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1315 Words
En cuanto estuvieron solos, Kael dio dos pasos, tres… Y se arrodilló frente a ella. Sin decir una sola palabra, la tomó del brazo con sorprendente delicadeza y la levantó del suelo. Nyxara, temblando, apenas pudo resistirse. Kael la atrajo hacia su pecho en un abrazo fuerte, desesperado, como si temiera que si no la sostenía se desvanecería ante sus ojos. Los brazos de Kael envolvieron su espalda con firmeza, su mano grande subió a la nuca de Nyxara, protegiéndola, acercándola más. Ella respiró entrecortado, su rostro escondido contra la armadura fría de él. —Natasha… —murmuró Kael con una voz que jamás había usado antes—. No huyas de mí. Su pecho vibraba contra el de ella. Su respiración era acelerada, nerviosa. —No quiero que corras. No quiero que llores así —sus palabras salieron gruesas, crudas—. Dime qué pasó. Dímelo… por favor. La abrazó más fuerte, casi pegándola a su corazón, como si quisiera que sintiera lo que él sentía. Nyxara dejó escapar un sollozo más y un leve temblor recorrió su cuerpo entero. Kael apretó los ojos, dolido por verla así. —Natasha… —susurró contra su cabello—. No soportes esto sola. Estoy aquí. Por primera vez, el guerrero indestructible de Eldora no parecía de piedra. Parecía… humano. Vulnerable. Asustado de perderla. Kael la sostuvo entre sus brazos, con el pulso acelerado por la angustia de verla llorar así. Sentía su respiración temblorosa contra su pecho, su pequeño cuerpo estremeciéndose bajo sus manos, y algo dentro de él se rompía más y más con cada segundo. Cuando Nyxara logró inhalar un poco de aire, Kael apoyó su frente sobre la de ella, obligándola a mirarlo. —¿Por qué…? —su voz salió baja, áspera, casi suplicante—. ¿Por qué te pusiste así? Dímelo. Nyxara apretó los labios, queriendo esconderse otra vez en su pecho. No quería decirlo. No debía decirlo. Pero lo vio allí, en sus ojos: preocupación pura, sincera… y algo más profundo que ella no sabía nombrar. Tragó saliva. —Es que… —sus manos temblaban mientras sujetaban la tela de su camisa—. No quería que lo supieras… Kael deslizó una mano por su mejilla húmeda, limpiándole una lágrima con el pulgar. —Natasha. Dímelo —susurró con esa voz baja que la hacía temblar—. Quiero entender. Ella cerró los ojos con fuerza, como si las palabras dolieran al salir. —Por… Yllena… Kael se quedó completamente quieto. Nyxara respiró hondo, su voz quebrándose. —Ella… es perfecta. Kael parpadeó, confundido. —¿Perfecta…? —Para ti… —murmuró Nyxara, apenas audible. Fue un susurro tembloroso… una confesión rota… y, sin embargo, atravesó a Kael como una lanza. Los brazos del guerrero se tensaron alrededor de ella. Luego la tomó del rostro con ambas manos, obligándola a levantar la mirada. —Natasha… —sus ojos ardían, intensos, dolidos, casi furiosos—. No vuelvas a decir algo así. Ella abrió los ojos sorprendida, atrapada en la fuerza de su mirada. Kael acercó su frente a la de ella, casi tocándola, su voz bajando a un tono grave que retumbó en el pecho de ambos. —No quiero a Yllena. Nunca la quise. No es perfecta para mí. No es nada para mí. Nyxara sintió que su corazón dio un salto. Kael respiró hondo, cerrando los ojos como si le costara controlar lo que estaba por decir. —La única persona que… —se detuvo un segundo, buscando coraje— la única que me importa… eres tú. Sus dedos se deslizaron a su cuello, envolviéndola con una ternura que contrastaba con la fuerza de su cuerpo. —¿Entiendes? —preguntó, con la voz rota en sinceridad. —Eres tú, Natasha. Nyxara sintió que el mundo se detenía. Que por primera vez, entendía ese dolor extraño en su pecho. Kael la miró como si fuera la única cosa en Eldora que valía la pena proteger. Nyxara no supo qué decir. Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, mezcladas con el temblor de su corazón, que golpeaba tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna respuesta salió. Kael lo notó. Y en lugar de presionarla, la envolvió con sus brazos otra vez, pegándola a su cuerpo como si fuera lo único capaz de calmarlo. La sostuvo con una firmeza protectora, pero con tanta delicadeza que Nyxara sintió que podría deshacerse ahí mismo entre sus manos. —Natasha… —murmuró contra su cabello—. No quiero que vuelvas a sentirte así nunca más. Ella apoyó su frente en su pecho, escuchando el fuerte latido de su corazón. Un latido que se aceleraba cada vez que ella respiraba. Kael deslizó una mano por su espalda, respirando hondo, como si hubiera tomado una decisión que llevaba tiempo conteniendo. —Yo te llevaré a cabalgar —dijo con una suavidad que contrastaba con su voz habitualmente dura—. Solo tú y yo. Nyxara levantó la vista, sorprendida. Kael sonrió apenas… esa sonrisa que había prometido que era solo para ella. La sonrisa que ella sintió clavarse directamente en el alma. —Te llevaré donde nadie más va —continuó, su pulgar acariciando su mejilla húmeda—. A lugares hermosos… lugares que quiero que conozcas conmigo. Sus ojos azules la recorrieron con una intensidad que la dejó sin aliento. —Casi tan hermosos como tú. Nyxara sintió un calor recorrerle el rostro, la garganta, el corazón entero. Sus manos, sin darse cuenta, se aferraron a la camisa de Kael como si ese contacto fuera lo único que la mantenía en pie. Kael bajó un poco el rostro, acercándose más, tan cerca que el mundo se volvió pequeño. —Natasha… —susurró, casi una plegaria—. Ven conmigo. Kael mantuvo a Nyxara entre sus brazos unos segundos más, como si necesitara asegurarse de que realmente estaba ahí, de que no volvería a huir con lágrimas en los ojos. Luego, con un suspiro profundo, se separó apenas lo suficiente para mirarla directamente. Sus manos seguían en sus mejillas, cálidas, firmes. —Mañana… —dijo con una voz baja, llena de una decisión que no admitía duda—. Mañana te llevaré a un lugar especial. Nyxara parpadeó, aún temblando por dentro. —¿Un… lugar especial? Kael asintió, y la ternura que apareció en su mirada fue tan inesperada, tan sorprendente, que Nyxara sintió que se quedaba sin aire. —Sí. Es un sitio que no muestro a nadie, Natasha. Solo tú irás conmigo. Una corriente cálida recorrió su pecho. Kael continuó, rozando su mejilla con el pulgar: —Necesitas ropa para cabalgar. Le diré a Elin que prepare algo adecuado para mañana. No te preocupes por nada… yo me encargaré. Nyxara abrió la boca para decir algo, pero Kael la interrumpió suavemente, como si temiera que ella dudara de sus palabras. —Por hoy… —inhaló hondo, controlándose—. Por hoy terminaré mi entrenamiento. —Y despediré a Yllena. No tiene por qué quedarse más tiempo aquí. Nyxara sintió un vuelco en el estómago. —¿La… despedirás? Kael inclinó ligeramente la cabeza, acercándose lo suficiente para que su frente casi tocara la de ella. —Tú eres la única persona que me importa ahora mismo. No necesito distracciones. No quiero que nada ni nadie vuelva a hacerte llorar. Sus palabras fueron un susurro firme, una promesa hecha desde lo más profundo del pecho. Luego, con extrema suavidad, colocó un beso cálido en la parte alta de su cabeza. Un gesto protector. Íntimo. Peligrosamente sincero. —Descansa, Natasha. Mañana… será solo nuestro día. Y con esa promesa incendiando el aire, Kael se enderezó, la miró una última vez para asegurarse de que estaba bien… …y salió de la biblioteca con pasos decididos, listo para hacer exactamente lo que había prometido.
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