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1412 Words
Elin llegó más tarde a la habitación de Nyxara, tocando suavemente antes de entrar. —Mi lady —dijo con su voz amable—, la mesa está servida. Es hora de cenar. Nyxara parpadeó, como si despertara de un sueño despierto. La verdad era que no tenía hambre. No sabía si era emoción, nervios, ilusión… pero su estómago estaba completamente revuelto. Elin la observó con atención, inclinando un poco la cabeza. —¿Está bien, mi lady? —preguntó con una sonrisa traviesa—. La veo… muy contenta. ¿Qué sucede? Nyxara sintió que su rostro se calentaba y bajó la mirada, jugueteando nerviosa con los dedos. —Es que… —murmuró apenas—. Mañana… iré a cabalgar con Kael. Los ojos de Elin se abrieron como platos, y luego una enorme sonrisa iluminó su rostro. —¿En verdad? ¡Oh, por todos los cielos de Eldora! —aplaudió suavemente, llena de emoción—. Eso es… maravilloso. Nyxara no entendía qué tenía de maravilloso, pero la energía de Elin la hizo sonreír también. —Entonces —continuó la doncella, ya entrando en modo “preparativos”—, debemos escoger ropa cómoda y apropiada para la ocasión. Algo que la haga ver hermosa, claro, pero que le permita montar sin problemas. Nyxara asintió tímidamente, sintiendo que la alegría en su pecho crecía más y más. —Perdón… no tengo hambre —admitió en un susurro. Elin negó con la cabeza mientras le ofrecía la mano para ayudarla a levantarse. —Debe comer, mi lady. No queremos que mañana se sienta débil o se enferme otra vez. Y menos si va a salir a cabalgar con el mismísimo Lord Kael. Su sonrisa se volvió cómplice. —Sería una tragedia perderse un día como ese. Nyxara sintió un pequeño salto en el corazón. Estaba avergonzada… pero también feliz. Así que dejó que Elin la acompañara por los pasillos iluminados del castillo, rumbo al comedor, donde la familia Solvard ya esperaba. Mientras avanzaban, Nyxara llevaba las manos juntas a la altura del pecho, como si así pudiera contener la emoción que amenazaba con escapársele por todos lados. Mañana sería un día especial. Y ella ya estaba contando las horas. Cuando Nyxara entró al comedor, todos ya estaban sentados. Draegor fue el primero en levantar la mirada. Su sonrisa encantadora apareció como siempre. —¡Ah, nuestra estrella dorada! —dijo con tono cálido—. Toma asiento, Natasha. Lucian también la miró, notando de inmediato el extraño brillo en sus ojos. —Te ves… muy feliz —comentó con una sonrisa suave, aunque su mirada escondía un toque de duda y preocupación—. ¿Estás mejor? Nyxara asintió, sentándose entre ellos, aunque su corazón estaba en otra parte del castillo. Lady Nymera la observó con ternura maternal. —Hija, tienes un brillo especial hoy… me alegra verte tan tranquila. Nyxara bajó la mirada, tratando de esconder su sonrisa tímida. Lord Solvard, desde la cabecera, la saludó con un gesto respetuoso mientras los sirvientes comenzaban a colocar platos frente a cada uno. —Nos alegra tenerla aquí, Natasha —dijo con voz profunda—. La mesa se siente más cálida desde que llegó. Nyxara murmuró un “gracias”, aunque ni siquiera sabía qué comer. Su estómago estaba revuelto por algo más fuerte que cualquier emoción humana que hubiera experimentado antes. Entonces, antes de que alguien pudiera hacer más preguntas, una sombra poderosa apareció en la entrada del comedor. Kael. Entró con su caminar firme, el cabello húmedo por el sudor del entrenamiento, la respiración aún marcada por la intensidad con la que había estado trabajando… y una expresión imposible de ignorar. Sus ojos encontraron los de Nyxara por un instante. Solo un segundo. Pero suficiente para que su corazón diera un salto. Kael desvió la mirada rápidamente, como si ese contacto visual fuera demasiado peligroso. No se sentó. No se acercó a la mesa. En su lugar, caminó hacia Elin, que estaba sirviendo vino en la esquina. Hablaron en voz baja, pero Nyxara pudo escuchar fragmentos. —…mañana… preparar lo necesario… ropa adecuada… —Sí, Lord Kael —respondió Elin con una sonrisa que intentó