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1242 Words
Nyxara, todavía aferrada a su camisa, se acomodó más cerca —tan cerca que su frente tocó el pecho de Kael— y sin pensarlo, como un acto instintivo, se acurrucó completamente en sus brazos. Kael quedó inmóvil. Totalmente inmóvil. La calidez de su cuerpo, su respiración suave, la fragancia dulce de su cabello… Todo lo envolvió en un golpe directo al corazón. El sonido de su respiración. El peso ligero de su cuerpo contra el suyo. La manera en que confiaba en él sin dudar… Lo destrozaba. Nyxara suspiró y frotó ligeramente su nariz contra su pecho, buscando más calor. Kael sintió que el alma se le licuaba. Y entonces pasó. Escuchó su propio corazón, golpeando fuerte, y escuchó cómo el de Nyxara buscaba su ritmo. Ella se acurrucó más. Y Kael, sin pensarlo… Bajó un brazo y la rodeó con suavidad. Solo para sostenerla. Solo para que no se cayera. Solo para… tenerla cerca. El sonido de su corazón fuerte, constante, la arrulló. Nyxara se quedó dormida casi en un suspiro. Kael la observó dormir durante largos minutos. Su rostro tranquilo. Sus pestañas largas. La sonrisa apenas visible en sus labios. Y, sin darse cuenta, sus propios ojos se suavizaron. —Eres hermosa… —susurró, tan bajo que ni él se escuchó del todo. Se quedó así un rato. Respirando. Mirándola. Luchando. Rindiéndose. Confundido. Hasta que el cansancio lo venció. Y Kael Solvard, el guerrero implacable, el comandante del reino… se quedó dormido abrazándola. La luz tenue de la madrugada comenzó a filtrarse por la ventana cuando Kael abrió los ojos. Por un segundo no entendió nada. Sentía calor. Sentía suavidad en su brazo. Sentía una respiración en su pecho. Luego bajó la mirada… Y vio a Nyxara, acurrucada entre sus brazos, dormida profundamente contra él. Su corazón se detuvo. —…diablos… —murmuró, con un suspiro que era mitad pánico, mitad adoración. Con mucho cuidado, como si temiera romper vidrio frágil, comenzó a deslizar su brazo para separarse. Ella gimió suavemente en sueño y se aferró un poquito más a su camisa. Kael cerró los ojos, herido. Quería quedarse. Dioses, quería quedarse. Pero no debía. No podía. Con esfuerzo, con mucha reluctancia, logró soltarse sin despertarla. Se levantó y la miró desde el borde de la cama. La manta subida hasta los hombros. Su cabello blanco desparramado. El pequeño ceño fruncido que tenía al dormir. El pecho de Kael dolió. Inclinándose, sin pensarlo, le acarició un mechón de cabello… y dejó un beso suave en su frente. Un beso que ardió en su propia boca. —Duerme, Natasha… —susurró, como si se lo dijera al viento—. No sabes lo que haces conmigo… Y se marchó, cerrando la puerta con el menor ruido posible. Semidestruido. Semienamorado. Y completamente jodido. El sol ya se filtraba tímidamente por las cortinas cuando Elin entró en la habitación de Nyxara. La encontró profundamente dormida, envuelta en las sabanas como una criatura cansada después de una larga noche. La doncella llevaba entre las manos una bandeja con una taza humeante de hierbas, especialmente preparada para la resaca que sin duda Nyxara sufriría aquella mañana. Con suavidad, Elin dejó la bandeja en la mesita y se acercó a abrir un poco las cortinas. La luz dorada iluminó el rostro de Nyxara, quien frunció el ceño y se removió entre sueños. Apenas un instante después, sus ojos se abrieron lentamente. Parpadeó, confundida, y de inmediato buscó con la mirada a alguien que no estaba ahí. La cama estaba vacía. Ella estaba sola. El