Capítulo 2: La Mesa de los Traidores
El amanecer en la mansión Morgan no trajo consigo el canto de los pájaros ni la paz del convento. Trajo el sonido de motores rugiendo en la entrada y el eco de pasos pesados sobre el suelo de mármol. Me desperté en la enorme cama, aún con el vestido de novia arrugado y el corazón latiendo con la misma intensidad con la que se cerró la puerta anoche.
La habitación era una jaula de oro. Intenté abrir las ventanas, pero estaban selladas con cristales blindados. Me senté frente al tocador y, con manos temblorosas, comencé a quitarme las horquillas que sostenían mi peinado. Cada una caía sobre la madera como un clavo sobre un ataúd.
De repente, la llave giró en la cerradura.
—Vístete. La familia espera —la voz de Luciano entró antes que él. Estaba impecable, con una camisa blanca de seda abierta en el cuello y una expresión de aburrimiento que ocultaba su peligrosidad.
—¿La familia? —pregunté, cubriéndome instintivamente con los brazos.
—Mi consejo de guerra. Mis capitanes. Y mi madre —dijo la palabra "madre" con un deje de veneno que no pasó desapercibido—. Quieren ver a la mujer que ha unido a las dos familias más poderosas de la costa. No les des razones para pensar que eres débil.
—No soy débil, Luciano. Solo estoy horrorizada —le corregí mientras me ponía de pie.
Él se acercó, invadiendo mi espacio personal hasta que pude sentir el calor de su cuerpo. Su mano se cerró sobre mi barbilla, obligándome a mirarlo.
—En este mundo, Paula, el horror es un lujo. O aprendes a mirar a la muerte a los ojos y sonreír, o te devorarán antes del almuerzo. Elige una máscara y póntela. Ahora.
Bajamos al gran comedor. La mesa, de una longitud obscena, estaba repleta de comida, pero el ambiente era de una toxicidad palpable. Allí estaban "ellos", mientras iba caminando detrás de Luciano me los iba presentando en voz baja.
El primero de todos: Dante Morgan: El primo de Luciano. Un hombre con ojos inquietos y una sonrisa demasiado perfecta. Se dice que es el "limpiador" de la familia, pero su mirada sobre Luciano gritaba envidia.
El segundo que alcanzó mi mirada es: Enzo "El Carnicero": Un hombre mayor, con cicatrices que contaban historias de tortura. Representaba la vieja guardia que veía con desconfianza la llegada de una Miller como yo.
Y la ultima, Doña Allegra Morgan: La matriarca. Una mujer de una elegancia gélida, con un rosario de plata envuelto en su mano izquierda. Al verla, comprendí de dónde venía la oscuridad de Luciano.
—Así que esta es la famosa "flor de los Miller" —dijo Dante, rompiendo el silencio mientras cortaba un trozo de carne casi cruda—. Pareces un poco... pálida, prima. ¿Acaso Luciano no te dio una buena bienvenida?
Luciano se sentó en la cabecera, ignorando el comentario, y me indicó con un gesto seco que me sentara a su derecha.
—Paula ha pasado mucho tiempo en retiro espiritual —dijo Luciano con una ironía que solo yo entendí—. Está adaptándose a la luz del sol.
—El retiro espiritual no sirve de nada si el alma ya está podrida —sentenció Doña Allegra, clavando sus ojos en los míos—. Tu hermana era una jugadora, una mujer de vicios. Espero que entiendas que en esta casa, el pecado se paga con obediencia, no con oraciones.
Sentí el impulso de bajar la cabeza, pero recordé las palabras de Luciano. Si era una Miller, debía actuar como tal. O al menos, como la versión de mí que ellos esperaban.
—La obediencia es una forma de sacrificio, Doña Allegra —respondí, manteniendo la voz firme—. Y yo estoy muy familiarizada con el sacrificio.
El desayuno fue interrumpido por un hombre que entró apresurado y le susurró algo al oído a Luciano. La expresión de mi esposo cambió; sus ojos se volvieron dos rendijas de acero.
—¿Dónde? —preguntó Luciano.
—En el muelle 4. Han quemado el cargamento. Dejaron una marca —respondió el subordinado.
Luciano se levantó de golpe, haciendo que su silla chirriara contra el suelo. Toda la mesa se tensó. Dante esbozó una sonrisa casi imperceptible que me hizo dudar de su lealtad de inmediato.
—Parece que tus antiguos parientes, los Miller, no están muy contentos con el acuerdo matrimonial —dijo Enzo, golpeando la mesa—. Es una provocación directa.
Luciano me miró. No era la mirada de un esposo, era la de un juez.
—Tu padre juró que este matrimonio traería paz. Si los Miller están jugando a dos bandas, Paula, voy a colgar sus cabezas en la puerta de esta mansión, empezando por la de tu hermana.
El pánico me atenazó. Mi hermana no tenía el poder para quemar un cargamento. Alguien estaba tendiendo una trampa para romper la tregua.
Horas después, mientras Luciano se marchaba a "resolver" el problema con sangre, me quedé sola bajo la vigilancia de Doña Allegra. La mansión, descubrí pronto, tenía niveles.
Mientras caminaba por los pasillos, escoltada por un guardia silencioso, pasé frente a una puerta entreabierta que bajaba hacia el sótano. Un olor a humedad y desinfectante subía desde allí. Escuché un gemido, un sonido de dolor humano que me heló la sangre.
—No debes ir por ahí, niña —la voz de Doña Allegra me sobresaltó desde atrás.
—Hay alguien herido allá abajo —dije, dando un paso hacia la escalera. Mi instinto de cuidadora, forjado en el convento, se activó.
—Hay alguien pagando deudas —corrigió ella, tomándome del brazo con una fuerza sorprendente para su edad—. En esta casa, el sótano es para los que olvidan quién manda. Luciano es un hombre justo a su manera, pero es cruel por necesidad. Si quieres sobrevivir, aprende a cerrar los oídos a los gritos.
—No puedo hacer eso. Dios nos llama a la compasión.
Doña Allegra soltó una risa seca y amarga.
—Dios no entra en esta colina, Paula. Aquí, el único que decide quién vive o muere es mi hijo. Y si descubro que tu familia nos está traicionando, ni siquiera tu cara de ángel te salvará de lo que hay en ese sótano.