Capítulo 17

799 Words
El pasillo es oscuro, no hay un una antorcha ni luz a mano, solo una puerta semi abierta dejando ver una r*****a de luz que me deja ver las baldosas grises; solo se escuchan mis pasos hasta que un grito desgarrador llena mis oídos, camino más rápido, la impaciencia recorre de punta a punta mi cuerpo tembloroso. -¡No! No le he dicho a nadie- ese llanto lastimero que refleja desesperación cala mis huesos- ¡Lo juro! -¡Cállate! Aquí no se jura, esta es mi casa-. La voz que cada noche me atormenta se hace presente. Llego a la puerta y miro, un hombre ya entrado en la tercera edad, ciego, yace acostado en un diván que está recubierto de sangre coagulada y nueva; un hombre alto de piel blanca, casi enferma con su cabellera negra reluciente lo mira; es él hombre de cada noche, está delante del moribundo con una daga negra y afilada. Pero se aleja del hombre y se aproxima a la puerta de donde me quiero mover para que no me vea pero mi cuerpo no reacciona, el hombre al mirarme abre la boca mostrándome sus dientes afilados y dice:- "Jazmín, entra". Abro los ojos y veo todo n***o, calmo mi pulso y respiración que ha sido alterada, cuando logro hacerlo vuelvo a abrir los ojos y distingo varias siluetas: un sillón blanco y una puerta grande. La sed abraza mi garganta y trato de levantarme pero un brazo rodea mi desnuda cadera atrapándome a la cama; con suavidad la quito tratando de no despertar a mi acompañante. Me siento en la suave y mullida cama, con una mano alcanzo una pequeña bata de algodón, me la pongo y con un pequeño impulso me levanto; ya que el piso está frío busco con el pie mis pantuflas; cuando las encuentro ubicadas a un lado de la cama me dirijo la puerta que al abrir salgo. Luego de bajar las escaleras llego a la cocina en donde me sirvo un vaso de jugo de naranja. -¿Flor?- me giro y al lado de la puerta corrediza está un Evan con el torso desnudo y solo un bóxer blanco puesto, tiene la cara que refleja cansancio y todo su pelo está despeinado- ¿Por qué no estás en la cama?- viene y me abraza por detrás, pegando su pecho caliente a mi espalda que al tacto comienza a calentarse. -Solo tenía sed, no es nada-. -¿Otra pesadilla?- al ver que terminé de tomar mi jugo en lo toma en sus manos y lo pone en el lavabo, me da vuelta con precaución para que vea sus ojos electrizantes; con sus dos manos me sostiene el rostro que le niega pero empiezo a contradecirme para empezar a decir sí-. Tienes que dejar ese tema atrás, estás conmigo, estamos casados y felices que más puedes pedir-. -Es que aún quiero saber cómo fui antes, lo último que recuerdo es despertar aquí en el cielo, pero lo anterior lo tengo todo en blanco, es una laguna. ¿En serio no puedes contarme nada?- al decir esto Evan me mira fijamente. -Sabes que se me está estrictamente prohibido, tienes que recordar lo más importante tú sola, aunque personalmente no querría-. Evan después de decir esto se inclina una poco a mi estatura y besa mi frente tiernamente-. ¿Qué te parece si mañana hacemos un poco de música?-. -No se puede, tienes que trabajar y yo cocinar con Josefina-. Suelto un suspiro de exasperación. -Quién dijo a la mañana, a la noche-. -Está bien- sonrío un poco- ¿vamos a dormir? Asiente y empieza a caminar empujándome por detrás. -Vamos despierta- la voz de Evan me despierta- ya son las tres de la mañana en la tierra, es hora de trabajar- mi marido tira de uno de mis brazos para sentarme; abro mis ojos y la luz del sol que nunca se apaga me ciega por un momento. -¿Qué lugar nos toca?- mi voz es ronca. -Hoy es Nigeria. -Bueno es hora de trabajar. No hay tiempo de desayunar- con un impulso y la mano de Evan me levanto y camino. Mozart- Symphony No. 25 in G minor" -Llegue-. Luego de que he puesto la mescla en el horno y empiezo a preparar la crema del exterior Evan aparece desatándose la corbata, al estar llena de harina por todas partes Evan al pisar la cocina y verme grita- ¿Que te has hecho?- -Nada, solo que debes saber que la harina le hace bien a la piel y que la torta que está en el horno no necesita ninguna pisca de harina- digo sarcásticamente. -Que rico, torta- se relame los labios mientras me mira- ¿Cuánto falta?- -Cuarenta y cinco minutos más-.
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