P.O.V Tomás
Prácticamente conozco a Melissa desde que éramos pequeños. Es una chica dulce, hermosa, gentil y graciosa, con el tiempo, fui desarrollando un sentimiento bastante fuerte por ella, la amo y soy más qué posesivo con ella, tanto que no puedo soportar que otros gilipollas la miren con deseo. Si fuera por mí, la encerraría en mi cuarto para que nadie la vea. Sus ojos color miel son tan dulces que no me canso de verlos y hoy tuve la mejor vista de mi vida. Vi cómo se tocaba, su rostro lleno de placer, su cuerpo temblando bajo su propia caricia. No sé por quién se tocaba, pero fue la mejor escena de mi puta vida. Fingí que no fue la gran cosa para no avergonzarla más de lo que ya estaba, pero no podía dejar de pensar en ello.
Cuando la vi tendida en el suelo después del golpe, sentí que mi mundo se hundía. Un miedo inexplicable me invadió. La llevé rápidamente a la enfermería sin importarme nada más. Cuando aseguraron que estaba bien, pude respirar de nuevo.
Y luego, ese beso... No debió pasar... pero cuando Melissa me miró con esos ojos llenos de deseo y me pidió que la besara, no pude resistirme. Fue dulce al principio, pero mi necesidad por ella lo volvió más posesivo, más demandante. No quiero arruinar nuestra amistad, pero todo se fue al carajo. Ahora no sé qué hacer. Si me pregunta, tendré que mentirle, fingir que no significó nada, aunque para mí lo fue todo.
Melissa se ha convertido en mi corazón, y no pienso apartarme de ella. No puedo, me metí a la ducha de prisa y El agua fría golpeaba mi piel, pero no era suficiente para calmar la tormenta dentro de mí. Cerré los ojos, dejando que el agua cayera sobre mi rostro mientras apoyaba una mano contra la pared. Mi respiración era pesada, y la imagen de Mel inundaba mi mente. Su cuerpo, su voz pidiendo que la besara, el calor de sus labios sobre los míos.
—Mierda… —murmuré, bajando la vista a mi erección palpitante.
No podía seguir así. Me envolví la mano alrededor y me dejó llevar por el deseo, por la necesidad de liberarme de esta tensión que me estaba volviendo loco. No tardé mucho en terminar, jadeando bajo la ducha mientras el agua se llevaba mi pecado.
Pero nada me libraba de la culpa.
Salí de la ducha y me sequé rápidamente. Me vestí con ropa del instituto, aún con el eco de su voz en mi cabeza. “Te deseo, Tomás”. Su tono, su mirada. Joder. ¿Cómo se suponía que iba a mirarla hoy sin que mi lobo interior me exigiera tomarla y hacerla mía?
Bajé las escaleras y fui directo a la cocina.
Mi madre estaba allí, sentada en la isla, con la mirada perdida en la nada. La llamé una vez. Nada. Dos veces.
—Mamá.
Tardó unos segundos en reaccionar antes de girarse hacia mí, forzando una sonrisa. Algo la tenía preocupada. Desde que papá se fue, ha estado más distante, más silencioso. Sé que intenta disimularlo por mí, pero no soy idiota.
Me acerqué y le di un beso en la sien.
—¿Qué te preocupa? —pregunté, apoyando las manos sobre la mesa.
—Oh, cariño… ya te levantaste —dijo, como si de repente recordara mi presencia—. ¿Estás listo para tu día de clases?
Ignoró por completo mi pregunta.
—Mamá, no me engañas. Te veo más pensativa últimamente. ¿Es por papá?
Suspiró, bajando la mirada.
—No es nada, hijo. Solo… estaba pensando en que pronto te irás.
Ahí estaba.
—Mamá…
—No quiero ser egoísta —continuó—, pero cuando te vayas a estudiar, esta casa se sentirá aún más vacía.
Trague saliva. No sabía qué decirle, yo también había pensado en eso. Cuando cumpliera los 18, tendría que decidir mi camino, pero algo dentro de mí me decía que mi destino estaba atado a Mel.
—Nada va a cambiar, mamá. No importa a dónde vaya, siempre voy a volver contigo.
—Eso dices ahora —sonrió con tristeza—, pero la vida sigue, hijo. Un día, tendrás tu propia familia, tus propios problemas, y yo solo será una llamada perdida en tu teléfono.
