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1406 Words
Kael había envuelto su mano apresuradamente, apenas deteniendo la sangre. El vendaje blanco contrastaba con la piel enrojecida por el golpe, pero él no sentía dolor físico. El único dolor que importaba estaba en su pecho. El camino hacia la habitación de Nyxara se sintió interminable. Sus pasos, normalmente firmes y seguros, ahora eran pesados. Cada metro que avanzaba aumentaba la presión en su garganta. Nunca había tenido miedo a enfrentar monstruos o enemigos… Pero ahora tenía miedo a enfrentar a ella. Cuando llegó frente a la puerta, levantó la mano para tocar… Y ahí la escuchó. Los sollozos. Breves. Rotitos. Ahogados. Como si tratara de contenerlos para no molestar a nadie. Kael sintió cómo algo se desgarraba dentro de él. Como si una mano invisible lo hubiera tomado por el pecho y lo hubiera apretado con fuerza. —Maldición… —susurró, con la voz temblorosa por primera vez en mucho tiempo—. ¡Qué imbécil soy! Apretó los puños. Respiró hondo. Y finalmente tocó la puerta, con una suavidad desconocida en él. —Natasha… —su voz salió más baja de lo que esperaba—. Soy Kael. Necesito… necesito hablar contigo. ¿Puedo pasar? Dentro, los sollozos cesaron. Hubo silencio. Luego se escuchó un movimiento. La puerta se abrió despacio. Nyxara estaba allí de pie, con los ojos enrojecidos, las pestañas húmedas y las mejillas marcadas por el llanto. Su cabello blanco caía desordenado sobre sus hombros, y su expresión era una mezcla de sorpresa, dolor… y cautela. —Kael… —susurró. Él tragó saliva, sintiendo una oleada de culpa que casi lo arrodillaba. Antes de que pudiera hablar, ella se hizo a un lado con timidez, sin mirarlo directamente. —Puedes… pasar. Kael entró despacio, como si temiera romper algo más. Y en el instante en que la puerta se cerró detrás de ellos, el silencio entre ambos se volvió tan denso, tan lleno de cosas no dichas, que Kael sintió que le costaba respirar. Nyxara estaba unos pasos lejos, abrazándose los brazos. Kael la miró… y le dolió cada rastro de lágrima en su piel. Él, el gran guerrero Solvard… Había sido quien la hizo llorar. Y no sabía cómo vivir con eso. —Yo… —empezó, pero su voz falló. Nyxara levantó lentamente la mirada hacia él. Y Kael, por primera vez en su vida, tuvo que reunir coraje no para luchar… Sino para pedir perdón. Kael permaneció de pie en medio de la habitación, rígido como una estatua rota por dentro. No sabía dónde poner las manos, ni cómo sostener la mirada. Nyxara, aún con los ojos hinchados por el llanto, esperaba en silencio… pequeña, frágil, y sin comprender por qué él la hería tanto. Kael tragó saliva. Respiró hondo. Intentó hablar… pero las palabras se deshicieron antes de salir. Pasó una mano por su cabello, frustrado, como si quisiera arrancarse la torpeza de raíz. —Yo… —empezó—. Mierda… no soy bueno en esto. Nyxara lo miró con sorpresa al oír una honestidad tan desnuda. Kael apretó la venda de su mano herida, como si el dolor lo anclara. —Natasha… —la voz se le quebró apenas—. No debí gritarte. Ella bajó la mirada, una pequeña sombra de tristeza cruzando su expresión. Él dio un paso hacia ella, muy despacio, como si se acercara a una criatura que temía espantar. —Lo que hice… lo que dije… fue estúpido. Y cruel. Y no lo merecías. Yo… no sé hablar cuando estoy… —buscó la palabra, perdido— …revuelto por dentro. Nyxara levantó los ojos, suaves pero heridos. —¿Revuelto por qué? —preguntó apenas en un murmullo. Kael inhaló tan fuerte que se le marcó el pecho. Sus pupilas temblaron. El aire se volvió pesado. Y finalmente, la verdad salió sin su permiso. —Porque tengo miedo, Natasha. Ella parpadeó. —¿Miedo… de qué? Kael cerró los ojos un segundo, como si le doliera admitirlo. —De perderte. Nyxara se quedó inmóvil. Kael continuó, la voz ronca, cada palabra un golpe directo desde la parte más escondida de su alma: —No sé por qué… cuando