Hacía calor. Un calor sofocante comenzaba a abrasarla, como si el mismísimo sol estuviera dentro de su habitación incendiando todo a su paso. Sabine estaba en una casa grande, era bastante vieja y sus manos eran pequeñas, semejantes a las de una niña de alrededor de tres años. Estaba sola en una habitación de color rosa mientras un aterrador aroma a humo la estaba ahogando, pero no podía levantarse de la cama y abrir las ventanas, tenía la sensación de que tenía un enorme peso encima. Todo se veía borroso, aun así pudo distinguir los objetos dentro de la alcoba, un armario de madera pintada de blanco, un caballito esculpido en madera que podía mecerse, un pequeño espejo bajo, probablemente para la altura de la niña. Los oídos le empezaron a sonar en un chillido que le hizo tener dolor d

