Amina
Esto es todo…
Sigo a Emiliano escaleras arriba con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Siempre imagine que mi primera vez sería con Milo. Que sería algo tierno y dulce, lleno de verdadera emoción. Importaría porque estábamos destinados a estar juntos. En cambio, estoy cambiando mi inocencia por venganza.
Pero también lo quiero.
No puedo negarlo, no cuando la anticipación ya corre por mis venas. No cuando estoy mojada por él, con los muslos apretándose a cada paso, deseando sentirlo dentro de mí.
No puedo explicarlo, el control físico que tiene sobre mi. Esta química toxica que me atrae cada vez más, incluso cuando mi mente y mi corazón que gritan que me aleje. No tiene ningún sentido, pero mi cuerpo ha estado preparado para esto desde la primera vez que me besó. La forma en que mi cuerpo ha cobrado vida bajo sus manos expertas y su lengua perversa…
No soy tan ingenua como para no ver que lo planeó de esta manera: Atrayéndome, tentándome con placer, pecaminoso hasta este momento mientras lo sigo por las escaleras y por el pasillo hasta su dormitorio. Cada caricia s****l y cada emocionante clímax me han llevado cada vez más cerca del borde. Y ahora… Ahora, a pesar de todo, me encuentro anhelando la caída libre.
La suite de Emiliano esta tan escasamente decorada como el resto de la casa, dominada por una cama tamaño King cubierta con sabanas frescas. Las lámparas iluminan la habitación con un tenue resplandor.
Cierra la puerta detrás de nosotros. —Ven aquí— dice, haciéndome señas para que me reúna con él junto a la cama.
Me acerco a él, con el corazón latiendo tan fuerte en mi pecho que estoy segura de que puedo oírlo. Los ojos de Emiliano me recorren, satisfechos, —¿Estás nerviosa? —
Niego con la cabeza automáticamente, pero la sonrisa que se dibuja en sus labios me dice que sabe la verdad.
—No lo estés. Brazos arriba— me ordena, y hago lo que dice. lentamente, me quita la camisa por la cabeza. —Verás, esto era inevitable. Desde el momento en que te vi en la mesa de póker, supe que terminarías aquí. En mi cama. No había otro resultado sobre la mesa.
—Eso es bastante arrogante— encuentro mi voz, y él sonríe, su. Mirada recorriendo mi cuerpo como el buen whisky que bebe: lento y dulce, y quemándome hasta el fondo.
—No lo entiendes, cariño. Cuando quiero algo…no pararé hasta que sea mío. Si Nero no lo hubiera puesto tan fácil, hubiera buscado la manera— Pasa las yemas de los dedos por mi clavícula, haciéndome temblar. Haciéndome doler.
Emiliano me rodea, inclinándose, para murmurarme al oído: —Sabía que te rompería—
La ira me corre el torrente sanguíneo, pero antes de que pueda objetar, se me cae el sostén, dejándome semidesnuda y expuesta. Levanto las manos para cubrirme, pero Emiliano toma mis muñecas con una mano, sujetándolas tras mi espalda.
—No puedes esconderte de mí ahora, Gorrión— murmura. —He esperado tan pacientemente este momento— Me toma la barbilla y acerca su rostro al mío tanto que puedo ver la intensidad ardiendo en sus ojos. —Ahora dime, que si. Dime que quieres esto. Ruega por mi polla—
Aprieto la mandíbula. Incluso ahora, en el último momento, cuando la rendición parece inevitable, una parte de mi sigue intentando contenerse. Mantenerse alejada de él. recordándome porque estoy realmente aquí.
—Dilo— me ordena Emiliano, seductoramente suave. —Te lo dije una vez, nunca forzaría a una mujer— Sus manos recorren mi cuerpo semidesnudo, enviando escalofríos de placer a través de mí. —Así que, o te entregas a mi voluntariamente ahora… O te vas esta noche, y no vuelvas nunca—
No hay elección aquí. Mi cuerpo ya ha decidido por mí.
Y mi corazón…
Mi corazón todavía está decidido a vengarse.
—Si—
Mi voz sale como un susurro. Me corta como una traición.
—¿Si, que? — Emiliano inhala, una profunda respiración de anticipación.
—Si…te pertenezco— le digo con la voz temblorosa. —Quiero…te deseo. Todo. Muéstramelo—
Emiliano sisea con satisfacción. —Esa es mi chica buena— murmura, y mis rodillas se debilitan. —Cuidaré de ti. Te prometo…—
Espero ansiosamente el olvido, el dominio despiadado que me envolverá en sensaciones y borrará todas estas dudas y sentimientos de culpa de mi mente.
Pero Emiliano no se abalanza ni me agarra bruscamente. Con manos firmes, me baja los jeans y luego se arrodilla para quitarme las bragas, guiando mis piernas fuera del sedoso retazo, con el aliento caliente en mi estómago.
