Capítulo 1: El Peso de la Corona de Espinas

1578 Words
Capítulo 1: El Peso de la Corona de Espinas El perfume del incienso en la Catedral de San Judas siempre me había resultado reconfortante, un bálsamo para el alma. Pero hoy, mezclado con el aroma metálico del aceite de armas y el perfume costoso de hombres con manos manchadas de sangre, el aire se sentía espeso, casi sólido. Me costaba respirar bajo el encaje de Chantilly que cubría mi rostro, un velo que no solo ocultaba mis facciones, sino también el terror que amenazaba con desbordarse de mis ojos. Yo no debería estar aquí. Mi lugar estaba en el silencio del convento de Santa Clara, entre libros de teología y el huerto de hinojo. Pero mi hermana, mi pobre y errática gemela, había jugado con fuego en el salón de un casino clandestino, y el fuego había respondido con la forma de un contrato matrimonial. —Respira, Paula —me susurré a mí misma, un mantra apenas audible—. Por ella. Por el voto que hiciste de protegerla. Las puertas de roble de la catedral se abrieron de par en par, dejando entrar una ráfaga de viento gélido que hizo oscilar las llamas de los cirios. Caminé. Cada paso sobre la alfombra roja se sentía como un descenso por los círculos del infierno de Dante. A los lados, los invitados no eran fieles buscando redención, sino soldados de infantería de la mafia, hombres de mandíbulas cuadradas y ojos que escaneaban el lugar en busca de amenazas. Y entonces, lo vi. Luciano Morgan estaba de pie frente al altar, con la elegancia de un ángel caído que se ha adueñado del abismo. Su traje n***o era impecable, cortado a medida para resaltar unos hombros anchos que parecían cargar con el peso de mil pecados. Cuando llegué a su lado, no hubo una sonrisa de bienvenida, ni un gesto de caballerosidad. Solo una mirada. Sus ojos eran de un gris tormentoso, una neblina que ocultaba un vacío narcisista y cruel. Él no buscaba una esposa; buscaba un trofeo, una propiedad que le asegurara el control sobre las rutas de transporte de mi familia. Él esperaba a una mujer mundana, astuta y capaz de devolverle el veneno. No sabía que bajo este velo no había una jugadora de ventaja, sino una mujer que temía por su alma tanto como por su vida. —Llegas tarde —murmuró Luciano. Su voz era un barítono profundo, una caricia de terciopelo que escondía una navaja debajo—. Empezaba a pensar que habías recuperado el sentido común y habías huido. —El matrimonio es un compromiso sagrado, señor Morgan —respondí, intentando que mi voz no temblara—. Yo no huyo de mis deberes. Él arqueó una ceja, claramente sorprendido por la formalidad de mi tono, tan distinto al coqueteo barato que mi hermana solía emplear. Me tomó de la mano para guiarmelos escalones del altar. Su tacto fue como una descarga eléctrica: frío, dominante, posesivo. En ese momento, la realidad me golpeó con la fuerza de un mazo. Estaba entregando mi pureza a la encarnación misma de la crueldad. El sacerdote comenzó la liturgia, pero sus palabras parecían eco en una cueva lejana. Mi atención estaba fija en el perfil de Luciano. Tenía una cicatriz casi imperceptible que bajaba por su mandíbula, un recordatorio de que su mundo no conocía la paz. Él no escuchaba las oraciones; miraba el reloj de oro en su muñeca con impaciencia, como si la unión de nuestras vidas fuera un trámite comercial que le robaba tiempo valioso. —Luciano Morgan, ¿aceptas a esta mujer...? —Acepto —interrumpió él, con una seguridad que no admitía réplica. Ni siquiera esperó a que el clérigo terminara. Para él, el "sí" ya había sido decidido en una oficina oscura meses atrás. —¿Y tú, Paula Miller? —El sacerdote me miró con una sombra de lástima. Sabía quién era el hombre que tenía a mi lado. Miré hacia la primera fila, donde mi hermana, disfrazada con una peluca y gafas oscuras, me observaba con desesperación. Cerré los ojos. "Señor, pon un puente sobre este abismo", pedí en silencio. —Acepto —mi voz sonó clara, resonando en las bóvedas de piedra. El intercambio de anillos fue una tortura. Cuando Luciano deslizó el aro de platino y diamantes en mi dedo, apretó mi mano con una fuerza innecesaria, un recordatorio de quién tenía el control ahora. El metal se sentía como un grillete. —Puede besar a la novia. Luciano se giró hacia mí. Sus dedos largos y fuertes levantaron el velo con una lentitud calculada. Por un segundo, cuando nuestros ojos se encontraron sin barreras, vi un destello de confusión en él. Quizás