderla otra vez. Nymera acercó su frente a la de su hijo, como cuando era niño y lloraba en silencio. —Entonces recemos, Kael. Recemos para que cuando despierte… siga siendo la misma niña dulce que llegó a este castillo. Kael cerró los ojos, luchando contra un temblor en su voz. —Porque si no lo es… igual me quedaré a su lado. Lady Nymera lo abrazó por detrás. Era un guerrero de casi dos metros… pero para ella seguía siendo su niño.
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