—Mírate…— gruñe. —Tan hermosa. Tan jodidamente mojada para mi—
No
Me tambaleo, sintiéndome mareada por la desesperación. No quiero que me seduzca. No quiero palabras suaves y tiernas. Necesito que esto termine antes de… Antes de querer que dure.
—Emiliano…— empiezo, extendiendo la mano hacia él, pero ignora mi suplica sin aliento.
—El premio más preciado es…siempre vale la pena esperar— Emiliano me provoca, empujando mis muslos. Los separo para el inmediatamente, y él se ríe, al ver con que entusiasmo mi cuerpo responde a su tacto. —Así es, ahora sabes quién es el dueño de tu placer—
Gira mi cuerpo hacia un lado y hacia el otro, admirándome, como si estuviera poniendo a prueba mi dócil determinación. —¿Estás segura de que no quieres protestar, como siempre lo haces, fingiendo que no quieres esto? Como si no estuvieras apretada y goteando, hambrienta por mi polla—
Su voz está cargada de victoria, pero no puedo mentir, ni a mí misma, ya no. Lo deseo. Mi cuerpo anhela por él. Y tal vez, tal vez una vez que me reclame, esto acabe con esta fiebre. Liberándome del tormento de este cruel deseo.
El pensamiento florece en mi mente, ofreciéndome un último suspiro de esperanza en medio de esta oscura seducción.
¿No es así como siempre funcionan las medicinas antiguas? Una probada del veneno es la cura. Así que tal vez una vez que esta noche termine, y conozca la gruesa embestida de su polla dentro de mí, me liberaré de desearlo.
Es mi única esperanza.
Empujo hacia adelante, hacia sus manos. —Dijiste que esta era mi última lección— le digo, con el corazón acelerado por una nueva determinación. —Así que enséñame— exijo. —Tómame. Dime que hacer—
—Oh, no te preocupes…lo haré— Emiliano se endereza, quitándose la ropa. Me doy cuenta de que nunca lo había visto desnudo. Ni siquiera lo había visto sin camisa.
Ahora, me embriago con su imagen. Sus anchos hombros, los músculos tensos y compactos de su torso. El rastro de vello oscuro que baja por su estómago hasta… Su polla.
Gruesa y rígida, sobresaliendo de su cuerpo. Mas grande que cualquier cosa que haya tomado antes. Siento un escalofrió de anticipación.
—Eres mi premio. Voy a disfrutarte—
Me recuesta en la cama, con total control. Respiro hondo, preparándome, pero aún sí. Emiliano se contiene, sus manos deslizándose suavemente por mi cuerpo, su boca rozando mi piel. Lame la parte interior de muslo…Acaricia mis pechos desnudos…Recorre mi estómago con la lengua…Cada nuevo movimiento trae una oleada de consciencia, mis nervios chispean como un reguero de pólvora, hasta que todo mi cuerpo se ilumina, temblando, deseando más.
Maldito sea.
Puedo sentir que mi determinación se desvanece, la barrera protectora alrededor de mis emociones comienza a agrietarse, con cada caricia lenta y sensual. Podría tomármelo con severidad. Mantener la distancia si fuera rudo y cruel conmigo. Pero Emiliano está extrayendo una inoportuna neblina de placer de mi cuerpo. Sus dedos se deslizan por mi torso, pero apenas roza entre mis piernas, rozando mi clítoris. No se queda donde lo necesito, no me da el placer de ninguna fricción o presión, y no pasa mucho tiempo antes de que esté gimiendo de necesidad.
—Emiliano…— jadeo, aferrándome a las sábanas.
—¿Si, mi dulce? —Está suspendido sobre mí, con los ojos oscuros, observando cada sollozo y gemido con una mirada de febril satisfacción en su rostro.
—Necesito…necesito…—
—Una buena follada— Emiliano termina por mí. Me sonrojo ante sus palabras crudas, y él se ríe.
—Sigues siendo inocente…No te preocupes. No te sonrojarás después de correrte. Apretándote contra mi polla. Cuando me ruegues que te folle más profundo, porque te mueres de hambre por solo una pulgada más— Se inclina, su mano descansando suavemente sobre mi garganta. —Serás una buena putita para mí, ¿verdad, Gorrión? —
Mierda.
Sus palabras melosas desbloquean algo en lo profundo de mí, y un gemido suena, con una voz que ni siquiera reconozco mientras me estremezco de placer.
—Si…Oh, Dios, por favor—
—Eso es— Emiliano canta. Toma un condón de la mesita de noche y lo hace rodar sobre su gruesa longitud. —Eso es lo que quieres, ¿no? — Me jala hacia debajo de la cama hasta que estoy en el borde, luego se coloca entre mis piernas. agarra mis muslos, abriéndome con facilidad para él, la punta de su pene presionando, directa en mi entrada.