fue la falta de maquillaje excesivo, o quizás fue la luz de honestidad que aún brillaba en mi mirada, pero por un breve instante, el demonio dudó. Luego, se inclinó. Su beso no fue tierno. Fue un reclamo. Fue amargo y dominante, un sello de propiedad que me dejó sin aliento y con el sabor del hierro en los labios. —Bienvenida al infierno, esposa mía —susurró contra mi oído mientras los invitados aplaudían con una frialdad mecánica. La celebración fue una mascarada de excesos en la mansión Morgan, una fortaleza de cristal y acero en la cima de una colina. Mientras los hombres bebían whisky de mil dólares y discutían sobre territorios y cargamentos, yo permanecía sentada en la mesa presidencial, sintiéndome como un sacrificio en un banquete pagano. Luciano no me dirigió la palabra durante toda la cena. Se limitó a recibir felicitaciones con una arrogancia natural, manteniendo su mano posesivamente sobre mi nuca, recordándole a todos que yo era su última conquista. Cuando finalmente la madrugada se impuso y los invitados se retiraron, el silencio de la mansión se volvió opresivo. Luciano me guio hacia el ala oeste, hasta una habitación que olía a sándalo y cuero. —Quítate eso —dijo sin mirarme, desabrochándose los gemelos de la camisa y lanzándolos sobre una cómoda de caoba. —¿Perdón? —pregunté, retrocediendo hasta que mi espalda chocó con la puerta cerrada. Él se giró lentamente. La luz de la luna entraba por el ventanal, afilando sus rasgos. —El vestido, Paula. No tengo toda la noche para juegos de timidez. Ya sé quién eres, o al menos, quién se supone que eres. Una mujer que ha pasado por más camas que yo por ciudades. No finjas una castidad que no tienes. El nudo en mi garganta casi me impide hablar. Este era el momento del conflicto inevitable. Si confesaba la verdad, ponía en riesgo la vida de mi hermana. Si seguía con la farsa, entregaría mi cuerpo bajo una premisa de pecado y mentira. —No soy quien tú crees que soy, Luciano —dije, dando un paso al frente, con las manos entrelazadas en un gesto de oración inconsciente—. He aceptado este matrimonio porque para mí, un voto es inquebrantable. Pero no esperes que participe en tu depravación. Luciano soltó una carcajada seca, carente de humor. Se acercó a mí con la velocidad de una cobra, acorralándome contra la madera. Su cercanía era abrumadora; podía oler el tabaco y el peligro en su piel. —¿Ahora eres santa? —Se burló, tomando un mechón de mi cabello y enrollándolo en su dedo con brusquedad—. Tu hermana me dijo que eras la joya de la corona, pero veo que lo que eres es una mentirosa profesional. ¿Qué intentas? ¿Aumentar tu valor haciéndote la difícil? —He pasado toda mi vida en un convento, Luciano —solté, las palabras escapando antes de que pudiera frenarlas. Él se congeló. Su mirada recorrió mi rostro, buscando el engaño. Vio la falta de malicia, vio el miedo genuino mezclado con una determinación férrea que no encajaba con la reputación de los Miller. Sus ojos se entrecerraron. —¿Un convento? —Repitió, y por primera vez, su voz no era de burla, sino de una curiosidad peligrosa—. Me estás diciendo que me han vendido a una novicia. —Te han entregado a una mujer que cree en la redención, incluso para alguien como tú —respondí, sosteniéndole la mirada—. Puedes obligarme a estar en esta casa, puedes incluso intentar romper mi cuerpo, pero mi alma no te pertenece. Luciano guardó silencio durante un tiempo que pareció eterno. El aire entre nosotros vibraba con una tensión eléctrica. De repente, me soltó y retrocedió, mirándome como si fuera un espécimen extraño bajo un microscopio. —Un ángel en mi cama —murmuró, y una sonrisa cruel, pero esta vez genuinamente intrigada, curvó sus labios—. Esto va a ser mucho más divertido de lo que pensaba. No voy a tocarte, Paula. No todavía. Voy a dejar que tu propia "santidad" te asfixie. Voy a mostrarte lo que es el mundo real, y cuando estés rogando por un poco de la oscuridad que yo te ofrezco, entonces comprenderás que en este mundo, Dios no tiene jurisdicción. Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con llave por fuera. Me quedé sola en la penumbra, cayendo de rodillas sobre la alfombra. La batalla había comenzado. Él quería corromper mi fe; yo debía sobrevivir a su crueldad. ¿Qué hace un ángel viviendo bajo el mismo techo que un demonio? Intentar no olvidar cómo se vuela mientras camina por el fuego.
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