Fruncí el Ceño.
—No digas eso.
Ella solo acarició mi mejilla con ternura, su sonrisa volviendo a la normalidad.
—Anda, ve por Melissa. No la hagas esperar.
Asentí con una leve sonrisa y tomé las llaves del auto.
—Te quiero, mamá.
—Sí y yo a ti, mi amor.
Salí de la casa y me subí al auto. Respire hondo antes de encender el motor. Iba a verla. Después de lo que pasó anoche, ¿cómo se suponía que debía actuar?. Estacione el auto fuera de su casa y mi corazón latía con fuerza, y mi mente estaba en completo caos. Solo esperaba que Mel no mencionara nada de lo que pasó. No porque no quisiera hablar de ello, sino porque si lo hacía… no sé si sería capaz de detenerme otra vez. No cuando lo único que quiero es volver a besar.
Entré a la casa de Mel como siempre lo hacía, con la confianza de alguien que ha sido parte de esta familia desde la infancia. El aroma del café y el pan recién tostado llenaba el aire, dándole a todo un toque acogedor. Su padre, Richard, estaba sentado en la mesa hojeando el periódico, mientras su madre, Elizabeth, terminaba de preparar el desayuno.
—¡Aquí está mi chico favorito! —exclamó Richard con una gran sonrisa al verme.
Solté una pequeña risa y me acerqué para estrecharle la mano antes de darle un medio abrazo.
—Buenos días, viejo —dije con respeto, porque aunque no era mi padre, se sentía casi como uno.
Elizabeth, con su eterno aire de calidez, me emocionaba mientras colocaba una taza sobre la mesa.
—Buenos días, hermosa y excelente mujer —solté con una sonrisa encantadora.
Ella río, moviendo la cabeza con diversión.
—Qué caballeroso este jovencito. Ojalá todos fueran como tú.
—Tendrían que clonarme —respondí con una media sonrisa, lo que sacó una risa más fuerte de ambos.
Pero justo cuando la calidez del momento me hacía sentir en paz, algo cambió en el aire.
La escuché antes de verla.
Sus pasos bajando las escaleras, el sonido suave pero firme, cada uno haciéndome contener el aliento. Luego, su perfume me tocó, un aroma dulce con un toque de vainilla que me dejó completamente inmóvil.
Y entonces apareció ella, joder es tan hermosa.
Ella no hizo nada especial, solo estaba allí, de pie, pero lucía tan condenadamente hermosa que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no cruzar la distancia y abrazarla. Sus ojos de ese color Ámbar, siempre enormes y brillantes, me miraron con esa ternura que me desarmaba.
Mi corazón se aceleró, mi lobo rugió dentro de mí, pero me obligué a contenerme. No podía mostrar lo que sentía, no después de lo que pasó anoche.
Así que opté por la única defensa que tenía: la frialdad.
—Ey, Mel —dije con un tono seco y controlado.
Su sonrisa, sin embargo, seguía siendo la misma, cálida y brillante.
—Hola, Tomás.
Por dentro, quería besarla. Pero por fuera, fingí indiferencia.
Nos sentamos a desayunar como si nada hubiera pasado, aunque por dentro yo me estaba muriendo ¿Cómo podía ella estar tan tranquila? ¿Acaso no recordaba el beso? ¿No recordaba cómo me pidió que la besara?
Cada vez que levantaba la vista, la encontraba mirándome con curiosidad, como si tratara de descifrar algo en mi rostro. No podía dejar que lo hiciera, no podía dejar que viera lo jodidamente desesperado que estaba por ella.
Terminamos de desayunar y nos despedimos de sus padres.
—Cuídala, Tomás —me advirtió Eduardo, mirándome con seriedad.
Asentí, apretando la mandíbula.
—Siempre.
Tomé las llaves y salimos de la casa. Apenas nos sentamos en el auto, el ambiente cambió drásticamente.
El silencio era pesado, eléctrico, casi insoportable. Mi agarre en el volante se tensó, no podía seguir así, no podía seguir fingiendo.
—Tomás… —su voz sonó suave, cautelosa.
Cerré los ojos por un segundo, intentando mantenerme en control.
Diablos, iba a decirlo, tenía pensado preguntarme.
