P.O.V Melissa El tiempo se detiene. Y en ese vacío, en ese instante eterno donde todo el mundo se desmorona, solo puedo escuchar el estruendo de mi propio corazón golpeando contra mis costillas, como si quisiera escapar de mi pecho. Lo veo. Tendido sobre el suelo, inerte, la piel tan pálida que parece de mármol. La sangre cubre su camisa, el pavimento… mis manos. Las mismas manos con las que alguna vez lo acaricié, ahora se aferran a su cuerpo sin vida, temblando, sin saber qué hacer. —No... —susurro con voz ronca, mi garganta cerrándose por el miedo. Me inclino hacia él—. No después de todo lo que atravesamos. No ahora. Toco su rostro con cuidado, como si temiera romperlo aún más. Está frío. Su respiración es tan débil que apenas se percibe. Y de pronto, ya no soy una mujer fuerte.

