Nyxara no pudo hablar.
Sus emociones eran un torbellino tan fuerte que lo único que logró hacer… fue acercarse más.
Lentamente.
Suavemente.
Hasta que su frente tocó la de Kael.
Ese simple toque fue como un relámpago silencioso que atravesó a ambos.
Kael contuvo la respiración, completamente sorprendido por la ternura de ese gesto.
Nyxara cerró los ojos, y Kael también, dejando que ese contacto hablara por ellos dos:
Un te necesito.
Un te siento.
Un estoy aquí.
Los dedos de Kael en su mejilla se deslizaron hacia su cuello, calientes, temblorosos, mientras acercaba su otra mano a su cintura.
—Natasha… —susurró con voz rota contra su piel—
me estás volviendo loco.
Nyxara tembló suavemente bajo su toque.
Kael abrió los ojos primero.
Ella seguía ahí, tan cerca, tan cálida, tan suya en ese instante…
Y ya no pudo contenerse.
Su mano en la cintura la atrajo delicadamente hacia él.
Nyxara levantó el rostro, sus labios apenas separados.
Kael bajó un poco la cabeza, rozándolos primero, apenas un toque… como si pidiera permiso.
Ella respondió inclinándose apenas.
Ese fue el sí.
Entonces Kael la besó.
Un beso lento.
Profundo.
Lleno de toda la ternura y el deseo que había estado conteniendo durante días.
Nyxara sintió que su corazón explotaba de luz.
Sus dedos se enredaron en la ropa de Kael, acercándolo más.
Kael la sostuvo con fuerza suave, como si temiera que desapareciera entre sus brazos.
El mundo dejó de existir.
No había castillo, no había reinos, no había obligaciones.
Solo había una explosión silenciosa de emociones entre ellos dos.
El beso se volvió un susurro cálido, una caricia, un sueño del que ninguno quería despertar.
Kael separó sus labios apenas para respirar, su frente otra vez contra la de ella.
—Natasha… si sigues mirándome así… —susurró con una sonrisa entre temblorosa y descarada—
me volveré tuyo por completo.
Nyxara rió bajito, aún con la respiración temblorosa.
Pero justo cuando Kael iba a besarla de nuevo—
—¡Pero qué escena tan hermosa la que me estoy perdiendo!
La voz retumbó en el kiosko como una flecha fría.
Los dos se separaron de inmediato, sobresaltados.
Kael giró con el ceño fruncido y las venas marcándosele en la sien.
Draegor estaba de pie a unos pasos, con los brazos cruzados, una sonrisa maliciosamente encantadora y una flor en la mano.
—Vaya, vaya… —dijo alzando una ceja—
si lo sabía hubiera traído vino para brindar.
Mi querido hermano, por fin… ¡POR FIN!
decides comportarte como un ser humano funcional.
Kael apretó los dientes tan fuerte que a Nyxara le dio miedo que se los rompiera.
—Lárgate, Draegor —escupió.
—¿Y perderme el espectáculo? Jamás.
Natasha, querida, si este bruto te cansa, yo estoy disponible —añadió con un guiño exagerado.
Kael dio un paso amenazante hacia él.
—Draegor… te juro por los dioses que si no te callas, esta vez no te salvo del estanque como cuando tenías diez años.
—¡Ay, qué romántico! —exclamó Draegor poniendo una mano en el pecho—
Defendiendo el honor de su amada. ¡Qué hermoso día!
Kael lo iba a golpear.
Literalmente.
Pero Nyxara lo tomó suavemente del brazo.
—Kael… —susurró, y solo esa palabra bastó para calmarlo.
Kael respiró hondo, miró a su hermano con furia contenida y volvió la atención a ella.
Draegor se retiró caminando hacia atrás, nunca quitando su sonrisa burlona.
—Bueno, bueno… no quiero interrumpir más.
Pero sepan que el reino entero ya me lo estoy imaginando.
Exactamente como lo voy a contar.
Y desapareció entre los arbustos riéndose.
El silencio quedó flotando en el kiosko después de que Draegor desapareciera entre los arbustos, dejando tras él un eco de risas y comentarios innecesarios.
Nyxara bajó la mirada, todavía sonrojada, sus labios aún sensibles por el beso.
Kael la observó en silencio, su expresión una mezcla de ternura, deseo y una furia contenida hacia su hermano mayor.
Finalmente, se puso de pie.
Nyxara alzó el rostro para mirarlo, como si temiera que él se alejara sin decir más.
Kael respiró hondo, como si obligara a su corazón a alinearse.
Se inclinó un poco hacia ella, una mano rozando apenas su mejilla, suavemente, casi como un adiós momentáneo.
—Tengo que volver al entrenamiento… —dijo con voz baja, profunda, todavía afectada por lo que había pasado entre ellos—.
Mis soldados me esperan.
Nyxara sintió un pequeño vacío en el pecho, una punzada de querer que él se quedara.
Pero Kael continuó, y sus palabras llenaron ese vacío como un fuego cálido:
—Pero te veré esta noche.
Lo prometo.
No lo dijo a la ligera.
Su voz tenía un peso distinto, como si cada sílaba llevara un juramento que su alma había decidido cumplir.
Nyxara tragó saliva, su voz casi tembló cuando respondió:
—Te esperaré…
Los ojos de Kael brillaron apenas, como si esas palabras tocaran un lugar que él mantenía protegido de todos… excepto de ella.
Y antes de irse, se inclinó un segundo más, no para besarla, sino para decirle cerca de la oreja, con un tono que la hizo temblar:
—No dejes de pensar en mí.
Nyxara sintió el rubor subirle hasta el cuello.
Kael se apartó, dándole una última mirada intensa, casi posesiva en su cariño…
y se marchó con su andar firme, poderoso, desapareciendo entre los árboles del jardín rumbo al campo de entrenamiento.
Nyxara se quedó sentada, tocándose los labios con una mano y el corazón con la otra.
La promesa de Kael ardía en el aire.