Amina
El reloj marca las ocho, pero todavía espero otros diez minutos antes de bajar finalmente a cenar. Emiliano está esperando; se pone de pie cuando entro en la habitación.
—Amina—
Sus ojos me recorren y sus labios se curvan en una familiar sonrisa sardónica. —Te ves bien— dice, moviéndose para acercarme a una silla. —Tu enfermera me dice que te estás recuperando por completo—
Por supuesto, estaba pendiente de mí.
Me siento, observándolo mientras nos sirve agua a ambos y una copa de vino para él. No veo ningún resto de la vulnerabilidad que percibí en el hospital. El hombre que se disculpó conmigo bien podría haberse ido porque ha vuelto a ser el mismo de antes. Completamente en control y exasperantemente sexy.
—Pensé en darle un respiro a Leon y pedir comida a domicilio esta noche—continúa, dirigiéndome a la colección de recipientes humeantes y con un olor delicioso en la mesa entre nosotros. —El tailandés es tu favorito, ¿verdad? —
Asiento. —Si—
No parece preocupado por mi silencio. Emiliano me llena un plato, charlando sobre su viaje en Bruselas, para una conferencia de finanzas donde dió un discurso de apertura. —Es una ciudad encantadora, pero bastante tranquila— explica. —Tienen muchos museos de arte, aunque nunca tengo tiempo para visitarlos. Estuve en reuniones de negocios toda la semana—
No digo nada, tomando lentamente algunos bocados de comida.
—Pero fue un viaje que valió la pena— continúa, tomando un sorbo de vino casualmente. —La conferencia siempre es una excelente excusa para conocer gente que de otro modo llamaría la atención, viajando en avión para una reunión a solas. Conseguí varios prospectos de adquisición interesantes—
—Que bien por ti—
Emiliano levanta la vista al notar el leve sarcasmo en mi voz. —¿Hay algún problema? —
Lo miro a los ojos. Aunque estoy comprometida a volver a caerle bien a Emiliano, no tiene sentido que siga adelante como si nada hubiera pasado. He aprendido que le gusta que me resista y demuestre algo de lucha. Demonios, cualquiera haría un gran escándalo después de lo que me acaba de hacer pasar.
—¿De verdad vamos a fingir que las últimas dos semanas no sucedieron? — pregunto tranquila.
Emiliano hace una pausa y deja su copa.
—Eso depende de ti—
Espero confundida.
—Lo que me gustaría ofrecer es una pizarra en blanco para ambos— Emiliano continúa, serio. Claramente ha pensado mucho en esto, y cada palabra es cuidadosamente elegida y deliberada. —Una oportunidad de empezar de nuevo. Si te quedas o te vas, es tu decisión ahora—
—Y si me voy— Bebo un sorbo de vino, estudiándolo.
Su mandíbula se contrae por la tensión, pero su voz no flanquea.
—Entonces te ofreceré mi ayuda. Tus deudas con Nero Morelli están saldadas. Puedes volver a Estados Unidos, si lo deseas, o quedarte en Europa. Te conseguiré un apartamento e ingresos, pagaré cualquier educación o negocio que puedas disfrutar. O…— La mirada de Emiliano se encuentra con la mía de nuevo. —O puedes quedarte aquí conmigo. seguir una vida aquí en Londres. Pero sea lo que sea que elijas, será solo eso: tu elección. Y respetaré el resultado—
No puedo creerlo. Después de todos los juegos retorcidos de Emiliano, parece una trampa, pero no veo ninguna señal de engaño en su rostro.
Me recuesto, como si estuviera reflexionando sobre sus palabras. Ya he decidido quedarme y llevar a cabo mi venganza hasta el final, pero él no lo sabe.
—¿Y qué es lo que tú quieres? — pregunto, inclinando la cabeza.
Los ojos de Emiliano me recorren. —Sabes lo que quiero—
Mi pulso se acelera ante la sugerencia s****l en su mirada. —¿Por qué no me lo dices? — murmuro, con la voz volviéndose ronca.
Emiliano termina su vino y se pone de pie lentamente.
