P.O.V Melissa
Al principio, me sentí confundida. No podía ser que mi amor por Tomás fuera tan grande como para que mis sueños parecieran tan reales. Fue aterrador, pero a la vez emocionante. Sin embargo, decidí dejarlo en el pasado, no tocar más ese tema. Ya había arreglado las cosas con Tomás, y eso era lo mejor.
Los días, semanas y meses pasaron rápido. Sin darme cuenta, ya estábamos a solo cuatro semanas de la graduación. El 13 de mayo marcaría el final de nuestra etapa escolar, y cada día que pasaba, la ansiedad y la emoción crecían dentro de mí. Todo había salido perfecto en este tiempo.
El cumpleaños de Tomás había sido en noviembre. Él cumplió dieciocho y, aunque lo molesté llamándolo “don mayorcito”, en el fondo me alegraba de verlo crecer. Nuestra amistad estaba de vuelta, como si nunca hubiera pasado nada. Pero yo sabía que, en lo más profundo de mi corazón, las cosas no eran tan simples.
Ahora, en abril, me tocaba a mí. Faltaban solo unos días para mi cumpleaños número dieciocho y mis padres habían decidido organizarme una pequeña fiesta, algo íntimo. Solo estaríamos nosotros, Kira, Tomás y su mamá y nadie más. Aunque no era una gran celebración, para mí era más que suficiente.
—¿Lista para ser toda una adulta? —preguntó Kiara con una sonrisa burlona mientras nos acomodábamos en la cafetería del instituto.
—No sé si lista —resoplé— pero no tengo opción, ¿no?
—Oh, vamos, Mel, es tu cumpleaños. Deberías estar emocionada —intervino Tomás, sentándose a mi lado con su bandeja de comida.
—Lo estoy, solo que… no sé, me parece increíble lo rápido que pasó todo —le respondí, removiendo con el tenedor mi ensalada.
—No me lo recuerdes —dijo Kiara, rodando los ojos—. En nada, cada uno estará en su universidad, y tendré que soportar a gente nueva.
Sentí una punzada en el pecho. Era cierto, en pocas semanas, todos tomaríamos caminos diferentes. Tomás y yo, especialmente.
—Bueno, al menos disfrutarás mi fiesta —intenté animarla.
—Obvio, es lo único bueno de todo esto —sonrió y luego miró a Tomás—. ¿Y tú? ¿Ya pensaste qué le vas a regalar a nuestra cumpleañera?
Tomás se atragantó con su jugo y tosió antes de responder.
—Eso es información clasificada. No puedo revelar detalles, señorita Kiara.
—Oh, vamos —protesté—. Dime al menos si es algo que me gustará.
Tomás me miró fijamente y luego sonrió de lado.
—Sé que te va a encantar, Mel.
Algo en su mirada me hizo estremecer, pero decidí ignorarlo. Nuestra amistad estaba en un buen punto, y no quería arruinarlo otra vez.
—Espero que sea algo grande —dijo Kiara con dramatismo—, porque si no, Mel te va a odiar por el resto de tu vida.
—No seas exagerada —reí.
Los días previos a mi cumpleaños pasaron más rápido de lo que esperaba. Mi madre estaba emocionada organizando cada detalle, aunque fuera una reunión pequeña. Me insistió en que usara un vestido bonito y que me arreglara bien. Según ella, cumplir dieciocho era un hito importante y debía verme espectacular.
El día antes de mi cumpleaños, Tomás y yo caminábamos por el parque después de clases. Era nuestra rutina cuando necesitábamos despejar la mente.
—No puedo creer que ya casi cumplas dieciocho —comentó de repente.
—Yo tampoco, se siente… muy raro —admití—. Como si fuera el fin de toda una etapa.
—Lo es... nos graduamos en un mes, Mel. Nuestra vida cambiará por completo.
Me detuve y lo miré.
—¿Te da miedo?
—Un poco —admitió—. Pero lo que más me asusta es no verte todos los días como ahora.
Su confesión me tomó por sorpresa. Tomás nunca hablaba así, nunca era tan directo con sus sentimientos.
—Siempre estaremos en contacto —dije con una sonrisa—. No importa a dónde vayamos.
Él suspiró y asintió.
—Eso espero.
Nos quedamos en silencio unos segundos hasta que sonrió y me revolvió el cabello.
—Bueno, suficiente charla seria. Mañana es tu día. ¿Lista para tu regalo?
—¡Dame una pista, al menos! —protesté entre risas.
