Capítulo 18

1141 Words
El salón de música, al igual que toda la casa está completamente pintado de blanco dando la sensación de espacio, unos pequeños cuadros arriba de cada instrumento débilmente barnizado muestran un cuadro diferente en relación con la flora y fauna de la tierra. Evan, como siempre que estamos acá se sienta en una pequeña mesa redonda de madera en la que puso la bandeja con la torta recientemente sacada del horno, también puso dos tazas blancas con estas dos frases correspondientemente colocadas en cada una: "La mejor esposa" "El mejor esposo". Entro a la habitación con mis dos manos siendo ocupadas por dos pequeños platos hondos, uno lleno de una mescla de crema y dulce de leche y el otro por unos confites de colores. Evan se sienta y comienza a dividir la torta para servir los pedazos cortados en sus platos. Me siento y mi esposo comienza una charla amena sin complicaciones ni dificultades de seguir. -¿Cómo te fue hoy con mi mamá?- con el tenedor se lleva un poco a la boca luego de untarlo en la mescla y cubrirlo con los caramelos. -Bien, y cocinamos empanadas; aún me duelen las muñecas de estar amasando la masa- copio la acción de Evan y continúo hablando- tu madre es muy chismosa-. -¿Qué es lo que hizo esta vez?- sonríe un poco mostrando los dientes con un leve rastro del dulce de leche. -Te lo digo como lo dijo ella:- ¿Cuándo seré abuela? Me doy cuenta que tú y mi hijo tienen una relación bastante activos, sexualmente hablando, ¡me estoy haciendo cada día más vieja!- Evan que estaba comiendo se atoró con el pastel y comenzó a toser fuertemente. -¡Es una desubicada!- grita con la voz ronca luego de llevar la leche caliente a sus labios, le entregué una servilleta descartable para que se limpie el bigote de leche que se le había formado. -Concuerdo contigo pero creo que lo peor fue a la mañana cuando casi los descubro en una situación no apta para todo público pero todo se fue a menos cuando tu madre hecho a Miguel literalmente, a patadas de su casa- ríe un poco y yo también- ¿Cómo te fue hoy?. -Bastante bien, hoy rezaron tres de las cinco personas que fui a ver, en el camino me encontré con mi papá bastante contento, y después me vine a casa para verte como un monstruo lleno de harina. -Que gracioso- termino de tomar mi leche al mismo tiempo de Nathan que me mira expectante- ¿vamos al piano?- El no asiente pero me sigue y se sienta, busca un cuaderno entre los que tiene encima y me lo entrega. -Se necesita un violín- dice y se sienta para después posicionarse. Tomo en mis manos el violín que un día, unas semanas después de que yo haya llegado apareció en la cama ya afinado. Pongo el temporizador y Evan comienza con una débil y aguda escala de sol, continuo yo con lo mismo, Evan me espera a que termine y el toca tres acordes diferentes para dejar un do extendido yo, mientras toco esta secuencia: si, re, do, la, si, re, do, la, si, re, do... continuamos con la música y nos retiramos al cuarto, apago la luz y subo las escaleras detrás de Evan quien al llegar al cuarto se comienza a sacar la ropa... Me giré lentamente hacia él y lo encontré acostado en la suave cama con los brazos apoyados a cada lado de su cabeza y enfrente mío. Respiré profundamente y levantó la vista hacia ella, como si yo fuera completamente suya, lo que era verdad; me iba acercando a él escuchando como los latidos de su corazón le aporreaban con violencia dentro del pecho; moviéndolo, demostrando que estaba vivo. Me quito la chaqueta y la dejo encima de una silla. Me coloco delante de él intentando mantener una distancia prudente pero la visión de ese cuerpo bañado en oro era demasiado tentadora. No resistí a la tentación y me siento a un lado suyo, Evan se levantó por fin de la cama; pero antes de que pudiera moverse, me encontraba demasiado cerca y él había acortado el poco camino que nos estaba separando, los dos nos habíamos acercado tanto al otro, que sin darse cuenta, atraídos por una invisible cuerda de atracción que ahora, con la vista clavada en sus pupilas dilatadas, no había forma de echarse atrás y las palabras parecían atascadas en nuestras gargantas. Todavía no nos habíamos tocado, pero nuestros cuerpos estaban muy cerca, demasiado y el murmullo de acariciarse era muy intenso. -Jazmín-. Por suerte Evan recuperó la voz, pero su mirada continuaba hambrienta. Su mirada debilitó visiblemente cada musculo de mi cuerpo que ya no me reconocía. -¿Sí?- le coloco un dedo en la barbilla para acercarlo, al parecer ese simple y débil roce volvió loco a Evan; que suspiró contra mi dedo fino y suave- no digas nada, recuerda: siempre te he pertenecido, mi corazón es tuyo y mi cuerpo, solo tuyo, de nadie más-. Evan cerró los ojos al escuchar tal declaración, una simple palabra y lo había emborrachado de locura, lo había debilitado como una presa débil ante un cazador; acorralado en un callejón sin salida, sin retorno y sin la esperanza de permitirse huir de ella. Pero nunca lo había querido. Parecía que la voz se le estrangulara en la garganta y cuando Evan, que estaba con la vista gacha, levanta la vista. Los ojos de Evan brillaban, su cuerpo ardía, aun sin tocarlo notaba el calor acariciarla como los picos de las llamas. Fije la vista en sus labios, los cuales se encontraban separados. Él estaba tenso y al ver que yo alzaba las manos a los tirantes de mi vestido y los deslizaba muy lentamente por mis hombros, el vestido cayó en cascada hacia abajo por todo el cuerpo hasta enrollarse en los pies, Evan no se retiró, solo lo miró; comenzó por debajo, por esos pies y piernas que ya antes había acariciado, fuertes, largas y rectas, perfectas de un color casi dorado. Se lamió los labios, la tomó por los brazos, escuchando el grito que salió de mis labios y me colocó en su cintura, como si fuera más que una niña pequeña, enrolle mis piernas alrededor de su cintura y un gemido se escapó al sentir el calor del estómago sin ropa de Evan. Fue a la cama conmigo encima, donde se tumbó y antes de que mis manos se pusieran en marcha a tocarlo, las cogió al vuelo y las colocó por encima de mi cabeza, aferradas, me estire y Evan gruñó con desesperación, la misma que le pedía y sin el mayor esfuerzo él presionó con sus labios los míos gemí, llamándolo y él obedeció...
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