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1172 Words
Después de comer un poco del pan dulce y de beber agua fresca, Nyxara se levantó con una energía ligera, casi infantil. Se quitó las botas con cuidado y las dejó junto a la manta. Luego se arremangó el pantalón hasta las pantorrillas, sonriendo mientras caminaba descalza hacia la orilla del lago. El agua era tan clara que parecía cristal líquido. Sin pensarlo demasiado, Nyxara metió los pies. —¡Ah! —rió suavemente—. Está… delicioso. El agua estaba fresca, suave, como si acariciara su piel, chispeando con destellos de luz dorada alrededor de sus tobillos. Nyxara volteó hacia Kael, que se había quedado sentado sobre la manta, observándola como si fuera una visión imposible. —Vamos, Kael —lo llamó con una sonrisa luminosa—. Acércate. El agua está deliciosa. Kael parpadeó lento, sorprendido por la invitación… y por lo hermosa que se veía en ese momento. Su trenza blanca brillaba bajo el sol, el pantalón remangado dejaba ver sus piernas delicadas, y sus ojos estaban llenos de vida, de curiosidad, de libertad. Era distinta a cualquier persona que hubiera conocido. Kael se puso de pie despacio. —No vine aquí para meter los pies al agua —gruñó suavemente, aunque su voz carecía de dureza. Nyxara ladeó la cabeza, divertida. —¿Ah, no? ¿Eres un guerrero temido, pero el agua del lago te asusta? Kael la miró con una mezcla de incredulidad y… fascinación. Ella jamás habría dicho algo así hace una semana. —No me asusta nada —respondió él, acercándose con pasos firmes. Cuando llegó a la orilla, Nyxara lo miró expectante. Kael se detuvo a un paso de ella. Por un segundo, ambos quedaron en silencio. Nyxara con los pies sumergidos, la luz del agua iluminando su piel. Kael de pie frente a ella, enorme, fuerte… pero con una expresión casi suave. Nyxara lo miró a los ojos. —Entonces entra —susurró—. Está bien si es solo un poco. Kael tragó saliva. No sabía por qué era tan difícil. No sabía por qué su corazón estaba latiendo tan fuerte. Pero… dio un paso. Un paso que lo llevó dentro del agua, justo a su lado. El agua rodeó sus botas y la parte baja de sus pantalones. Nyxara sonrió como si el mundo hubiera cambiado para bien. —¿Ves? No es tan difícil. Kael exhaló por la nariz, como si se negara a admitir que ella tenía efecto sobre él. Pero la verdad era simple: Lo haría todo, absolutamente todo, con tal de verla sonreír así. —Natasha —dijo en voz baja, sin apartar los ojos de ella—… eres imposible. Ella rió, y el sonido rebotó sobre el lago como campanitas. El claro entero pareció iluminarse solo por esa risa. Kael sintió algo apretarse dentro de su pecho. Algo suave. Algo nuevo. Algo que empezaba a volverse peligroso… para él. Pero ya no podía detenerlo. El agua rodeaba los tobillos de ambos, moviéndose con un murmullo suave. Nyxara había inclinado la cabeza hacia el lago, disfrutando la sensación del agua fría, cuando sintió que Kael se acercaba un poco más. Un poco demasiado cerca. Ella levantó la mirada justo cuando él bajaba la suya hacia sus manos. Con torpeza contenida, Kael extendió la mano y rozó suavemente los dedos de Nyxara bajo el agua. Un toque tan ligero que casi parecía accidental… Pero no lo era. Nyxara sintió un escalofrío recorrerla desde los dedos hasta el corazón. El agua se estremeció también, como si respondiera a ellos. Kael tragó saliva. Sus cejas fruncidas, su respiración tensa, su mirada firme sobre la de ella… Era un hombre acostumbrado a pelear, a liderar, a no temer a nada. Pero tocarla así, tan suavemente, lo hacía verse vulnerable. Muy vulnerable. —Eres… —empezó diciendo, su voz ronca, casi un susurro—. Eres hermosa, Natasha. Nyxara abrió los ojos, sorprendida, como si las palabras fueran un hechizo. Kael frunció el ceño de inmediato, como molesto consigo mismo, pero no apartó la mano de la de ella. —Hay… —continuó, torpe— algo mágico que siempre te rodea. Como si el mundo se volviera… diferente cuando tú estás. Nyxara sintió el alma encendérsele. Kael, el hombre más serio, frío y reservado que conocía, estaba diciendo eso. A ella. Pero Kael parpadeó y resopló por la nariz, claramente incómodo. —No sé por qué digo estas cosas tan… cursis —gruñó—. Pero tú me haces sentir así. Nyxara no pudo evitar sonreír. Una sonrisa suave, brillante, que hizo que Kael desviara la mirada un segundo, como si necesitara respirar. Ella levantó la mano que él estaba tocando y entrelazó sus dedos con los suyos. Kael se quedó paralizado. Nyxara lo miró directamente a los ojos. —Kael… a mí… me gusta cuando dices esas cosas. Kael se quedó sin palabras. El bosque guardó silencio. El lago brilló. Y por primera vez en mucho tiempo, Kael Solvard no fue el guerrero fuerte, ni el hijo perfecto, ni el líder imponente. Fue solo un hombre. Un hombre sosteniendo la mano de alguien que empezaba a importarle… demasiado. Kael seguía sosteniendo la mano de Nyxara, los dedos entrelazados bajo el agua. Ella tenía la piel sonrojada, el corazón latiendo como si quisiera escaparle del pecho. Kael la observaba con esa mirada profunda, intensa, que parecía atravesarlo todo. Y entonces, como si algo dentro de él cediera, levantó la otra mano y rozó la mejilla de Nyxara. Al principio fue un toque suave, casi tímido. Pero luego su dedo recorrió su piel con lentitud, como si quisiera memorizar cada línea del rostro que tenía delante. Nyxara inhaló suavemente. Kael jamás la había tocado así. Él tampoco parecía capaz de controlar lo que estaba diciendo. —Eres tan hermosa… —susurró con una voz que no parecía la suya. Nyxara lo escuchó temblar. Kael Solvard, el más fuerte, temblando por ella. —Tan hermosa que… no puedo soportar que otro hombre te mire. O que se te acerque. Su pulgar rozó su mejilla, bajando hasta la comisura de sus labios sin atreverse a tocarlos del todo. —No sé por qué me siento así —continuó, la voz quebrándose un poco—. Pero es la verdad. Nyxara lo miró con los ojos muy abiertos, el agua reflejando destellos dorados en su rostro. Su respiración se volvió suave, casi temerosa. Pero no de él. De lo que estaba sintiendo. Alzó su mano y la colocó sobre la de Kael, presionando su mejilla contra su palma. —Kael… —susurró con una sinceridad infantil y poderosa—. Yo me siento igual. Él frunció ligeramente el ceño, sorprendido, como si esas palabras lo golpearan directo en el corazón. Nyxara siguió, con voz temblorosa: —No quiero que… que veas a otras mujeres como me miras a mí. No quiero. Me duele. Una confesión tan directa, tan pura, que Kael sintió como si el suelo —o el lago— desapareciera bajo él.
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