te pasa algo… me siento como si algo en mí se rompiera. Y cuando dijiste que querías ir a Lúmeryth… pensé que… —su voz bajó más— …que ibas a desaparecer de nuestro mundo. Sus manos temblaban. Ese era Kael: el guerrero indomable… temblando. —Y la idea de que te fueras… de que te perdiera… —sus ojos se llenaron de furia con él mismo— …me sacó de quicio. No lo manejé bien. No sé manejar esto. Un silencio profundo cayó entre ellos. Nyxara dio un paso hacia adelante. Muy pequeño. Muy tímido. Pero Kael lo sintió hasta en los huesos. —Yo no quiero irme… —susurró ella, con ojos brillantes—. Solo quiero saber quién soy. Él abrió los ojos, golpeado por una mezcla de alivio y dolor. —Lo sé —respondió él, suave por primera vez—. Y quiero ayudarte… pero tengo miedo de que, cuando descubras quién eres… ya no me necesites. Nyxara lo miró como si hubiera revelado un secreto sagrado. Y Kael se sintió desnudo emocionalmente por primera vez en su vida. La habitación estaba tan silenciosa que Kael podía escuchar su propio corazón golpeando contra el pecho. Nyxara lo miraba con esos ojos grandes, llenos de lágrimas secas y brillo vulnerable. Un paso. Solo un paso. Pero ese pequeño movimiento de Nyxara hacia él lo desarmó por completo. Kael se quedó inmóvil, como si una fuerza mayor lo hubiera clavado al suelo. Nyxara bajó la mirada hacia su mano vendada. El vendaje estaba manchado de sangre. Con una timidez casi sagrada, levantó la mano y tocó suavemente el borde del vendaje. —Kael… ¿te hiciste daño por mi culpa? —susurró, con una tristeza que lo atravesó. El contacto era tan leve, tan delicado, que cualquier otro hombre ni lo habría sentido. Pero Kael sí. Lo sintió como un incendio en la piel. Él inhaló bruscamente. El aire se le atoró en la garganta. Ella estaba demasiado cerca. Su aroma suave. La calidez de su mano. La luz tímida en sus ojos. Era demasiado. No estaba preparado. —Natasha… —murmuró, con la voz ronca, afectada profundamente— …si sigues mirándome así… no voy a poder decirte nada coherente. Nyxara lo miró sorprendida, sin comprender del todo lo que provocaba en él. Kael retrocedió medio paso, pero luego se detuvo. No quería alejarse. No esta vez. Nyxara, con esa inocencia que lo mataba lentamente, tomó su mano vendada entre las suyas… más firme esta vez. —No quiero que te duela —susurró. Kael sintió que su pecho se rendía por completo. —Tú no me dueles, Natasha —respondió él, con una sinceridad que parecía quemarlo desde dentro—. Yo… me hice daño solo. Los ojos de Nyxara brillaron un poco más, como si algo dentro de ella entendiera que Kael no era tan frío como aparentaba. Ella tiró suavemente de su mano. —Ven… siéntate conmigo. Kael dudó. Por primera vez en años, dudó. Pero al ver la tristeza en su rostro, la forma en que intentaba recomponerse, su corazón decidió por él. Se sentaron juntos en la cama, uno al lado del otro. No se tocaban, pero la distancia era tan pequeña que Kael podía sentir el calor que emanaba de ella. Ambos miraban al frente, pero sus corazones estaban latiendo al mismo ritmo. Kael respiró hondo. —Natasha… —dijo con voz baja, más honesta que nunca— …no sé cómo protegerte sin empujarte lejos. Tengo miedo… de decir lo incorrecto. De lastimarte otra vez. Nyxara giró el rostro hacia él. —Yo tampoco sé lo que siento todavía… pero sé que… —tomó aire, nerviosa— …me duele cuando estás molesto conmigo. Kael cerró los ojos un segundo. Como si esas palabras lo derritieran. —Perdóname… —susurró— …por hacerte llorar. Nyxara lo miró con una ternura tan pura que a Kael se le escapó el aliento. —No me grites más… por favor —pidió ella, muy bajito. Kael abrió los ojos y la miró directamente. —No volveré a hacerlo. Era una promesa. Una que no había hecho jamás en su vida. Ahora estaban solos. Cerca. Respirando el mismo aire. Y por primera vez… sin miedo a decir la verdad.
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