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1067 Words
La entrada del castillo estaba llena. Lady Nymera, Lord Solvard, Lucian, Draegor, varios guardias y sirvientes estaban reunidos en un silencio angustioso, con la tormenta rugiendo detrás de ellos. Hasta que escucharon cascos acercándose. Lucian dio un paso adelante. Draegor apretó los dientes. Lady Nymera llevó una mano al pecho. Kael apareció entre la lluvia, empapado, con la mirada de un guerrero que acababa de enfrentar el infierno. Y en sus brazos, envuelta en su capa, temblando pero viva… Nyxara. Todos exhalaron al mismo tiempo. Kael bajó del caballo sin soltarla. La sostenía como si fuera lo más valioso del mundo, como si un segundo de separación pudiera destruirla. Los guardias intentaron acercarse. —¿Está bien? —preguntó uno. —¿Qué ocurrió? —dijo Draegor, dando un paso rápido. Lady Nymera extendió la mano, pero Kael se apartó apenas, protegiendo a Nyxara con su cuerpo. —No. —gruñó Kael, su voz ronca, peligrosa—. Luego. Nadie se atrevió a discutirle. Ni siquiera Draegor. Kael caminó directamente hacia la entrada del castillo, sujetando a Nyxara con tanta fuerza que ella podía sentir su corazón golpeando contra su pecho. Sus botas mojadas resonaron en el mármol. Su capa goteaba en el suelo. Pero él no la soltó. Elin abrió la puerta apresurada, con los ojos muy abiertos. Kael entró y la miró con una autoridad que no admitía discusión. —Prepara una ducha caliente. Y comida. Ahora. Elin asintió rápidamente. —S-sí, mi lord. Mientras ella corría hacia el baño, Lady Nymera se había asomado al pasillo con una sonrisa ladeada. Una sonrisa de madre que ya lo sabe todo. —Nunca lo había visto así… —murmuró Draegor desde atrás. Lucian solo apretó los labios, preocupado y celoso a la vez. Kael no dijo nada. Apenas respiraba. Cuando el baño estuvo listo, el vapor cálido salió de la puerta entreabierta. Elin informó: —Mi lady, puede entrar ya. Kael miró a Nyxara. Su mandíbula tensándose. Su respiración aún descontrolada. Finalmente, con un esfuerzo visible… La bajó al suelo. Por primera vez desde que la encontró, la soltó. Nyxara sintió que algo dentro de ella se rompía y se recomponía al mismo tiempo. Kael abrió la boca para decir algo… Pero las palabras no salieron. Se dio media vuelta, frustrado, temblando, empapado. Pero antes de que cruzara la puerta… Nyxara, sin pensar, extendió la mano y tomó un puñado de su camisa mojada. Kael se detuvo. La tensión en su cuerpo fue casi audible. Se giró lentamente. —¿Qué pasa? —preguntó en voz baja, como si tuviera miedo de hablar demasiado fuerte. Nyxara lo miró con ojos brillantes. —Gracias por… salvarme. Kael cerró los ojos por un instante, como si esas palabras le dolieran y le sanaran al mismo tiempo. Entonces dio un solo paso hacia ella. Y la abrazó. La abrazó fuerte, desesperado, con los dedos hundidos en su espalda y la frente apoyada en su cabello mojado. —No vuelvas a salir sin acompañante —susurró, roto, temblando, vulnerable—. No vuelvas a hacerme esto. Nyxara sintió su corazón latir al mismo ritmo que el de él. —Lo… lo intentaré —susurró ella. Kael la soltó despacio, como si le costara hacerlo, y salió de la habitación sin mirar atrás… Porque si miraba, no podría irse. Elin entró con suavidad. —Mi lady… venga, debe entrar al baño antes de que enferme. Nyxara todavía sentía el calor de los brazos de Kael alrededor de ella. Mientras Elin le quitaba la ropa húmeda y la guiaba al agua caliente, Nyxara solo podía pensar en una cosa: Ese abrazo. La forma en la que Kael dijo su nombre. La desesperación en su voz. Algo dentro de ella había cambiado esta noche. Y no volvería a ser igual. Kael entró a su habitación todavía empapado, dejando un rastro de agua sobre el piso de piedra. El silencio lo recibió como un golpe. La tensión de su cuerpo, esa que lo había sostenido mientras cabalgaba, mientras mataba, mientras rugía de miedo interno… Se quebró. Un baño caliente ya lo esperaba. El vapor llenaba la habitación con un aroma suave a hierbas. Kael comenzó a quitarse la ropa mojada. La camisa se pegaba a su torso marcado, tonificado como el de un guerrero que había pasado su vida entrenando. Sus brazos, fuertes y tensos, temblaron apenas cuando la tela cayó al suelo. El agua iluminaba cada cicatriz, cada marca de batalla… pero ninguna de ellas lo había dejado tan expuesto como la mirada de Nyxara en el bosque. Cuando terminó de despojarse de todo, entró en la bañera. El agua caliente envolvió su piel y, por primera vez en horas, su cuerpo se relajó… pero su mente no. Apoyó un antebrazo en el borde y la otra mano en su frente. Sus ojos se cerraron con fuerza. Y, en el silencio de la habitación, exhaló un susurro que parecía arrancado del fondo de su alma: —¿Qué me estás haciendo, Natasha…? La mano en su frente tembló. Su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, como si hubiera corrido una maratón emocional. Recordó su voz temblando. Recordó cómo lo había mirado en el caballo. Recordó su pequeño “como un dios”. Y sintió el maldito sonrojo que no había podido ocultar regresarle a las mejillas. —Por todos los cielos… —murmuró, inclinando la cabeza hacia atrás, dejando que el agua le cubriera parte del rostro. No era solo atracción. No era solo preocupación. Era algo más grande, más hondo, más peligroso. Un instinto antiguo. Una necesidad primitiva. Algo que dormía dentro de él y que Nyxara había despertado con un solo toque. Kael abrió los ojos lentamente. La expresión dura del guerrero no estaba allí esta vez. Había confusión. Deseo. Miedo a perderla. Y otra cosa más profunda… algo que no quería reconocer. —Lo que siento cuando te miro… —susurró en voz baja, como si fuera un secreto— no debería sentirlo. Reposó la cabeza contra el borde del baño, el vapor acariciando su piel tensa. —Y aun así… —apretó los puños bajo el agua— no puedo detenerlo. Kael cerró los ojos otra vez. Su corazón latía fuerte, tan fuerte como cuando luchaba. Nyxara había desatado algo dentro de él. Y él, Kael Solvard, el guerrero impenetrable… ya no podía evitarlo. Ni quería.
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