disimular su emoción—. Me encargaré de todo. Draegor arqueó una ceja, curioso. Lucian frunció ligeramente el ceño, sin entender. Nyxara sintió que su corazón quería escaparse por la garganta. Kael dio un último vistazo hacia ella —rápido, intenso, como un trueno contenido— y luego se retiró del comedor sin probar bocado. Lady Nymera siguió la escena con una sonrisa ladeada que decía demasiado. —Mi niña —susurró, inclinándose hacia Nyxara con complicidad—, creo que mañana será un día importante para ti. Nyxara se sonrojó profundamente, sin poder negarlo. Draegor y Lucian intercambiaron miradas desconcertadas, sin tener idea de lo que estaba sucediendo… …pero Nyxara sí. Y ese pensamiento la hizo sonreír en silencio, sintiendo que el pecho le brillaba como un rayo dorado. Apenas cerró la puerta de su habitación, Nyxara sintió que la emoción explotaba dentro de ella como un trueno contenido. —¡Aaaaaah! —soltó un grito silencioso al tirarse de espaldas sobre la cama. Rodó de un lado a otro, abrazando las almohadas, sintiendo como si su pecho estuviera lleno de chispas doradas. Se tapó la cara con una, luego con otra, y volvió a soltar un grito ahogado, esta vez enterrado entre las telas suaves. —¡Mañana! —susurró, sin poder creerlo—. ¡Mañana iré con Kael… solo nosotros! Sus piernas patalearon suavemente de pura emoción mientras reía, un sonido dulce, libre, completamente nuevo para ella. No tenía nada de sueño; su cuerpo vibraba con energía pura. Se puso de pie y caminó descalza hasta el balcón. El aire nocturno del reino de Eldora la recibió como un abrazo fresco. Las estrellas titilaban sobre el Castillo Solvard, y la luna se reflejaba en la fuente del jardín. Nyxara apoyó ambas manos en el barandal, respirando hondo, sintiendo el corazón saltarle al recordar la voz de Kael, sus palabras, su promesa… Se tocó el pecho, sonrojada hasta la raíz del cabello. La familia Solvard se reunió en el salón principal después de la cena. Una chimenea encendida, copas de vino y sillones elegantes creaban un ambiente cálido. Draegor, recostado despreocupadamente en un sofá, fue el primero en hablar: —No me van a decir que no lo notaron —dio un sorbo a su vino, sonriendo con picardía—. Natasha estaba radiante hoy. Literalmente brillaba. Más que de costumbre. Lucian, sentado en el sillón frente a él, asintió con un leve fruncimiento de ceja. —Sí… estaba muy feliz. Pero cuando le pregunté por qué, no quiso decirme nada. Su mirada se perdió un segundo, preocupado. —Me alegra verla así… pero me preocupa que no me lo cuente. Lord Solvard levantó una ceja, curioso. —Tal vez ha encontrado su lugar entre nosotros más rápido de lo que pensamos. Draegor soltó una carcajada. —¿O tal vez alguien en particular le ha robado el corazón? Lucian bajó la mirada, sintiendo un pequeño nudo en el estómago. Antes de que la conversación fuera más lejos, Lady Nymera dejó su copa de vino sobre la mesa con elegancia. —Ya basta, muchachos. —Los miró uno a uno con ese gesto que imponía respeto sin levantar la voz—. Dejen a Natasha con sus cosas. Es una joven… y tiene derecho a su mundo. Draegor sonrió, divertido. —Madre… si usted la viera, también tendría curiosidad. Parecía un rayo enamorado hoy. —Draegor —advirtió Lady Nymera, aunque sonrió suavemente—. Natasha está creciendo… y sintiendo. Es normal. Lucian se recargó en el sillón, suspirando. —Lo sé… solo espero que nadie la lastime. Lady Nymera no respondió de inmediato. Miró hacia la ventana, hacia los jardines donde sabía que Kael aún terminaba de entrenar… Y sonrió, con una expresión que solo las madres que lo saben todo pueden tener. —Natasha está en buenas manos… aunque algunos aún no lo acepten. Draegor volteó hacia ella. —¿Kael…? Lady Nymera solo levantó la copa con una ceja alzada. —Yo no he dicho nombres. Pero sus hijos se miraron entre sí… Y cada uno lo pensó a su manera. Mientras tanto, en el balcón de su habitación, Nyxara seguía mirando el cielo… soñando con lo que el amanecer traería.
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