—Te deseo— dice, rodeando la mesa hacia mí.
—De rodillas como una buena chica, con esa dulce boca bien abierta y tu coño resbaladizo y listo para mi polla—
Oh, Dios.
Mis muslos se aprietan ante sus impactantes palabras, mis pezones se tensan hasta convertirse en picos rígidos contra la sedosa tela de mi vestido.
Emiliano se acerca, hipnótico. —Te quiero boca arriba, atada a los postes de mi cama, pataleando y gritando mientras me doy un festín de ese delicioso coño. Te quiero boca abajo, inclinada sobre esta mesa con el culo al aire mientras te follo tan jodidamente profundo que me sentirás durante días—
Ahora está de pie frente a mí. Inclinando mi cara hacia arriba para mirarlo, mi cuerpo tiembla mientras me inunda un deseo retorcido por este hombre.
—Quiero poseerte— La voz de Emiliano es gruesa y áspera. Su mirada me quema. —Poseerte. Follarte. Reclamarte de todas las maneras posibles, hasta que ya no puedas negar la verdad. Eres mía, Gorrión. Y siempre lo serás—
Me estremezco, llena de un dolor profundo. Ya no puedo recordar cual era mi plan para esta noche, ni como manejarlo. Todo lo que siento es esta abrumadora necesidad entre nosotros, algo desesperado, sucio y crudo.
—Pensé que eras un hombre que toma lo que quiere— consigo decir, con la respiración acelerada.
Los ojos de Emiliano brillan oscuramente, luego me saca de mi asiento y me lleva a sus brazos. Me besa con avidez, fuerte y profundo, reclamando mi boca con la suya, metiendo su lengua entre mis labios mientras me aprieta más cerca, y me hundo contra él, ya mareada por el puro placer de su tacto.
Dios, necesitaba esto. Lo necesitaba. Incluso mientras maldecía su nombre estas últimas semanas, lo hacía con una mano deslizándose entre mis muslos doloridos para aliviar la terrible tensión.
Porque este es nuestro baile. Odio en guerra con pasión. Autodesprecio que de alguna manera aumenta mi placer. Necesito venganza vencedora, solo por un rato.
Emiliano se aparta, apartando bruscamente nuestras cosas de la cena y me sienta en la mesa en medio de los escombros. Me sube la falda y me separa los muslos de un tirón, emitiendo un gemido bajo al revelar mis bragas de encaje.
—Dios, este coño…— gruñe, presionándome hacia atrás para que quede tumbada en medio de la mesa, bajo la gran lámpara de araña. —Podrías darme todos los restaurantes de cinco estrellas del mundo, pero aún así volvería hambriento de otra probada—
Entonces mis bragas desaparecen, y así entierra su cara entre mis piernas. Oh, Dios. Me arqueo fuera de la mesa con un jadeo de sorpresa, pero Emiliano me inmoviliza, atrapándome en mi lugar mientras su lengua me lame, implacable, penetrando dentro de mí y luego volviendo a arremolinarse y presionar mi clítoris.
—¡Oh, Dios! — grito, retorciéndome, sorprendida por la fuerza del placer que ya está surgiendo, llegando a su punto máximo en mi interior. Me aferro a su cabeza, jadeando. —¡Emiliano! —
—Así es, cariño— gruñe, metiendo dos dedos dentro de mi mientras mi cuerpo tiembla. —Me has estado extrañando, ¿verdad? —
Gimo, sin palabras, y el se rie entre dientes contra mí.
—Bueno, no te preocupes— me abre más las piernas, me lame más profundamente. —Va a tomar mi polla tan dulcemente ahora. Toda la maldita ciudad te oirá gritar. Y tal vez…— me muerde el muslo, —si eres una chica muy buena— Curva los dedos profundamente. —Te inclinaré sobre este balcón y dejaré que todos vean—
Mierda.
Mi clímax me atraviesa en una oleada embriagadora, recordando la oscuridad de esa fiesta y los ojos puestos en mí, observando a Emiliano llevarme al límite.
