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912 Words
La mañana siguiente amaneció tranquila, envuelta en un silencio suave. Nyxara despertó con el libro aún en las manos, como si hubiese dormido abrazándolo. Después de vestirse y tomar un desayuno ligero, sintió un impulso extraño: Quería leer… pero no en el castillo. Tal vez buscaba más luz. Tal vez buscaba aire fresco. Tal vez algo dentro de ella la guiaba. Así que comenzó a caminar por los pasillos, luego por las escaleras, después cruzó el jardín… y sin darse cuenta, pasó por una pequeña puerta lateral que daba al exterior. Los guardias la vieron salir. —¿La dejamos ir? —preguntó uno, inquieto. —Si no dio la orden de detenerla… mejor no nos metamos —respondió el otro. Y la dejaron pasar. Nyxara, ajena al pequeño dilema, caminó por el sendero del bosque que conectaba con el pueblo. La luz atravesaba las hojas, creando un mosaico verde y dorado que le recordaba la tela de su futuro vestido. Cada paso la llevaba más lejos del castillo. Y sin embargo, no sentía miedo. Su corazón latía tranquilo. Curioso. Atraído por algo. Hasta que lo encontró. Era un claro escondido entre árboles altos, rodeado de flores silvestres que parecían brillar con el rocío de la mañana. La hierba era suave, el aire fresco, y un pequeño arroyo corría cerca, murmurando con calma. Nyxara sintió que el lugar la recibía. Como si fuera un rincón del mundo hecho especialmente para ella. Se sentó entre las flores, cruzó las piernas y abrió el libro antiguo sobre dragones. La luz del sol bañaba las páginas, haciendo que los símbolos en lengua dracónica parecieran vibrar ligeramente. Comenzó a leer. Y leer. Y seguir leyendo. Sin saber que: — Lucian la buscaba para continuar las lecciones. — Draegor quería invitarla a recorrer el castillo. — Lady Nymera creía que estaba en la biblioteca. Pero Nyxara no pensaba en ellos. No en ese momento. El bosque estaba en silencio. El viento movía suavemente su cabello blanco. Las páginas pasaban entre sus dedos como si siempre hubieran pertenecido a ese entorno. Por primera vez en mucho tiempo… Ella se sintió en paz. Plenamente en paz. Sin saber que cada minuto que pasaba allí… estaba despertando algo. Y que su ausencia pronto sería notada. Lucian salió de su habitación con un libro nuevo bajo el brazo, listo para buscar a Nyxara y continuar con sus lecturas juntos. Primero fue a la biblioteca. Vacía. Luego a los jardines. Nada. Después al comedor, al salón principal, incluso al invernadero. No estaba. Una inquietud fría le recorrió la espalda. —Esto no es normal… —murmuró, apretando el libro contra su pecho. Decidió ir al ala norte, donde Nyxara a veces paseaba… Tampoco. Fue entonces cuando la preocupación dejó de ser una sensación. Se volvió realidad. Lucian corrió por los pasillos hasta encontrar a Draegor arreglando su chaqueta frente a un espejo. —Draegor —jadeó—, ¿has visto a Natasha? El mayor arqueó una ceja. —Hoy no, ¿por qué? ¿Qué sucede, pequeño mago? —No está en ninguna parte del castillo. Draegor bajó la mano lentamente. —¿Estás seguro? —Sí —respondió Lucian con un temblor leve en la voz—. No está en sus lugares habituales. Siento que… algo está mal. El rostro de Draegor perdió su sonrisa coqueta. —Voy a buscarla —dijo con gravedad, saliendo sin dudar. Lucian lo encontró en el campo de entrenamiento, dando órdenes a sus hombres. Sudor, tierra, y una expresión firme. El guerrero perfecto. —Kael… —llamó Lucian, con la voz cargada de urgencia. Kael giró, frunciendo el ceño al ver la expresión de su hermano. —¿Qué pasa? Lucian tragó saliva. —N-no encuentro a Natasha. No está en el castillo. El mundo de Kael se detuvo un instante. Su postura cambió. Su respiración se aceleró apenas. Sus ojos se oscurecieron. —¿Cómo que no está? —preguntó con la voz más peligrosa que Lucian le había escuchado. —He buscado por todas partes —respondió el joven—. No está en la biblioteca, ni en los jardines, ni en su habitación. No creo que esté aquí. Kael no esperó más explicaciones. —Silla mi caballo. Ahora —ordenó a un soldado. El soldado salió corriendo. Lucian abrió la boca para decir algo más, pero Kael ya había tomado su espada, su capa y estaba caminando hacia la salida con pasos largos y tensos. No dijo una palabra más. No tenía que hacerlo. Algo en él estaba rugiendo. Algo primitivo, protector, feroz. Kael montó su caballo de un salto y salió galopando por el portón del castillo con una velocidad que hizo que los guardias se apartaran rápidamente. Draegor apareció segundos después, también montado, aunque con un aire de inquietud elegante. —Busquemos por el camino al pueblo —dijo Draegor—. Tal vez decidió pasear. Kael apretó los dientes. —O tal vez alguien la vio sola. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pero el miedo era el mismo: Nyxara era vulnerable. Y había monstruos. Y personas que podían querer aprovecharse de su inocencia. Draegor galopó hacia el bosque. Kael tomó otro sendero. Lucian salía corriendo por el puente del castillo, intentando seguirlos a pie, llamando hechizos para localizarla. El tiempo pasaba. Y el castillo entero comenzaba a darse cuenta: Natasha había desaparecido. Sin dejar rastro. Sin aviso. Y sin nadie a su lado.
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