—No, solo te diré que te encantará... confía en mí.
—Eres cruel. Dije haciendo puchero.
—Y tú una impaciente, Melissa.
Rodé los ojos, pero en el fondo, no podía esperar para ver qué había preparado para mí.
No tenía idea de que lo que vendría cambiaría todo entre nosotros otra vez.
Me acosté a dormir tarde y el sueño llego rápidamente, realmente estaba cansada y se que mañana será un largo y agotador día.
A la mañana siguiente Unos susurros me despertaron lentamente. No sabía si era parte de un sueño o si realmente había personas murmurando cerca de mí. Todavía medio dormida, fruncí el ceño y me removí en la cama, pero el murmullo no cesó. Y entonces, en un instante, la voz de varias personas empezó a cantar:
—Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, preciosa Mel, que los cumplas feliz.
Abrí los ojos de golpe y parpadeé varias veces, confusa al principio, hasta que vi a mis padres y a Tomás al pie de mi cama, sonriéndome con un pastel de fresa con chocolate en sus manos. En el centro del pastel, una vela rosa con el número 18 resplandecía con su pequeña llama.
Mis ojos se llenaron de lágrimas de inmediato. No podía creer lo afortunada que era de tenerlos conmigo. Llevé una mano a mi boca, emocionada.
—Vamos, cielo, pide un deseo —dijo mi madre con una dulce sonrisa.
—Sí, pero no nos digas qué pediste o no se cumplirá —bromeó mi padre, guiñándome un ojo.
Tomás, con su sonrisa de medio lado, se inclinó un poco más hacia mí.
—Aunque si quieres contármelo a mí, te prometo guardar el secreto —susurró con complicidad.
Me sonrojé, pero reí. Cerré los ojos por un momento, pensando en mi deseo. No lo diría en voz alta, pero en mi corazón sabía exactamente qué era lo que quería. Tomé aire y soplé la vela, haciendo que la llama se apagara de inmediato. Todos aplaudieron.
—¡Bien! Ahora podemos comer pastel —dijo Tomás con entusiasmo, lo que hizo que todos rieran.
Pero antes de eso, comenzaron a darme mis regalos.
Mi madre se acercó primero y me extendió una pequeña caja envuelta en un papel dorado. La abrí con cuidado y mis ojos se iluminaron al ver un par de pendientes de oro con un diminuto diamante en cada uno.
—Mami… son hermosos —murmuré, tocándolos con delicadeza.
—Te mereces lo mejor, cielo —dijo ella, besando mi frente.
Luego fue el turno de mi padre. Me entregó una caja de terciopelo n***o, y cuando la abrí, encontré una pulsera de oro simple pero elegante.
—Papá… es preciosa —dije con la voz temblorosa por la emoción.
—Algo para que siempre recuerdes lo valiosa que eres, mi niña —dijo él, con una mirada cargada de amor.
Finalmente, Tomás se acercó con una caja un poco más grande. La abrí con curiosidad y, cuando vi lo que había dentro, no pude contenerme. Era un collar de oro con un colgante en forma de corazón, con un diamante n***o incrustado en el centro.
—¡Tomás, es hermoso! —exclamé, sin poder evitar lanzarme a sus brazos en un fuerte abrazo.
—Quiero que lo uses siempre, para que recuerdes que estoy aquí para ti, sin importar lo que pase —dijo en un murmullo contra mi cabello.
Las lágrimas cayeron por mis mejillas sin control. Me sentía tan amada, tan feliz. Miré a mis padres y los envolví a todos en un gran abrazo.
—Gracias… de verdad, gracias. Soy muy afortunada de tenerlos —dije entre lágrimas.
Mi madre acarició mi cabello con ternura y me dio un beso en la frente. Luego, me dejaron un momento a solas para que pudiera cambiarme.
Me puse unos shorts de jean y una remera corta de color púrpura con la frase “My Love” escrita en el frente. Me miré en el espejo y sonreí. Hoy era mi día, y nada podría arruinarlo.
Cuando bajé a desayunar, el aroma de la comida me envolvió al instante. Mi madre había preparado una comida gloriosa: pancakes con miel y fresas, huevos revueltos, jugo de naranja natural y tostadas con mantequilla. Tomás ya estaba sentado en la mesa, comiendo con entusiasmo.
—Wow, esto huele delicioso —dije con una sonrisa, sentándome.
—Y sabe mejor —dijo Tomás con la boca llena, lo que hizo que mi madre le lanzara una mirada reprobatoria.