La risa triunfal de Emiliano me lleva de vuelta al comedor. Levanto la cabeza, sin aliento, para encontrarlo mirándome, con la satisfacción escrita en todo su rostro.
—¿Crees que no lo recuerdo? — Emiliano me levanta, incluso cuando todavía estoy temblando con mi orgasmo. —Sé cada pequeña cosa que te pone mojada, Gorrión. Todo lo que ni siquiera te admitirás a ti misma. Y te prometo que tus lecciones ni siquiera han comenzado todavía—
Me lleva a medias hasta la pared más cercana
. —Palmas arriba— ordena bruscamente, girándome para que mi cara quede presionada contra la superficie fría, con el cuerpo destrozado por el placer y con un anhelo que ahora sé que solo se saciará con una cosa.
Detrás de mí, Emiliano me abre las piernas con patadas y escucho el tintineo metálico de su cinturón mientras se libera. Me preparo, esperando su embestida castigadora, pero en cambio, Emiliano tira de mis caderas hacia atrás y se hunde en mi lentamente. Centímetro a centímetro glorioso.
Su gemido suena caliente contra mi oído, y gimo al sentirlo. Presionando contra mí. Estirándome. Llenándome.
Tomando el control hasta que no puedo distinguir donde termina él y donde comienzo yo.
—Amina…— La voz de Emiliano es casi dolorosa mientras empuja los últimos centímetros, enterrándose hasta la empuñadura.
Respondo con un sollozo, flexionándome a su alrededor. Todavía es incómodamente grueso, estirándome hasta el límite, pero es una sensación como ninguna otra y me hundo en el calor lujurioso de todo, el peso de su cuerpo presionando contra mí. Todo lo que puedo hacer es temblar con las palmas de las manos presionadas conta a pared y un crescendo de lujuria me invade, su polla empalándome en lugar. Y entonces Emiliano sale con suavidad y vuelve a penetrarme, en una embestida castigadora.
Grito.
—Así es, cariño— Emiliano me agarra el pelo con la mano, tirando de mi cabeza hacia atrás mientras sus caderas se sacuden embistiéndome de nuevo. —Grita por papi. Dile al mundo quien es tu dueño—
Mierda. Me estremezco y gimo con el sucio placer de sus palabras, pero no puedo encontrar la respuesta, no con la gruesa penetración de su polla penetrando en mí, partiéndome, abriéndome, elevándome.
—¡Dilo! — ruge Emiliano. —¡Di mi nombre! —
—¡Emiliano! — grito, finalmente, mientras la fuerza de sus movimientos envía mi cuerpo contra la pared con cada embestida. —¡Oh, Dios, ¡Emiliano no pares! —
—Nunca. Dios, nunca voy a parar— Emite otro rugido de dolor detrás de mí, sus movimientos ahora son un frenesí mientras reclama mi cuerpo por completo. —Ni siquiera sabes lo que me haces. Mierda, incluso cuando te odiaba, no podía dejar de desearte. Necesitaba este dulce coño—
Me rasga el vestido, apretando mi pecho con una mano mientras la otra me agarra la cadera con más fuerza, tirando de mi cuerpo hacia atrás para recibir sus embestidas devastadoras.
—No vuelvas a mentirme nunca más— exige con dureza.
—Emiliano…— sollozo.
—No puedes mentir. Por favor, simplemente no mientas…—
Hay una extraña desesperación y súplica en su voz ahora. Así que no lo hago. Incluso en mi aturdimiento, lo obedezco. No miento y juro honestidad. No finjo que mi engaño ha terminado, solo canto su nombre, sollozando mientras su polla me perfora profundamente y mi segundo clímax se espesa en mis venas.
—¡Emiliano! ¡Oh, Dios…! —
—Mierda, Amina— Se corre con un rugido, incrustándose profundamente, y mierda, la sensación me envía al límite. Tengo un orgasmo con él, el placer me atraviesa como una ola gigante, una y otra vez hasta que estoy flácida y tambaleándome en sus brazos. Odio como se siente, como si hubiera vuelto a donde pertenezco.