P.O.V MELISSA No sabía qué hora era. Podía ser medianoche o el amanecer, pero en esa habitación sin ventanas el tiempo había dejado de existir. El silencio pesaba más que las cadenas invisibles que me sujetaban a este lugar. Cada rincón parecía observarme. Cada pared respiraba. El aire olía a encierro, a control, a locura. El chirrido metálico de la puerta me hizo dar un salto. —Buenas noches, mi reina —dijo una voz suave, arrastrada, como un susurro podrido en mis oídos. Era Aleksei Volkov, entrando como si este fuera su palacio y yo su trofeo. Tras él, como una sombra despreciable, apareció Viktor, el traidor. Bajé la mirada para no estallar, pero el fuego dentro de mí ardía con cada paso que daban hacia mí. —¿Qué quieres? —pregunté sin fingir cortesía—. ¿Otro de tus discursos reto