—Tomás, modales, por favor —lo regañó ella.
—Lo siento, señora —dijo él con una sonrisa traviesa.
Mi padre río y todos nos relajamos mientras desayunábamos. Justo cuando terminé mi jugo, mi madre se giró hacia mí con una gran sonrisa.
—Después de desayunar, iremos de compras. Tienes que elegir tu vestido para esta noche.
Abrí los ojos con sorpresa.
—¿Un vestido?
—Claro, es tu fiesta, y tienes que verte espectacular —dijo mi madre, emocionada.
Tomás me miró con una sonrisa burlona.
—Espero que no elijas algo demasiado corto… o tendré que vigilar que nadie te mire.
Rodé los ojos, aunque en el fondo su comentario me causó un leve sonrojo.
—Lo que elija, no es de tu incumbencia —dije con una sonrisa desafiante.
—Oh, claro que lo es —replicó, guiñándome un ojo.
Sacudí la cabeza y reí. Este día apenas comenzaba, y ya se sentía como uno de los mejores de mi vida. Después de terminar de desayunar, mamá se levantó de la mesa con una gran sonrisa en el rostro.
—Melissa, vi un local en el centro comercial que vende vestidos hermosos y de muy buena calidad. Creo que podríamos encontrar uno perfecto para tu cumpleaños. ¿Qué dices? —preguntó con emoción.
—¡Me parece una gran idea! —respondí entusiasmada.
—Entonces vamos, no quiero que se haga demasiado tarde —dijo mamá, agarrando su bolso.
Tomas se ofreció a llevarnos en su coche. Durante el camino, bromeó sobre qué tipo de vestido elegiría.
—Seguro te pruebas algo súper llamativo —dijo con una sonrisa traviesa—. Tal vez un vestido lleno de lentejuelas o uno con una enorme falda de princesa.
—¡Jajajaja! Muy gracioso, Tomás —rodé los ojos—. No quiero parecer una bola de discoteca, solo quiero algo que me haga sentir cómoda y más que bonita.
Cuando llegamos al centro comercial, Tomás nos dejó en la entrada y se marchó a hacer sus propios pendientes. Mamá y yo caminamos directo a la tienda que ella mencionó. Era una boutique elegante, con maniquíes vistiendo prendas deslumbrantes en el escaparate.
—Aquí encontraremos algo hermoso, ya lo verás —aseguró mamá, tomándome de la mano y guiándome al interior.
Pasamos casi una hora probándome diferentes vestidos. Algunos eran demasiado reveladores, otros tenían demasiados detalles o encaje que no iban conmigo. Ya comenzaba a sentirme frustrada cuando, de repente, mis ojos se posaron en un vestido de seda roja. Tenía unos tirantes diminutos y un escote en forma de corazón.
—¡Ese! —exclamé, señalándolo.
La vendedora sonrió y lo tomó del perchero.
—Buena elección, señorita. Este es uno de nuestros diseños más elegantes.
Fui al probador y me lo puse. Al mirarme en el espejo, supe que era el indicado. Me quedaba perfecto, como si hubiese sido hecho a mi medida. Salí del vestidor y mi mamá me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Estás hermosa, mi amor —dijo con voz entrecortada—. Pareces toda una princesa.
—¿De verdad crees que es el adecuado? —pregunté, dando una pequeña vuelta para ver cómo caía la tela.
—Más que adecuado, es perfecto —afirmó, limpiándose una lágrima de la mejilla.
Sin pensarlo dos veces, compramos el vestido junto con unos tacones rojos a juego. Salimos de la tienda felices y emocionadas, listas para regresar a casa. Cuando llegamos, el delicioso aroma de la parrillada que papá estaba preparando nos recibió.
—¡Justo a tiempo! —exclamó papá, agitando las pinzas de la parrilla—. Ya casi está todo listo.
Había pan casero, champán, un nuevo pastel y helado. Se notaba que mis padres querían hacer de este día algo especial para mí. Miré la hora y vi que ya eran las siete de la tarde.
—Voy a darme una ducha rápida antes de la cena —les dije.
—Está bien, pero no tardes mucho, queremos brindar antes de que se enfríe la comida —respondió mamá con una sonrisa.
Subí a mi habitación con el vestido y los tacones en mis manos. Me detuve un momento para admirarlo una vez más. Nunca había tenido un vestido tan bonito. Me sentía realmente especial.
Entré al baño y dejé que el agua caliente relajara mi cuerpo. Cerré los ojos y suspiré. Este día estaba siendo perfecto.