—¿Por qué estás tan… raro?
Exhale lentamente antes de girarme a verla.
—¿Raro, yo?
—Si... estás actuando, muy distante —sus dedos jugaron con el borde de su falda, un gesto nervioso que me hizo apretar los dientes—¿Es por lo de anoche?
—Meeel.... —Antes de justificarme decidí mentirle—. Wooo, espera ¿ Anoche?— La miré fijamente, sosteniendo su mirada más tiempo del que debía, sabía lo que quería decir, podía verlo en esos ojos color miel que me volvían loco. Pero no podía permitirme caer, no otra vez.
Me aclaré la garganta y solté una risa baja, como si lo que decía fuera absurdo.
—¿De qué estás hablando, Mel?
Ella frunció el ceño, claramente confundida.
—Anoche… tú me besaste —su voz se escuchó temblorosa, insegura—. Yo... lo sentí bastante real.
Sus palabras fueron un golpe directo a mi autocontrol. ¿Cómo podía recordar eso tan claramente? ¿Cómo podía repetirlo así sin darme cuenta de lo que me hacía?
Tomé aire lentamente, buscando una salida, buscando una mentira convincente.
—Mel, estabas cansada —le dije con una suavidad engañosa—. Llegamos a tu habitación, te ayudé a recostarte y te quedaste dormida casi al instante, no, no pasó nada más, te lo puedo asegurar.
Ella parpadeó varias veces, sus labios se entreabrieron como si estuviera procesando mis palabras. Vi la duda reflejada en su rostro. Sabía que estaba intentando recordar, buscando algo en su memoria que validara lo que había sentido.
—Pero… —su voz sonó más baja—. Se sintió tan real para mí.
—Fue un sueño, eso es todo. No te preocupes por eso.
Cada palabra me costó un mundo. Decírle eso era como negarme a mí mismo. Pero era lo correcto, ¿no?
Melissa desvió la mirada y dejó escapar una risa nerviosa.
—Oh… claro. Sí, supongo que tienes razón.
Ver cómo su expresión se transformó de confusión a vergüenza me provocó un maldito nudo en el pecho. Vi cómo se cruzaba de brazos, cómo se mordía el labio inferior, cómo evitaba mirarme directamente.
—Lo siento —murmuró—. Debió ser mi imaginación.
La escuché soltar un suspiro antes de moverse en su asiento y girar su cuerpo un poco más hacia la ventana. Algo dentro de mí me gritaba que hiciera algo, que me retractara, que le dijera la verdad. Pero no podía. No debía.
El resto del camino se sintió eterno. El silencio entre nosotros era peso, incómodo, sofocante. Y lo peor de todo era que no tenía derecho a quejarme. Yo lo había provocado.
Cuando llegamos a la escuela, Mel prácticamente saltó del auto antes de que pudiera decir algo.
—Nos vemos luego, Tomás —dijo rápido antes de marcharse sin siquiera mirarme.
Me quedé ahí, con las manos apretando con fuerza el volante. Observé cómo se alejaba, cómo sus pasos eran más apresurados de lo normal.
Ese era mi castigo, mi castigo por mentirle, mi castigo por jugar con sus emociones.
Y lo peor de todo es que lo merecía. Me bajé del coche y caminé lentamente detrás de ella. No hizo falta que me apresurara, Mel iba a su ritmo, perdida en sus propios pensamientos, al igual que yo. Al llegar a la entrada del instituto, ella tomó su camino y yo el mío. Decidí no molestarla por el momento; ya había sido suficiente con la mentira que le había dicho. Sabía que era mi culpa, pero no quería intensificar más las cosas.
Ella no sabía cuánto me dolía verla así, evitándome, desviando la mirada cuando nuestras miradas se cruzaban por accidente. Me dolía más de lo que quería admitir. Pero había tomado una decisión. Al final, ella se iría a otra universidad y yo aún ni siquiera sabía qué quería hacer con mi vida. No tenía claro qué me gustaba, qué quería estudiar, en qué quería invertir mis próximos años. Pero sí tenía claro que estaríamos separados por miles de kilómetros, y no quería una relación a distancia. Así que, por mucho que doliera, la mejor opción era dejar todo atrás antes de que se complicara más.