corazón de Nyxara dio un pequeño brinco, sin que entendiera por qué. La última imagen de la noche anterior, perdida entre vino y la calidez de unos brazos demasiado fuertes, demasiado seguros… se desvaneció cuando un dolor punzante le atravesó la cabeza. —Agh… —llevó ambas manos a sus sienes, mareada. Elin sonrió con esa mezcla de ternura y picardía que solo ella tenía. —Eso, mi lady… se llama resaca. —Le acercó la taza suavemente—. Pero no se preocupe, aquí estoy para ayudarla. Tome un poco de este té, le aliviará el malestar. Nyxara se incorporó despacio. Su cabello blanco cayó en ondas sobre sus hombros mientras aceptaba la taza con manos temblorosas. Tragó un sorbo y puso una mueca. —¿Qué… qué es esto? Sabe extraño… —Así deben saberse los remedios buenos —rió Elin—. Confíe en mí, en unos minutos se sentirá mucho mejor. Nyxara asintió, pero su mirada no dejaba de desviarse hacia la puerta… como si esperara que alguien más apareciera allí. —¿Pasa algo, mi lady? —preguntó Elin con suavidad. Nyxara bajó la mirada al té, sus mejillas encendiéndose sin comprender del todo. —No… nada… solo… desperté y… estaba sola. —¿Busca a Lord Kael? —preguntó Elin con cuidado al notar hacia dónde se desviaba la mirada de Nyxara—. Ha estado entrenando desde muy temprano. Ese joven nunca se cansa, ya sabe cómo es él. Sonrió con cariño. —No se preocupe por él, mi lady. Seguramente la buscará más tarde. Nyxara bajó la vista, sintiendo cómo un calor extraño le subía por el pecho. ¿Por qué se preocupaba tanto por si él estaba o no estaba? No entendía esa sensación, solo sabía que era fuerte, insistente… como un trueno a punto de estallar. Antes de que pudiera pensar en una respuesta, la puerta se abrió con suavidad y Lady Nymera entró con la elegancia de quien ilumina un cuarto solo con su presencia. —Mi niña —dijo con una sonrisa cálida—, ¿cómo amaneciste? Nyxara intentó sentarse más derecha, pero su cabeza volvió a doler y soltó un pequeño quejido. Lady Nymera soltó una risita suave. —Oh, querida… anoche tomaste más vino del que tu cuerpo está acostumbrado. —Se acercó y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja—. Pero déjame decirte que bailaste divinamente. Todo el mundo habló de ti… de lo hermosa que te veías. Nyxara abrió los ojos sorprendida, sus mejillas volviéndose de un rosa suave. —¿Hablaban… de mí? —Por supuesto —respondió Lady Nymera con una expresión de orgullo maternal—. Eras la joya de la gala. Los invitados no podían quitarte los ojos de encima. Elin asintió desde el costado, divertida. —Lucian casi se comía vivo a cualquiera que intentara invitarla a bailar después de él —bromeó. Nyxara se sonrojó aún más, confundida por el sentimiento. —¿Y… Kael? —preguntó sin pensarlo. Las dos mujeres intercambiaron una mirada que Nyxara no alcanzó a descifrar. Lady Nymera sonrió de lado, como si ya supiera demasiado. —Kael… siempre te mira, incluso cuando cree que nadie lo nota. Tomó la mano de Nyxara con dulzura. —Y créeme, hija, anoche no pudo mirarte sin perder un poco el control. Bailaste muy hermoso… y muy cerca de otros. Nyxara abrió la boca, pero no sabía qué decir. Solo sentía su corazón latir como si quisiera salir de su pecho. —Será mejor que hoy desayunes aquí, en tu habitación —dijo Lady Nymera con voz suave, acariciando el brazo de Nyxara como solo una madre haría—. Le diré a los chicos que no te molesten. Sonrió con un toque de picardía. —Y puedes ser libre de hacer lo que quieras, mi niña.
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