Entré en mi clase de economía y traté de concentrarme, pero la imagen de sus ojos llenos de confusión y tristeza no me abandonaba. Me pregunté si había sido demasiado cruel al negarlo todo, al pretender que ese beso nunca ocurrió. No es que no lo deseara, porque joder, lo deseaba más que cualquier otra cosa. Pero tenía que hacer lo correcto, ¿no? ¿No era más fácil así? ¿Más fácil para ella, más fácil para mí?
Pero si era lo correcto ¿por qué me sentía tan miserable?
Las horas pasaron más lentas que nunca, y al finalizar el día, me di cuenta de que no la había visto en ningún momento. Ningún rastro de Melissa Carter. Ni en los pasillos, ni en la cafetería, ni en el estacionamiento. Era oficial: me estaba evitando.
Me subí a mi coche y puse el motor en marcha, pero mi mente seguía en ella. ¿Se habría sentido tan humillada que prefería desaparecer? ¿Habría llorado? Joder. Yo solo quería protegernos a ambos, pero en el proceso, la lastimé. Y si había algo que odiaba en esta vida, era hacerle daño.
Manejé despacio por las calles cercanas al instituto, todavía con la esperanza de verla. Y entonces la vi a ella, caminaba sola, con la mochila colgada de un hombro y la cabeza gacha. Mi pie presionó el freno sin pensarlo, joder. Creo que de verdad estaba muy avergonzada.
Sin pensarlo más, giré el volante y estacioné a un lado de la acera. Bajé la ventanilla y llamé su nombre:
—¡Mel!
Ella se detuvo en seco, pero no giró inmediatamente. La vi tomar aire antes de finalmente levantar la mirada hacia mí. Sus ojos, aquellos hermosos ojos color miel, estaban llenos de una mezcla de incomodidad y algo más que no pude descifrar.
—¿Te llevo a casa? —pregunté, fingiendo que todo estaba bien, como si no hubiéramos pasado por lo que pasamos anoche.
Ella dudó. Vi cómo sus dedos se apretaron alrededor de las correas de su mochila. Una pequeña parte de mí deseó que aceptara, que se subiera al auto y que pudiéramos hablar de todo esto. Pero, para mi desgracia, negó con la cabeza.
—No, gracias... prefiero caminar. Fruncí el ceño, sintiendo un pinchazo de molestia en el pecho.
—Mel, dentro de poco va a oscurecer... no voy a dejar que camines sola hasta tu casa —dije con firmeza.
—No te preocupes, estoy bien —insistió, dando un paso hacia atrás.
—Melissa —mi tono se volvió más severo—. No te estoy preguntando, sube al coche.
Ella me miró, sorprendida por mi tono. Hubo un momento de tensión en el aire, hasta que suspiró y, con evidente resignación, rodeó el coche y se subió.
Una vez dentro, me aseguré de que cerrara la puerta antes de subir yo también. No arranqué de inmediato. En cambio, giré el rostro hacia ella.
—¿Quieres explicarme qué está pasando?
Melissa apretó las manos sobre su regazo, nerviosa. Evitó mirarme, como si encontrar mis ojos fuera demasiado para ella.
—Es solo que… —tragó saliva—. Estoy avergonzada, no sabía cómo enfrentarte después de lo que dije esta mañana. Pensé que te burlarías de mí por pensar así de mi mejor amigo… Por eso te evité.
Sus palabras me golpearon más fuerte de lo esperado. Me sentí un completo imbécil. Me incliné un poco hacia ella, tratando de encontrar su mirada.
—Mel… No fue nada. Yo también podría confundirme... no quiero que estemos así. Quiero hacer las paces contigo, no dejemos que esta confusión nos separe de esta manera.
Sus ojos brillaron con lágrimas contenidas, y en cuestión de segundos, rompió en llanto.
—Lo siento tanto, Tomás… De verdad… —sollozó, cubriéndose el rostro con las manos.
Suspiré y sin pensarlo demasiado, la atraje hacia mí, envolviéndola en un abrazo firme. Sentí su cuerpo temblar contra el mío y la estreché con más fuerza.
—Shhh… está bien. No hay nada que perdonar, Mel.
Ella se aferró a mi chaqueta, derramando sus lágrimas en mi hombro. Y en ese momento, supe que todo estaría bien. Para ambos.