—Ahora, se una buena chica y tómalo todo—
Empuja dentro de mí, pecaminosamente lento.
Oh, mierda. Mi mandíbula cae en un grito silencioso, mientras su tamaño me abre de par en par. Es grande, demasiado grande, estirándome para abrirme, aunque su pene apenas se empuja dentro, demasiado. Todo, —No puedo—
—Si puedes— me dice Emiliano adentrándose más profundamente. —Mírame, Gorrión. Déjame entrar—
Se agacha y me pone la palma de la mano en la mejilla. Nuestras miradas se encuentran, y Dios, la intimidad me estremece. Me abre a él. —Diablos, si, así de fácil. Me estás tomando tan bien, gime satisfecho. —Tan apretada para mí, tan dulce. Una chica tan buena para follar—
El resplandor de sus elogios me recorre a través de mí, desbloqueando algo en lo más profundo de mi ser. Emiliano se hunde en mí de nuevo, aún más profundo esta vez.
—Mierda— sisea, y tengo que jadear en busca de aire, sorprendida por la forma en que su polla se siente incrustada dentro de mí, estirándome.
Estoy llena, inmovilizada, totalmente poseída. Y Dios, se siente tan jodidamente bien.
Emiliano debe ver la maravilla en mi rostro, porque se inclina y me da un tierno beso en la frente. —Apenas estoy empezando, cariño— me promete, con la respiración entrecortada por el autocontrol.
—Voy a hacerte sentir tan bien. Este dulce coño está hecho para tomarme. ¿Sietes eso? —
Toma mi mano y la presiona contra mi abdomen bajo, para que pueda sentir su grueso bulto en lo más profundo de mi ser. Tiemblo al ser consciente.
—Esta es la polla que te posee ahora— Emiliano aprieta mi mano con más fuerza, mientras retira lentamente uno o dos centímetros y se hunde de nuevo, aún más profundo. —Esta es la polla que te hará rogar y gritar—
—Oh, Dios— gimo, mientras un placer desconocido me recorre. Me retuerzo contra él, apretando, deseando.
Emiliano se ríe entre dientes. —¿Ya tienes hambre de más? — Jadeo retorciéndome, sonrojada por la sensación. —No te preocupes, cariño. Te daré todo lo que necesitas—
Se hunde en mí de nuevo, exquisitamente lento, su mirada oscura todavía fija en la mía. La sacudida de su cuerpo es increíble, el placer me invade cada parte mientras siento mi cuerpo florecer, adaptándose a sus movimientos, abriéndose a él. A la ternura en sus ojos y a la suave caricia de sus manos rozando mi piel.
Me derrito, cayendo en la dicha de todo, extendiendo la mano a ciegas para acercar su rostro y reclamar sus labios en un beso caliente y desesperado. Nuestras lenguas se enredan, mientras su polla se agita dentro de mí, y Dios, es todo, la conexión como ninguna otra. Algo brillante, crudo y real, mientras nuestros cuerpos se mecen juntos, y siento que caigo, aferrándome a él, sin querer soltarlo nunca…
¡No!
Jadeo en busca de aire. atormentada por una vergüenza repentina mientras mi mente corre.
¿Qué estoy haciendo?
Emiliano sigue penetrando lentamente en mí, susurrándome elogios y clichés al oído. Que hermosa soy. Que bien lo estoy tomando. Suave, gentil y lleno de una nueva ternura que hace que mi cuerpo se estremezca y jadee debajo de él.
Y mi corazón se derrite, queriendo más.
No puedo enamorarme de este hombre. No lo haré.
—Mas— exijo sin aliento, acercándome a él.
—Tómame más fuerte—
La preocupación se refleja en el rostro de Emiliano. —No quiero hacerte daño—
Maldita sea.
El dolor sería mejor que esta dulzura. El dolor ahogaría mi culpa y vergüenza. La ternura de Emiliano no es suficiente. Todavía puedo pensar, todavía me odio por desear esto, todavía siento la arrugada punzada del autodesprecio por entregarme a él.
Envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas. Mis ojos arden en los suyos. —Te estas conteniendo— gimo, arqueándome contra él. —No. muéstrame al monstruo. Sabes que yo también lo quiero. Sabes lo que necesito—
Los ojos de Emiliano brillan de sorpresa, y luego de lujuria ardiente y decidida. Emite un gruñido.
—Mierda, Gorrión, no me tientes…—
Me muevo hacia abajo y aprieto mis músculos internos, ordeñando su polla. —Enséñame— siseo,
—Tómame. Hazme tu putita buena—
Emiliano se rompe. Con un rugido, se aparta y luego se estrella contra mí. Fuerte. Grito, sacudiéndome por el fuerte impacto, pero él no se detiene ni un segundo, Emiliano me inmoviliza y me folla hasta la empuñadura. Una y otra vez. Sin piedad.
—¿Así es como te gusta, Gorrión? — gruñe, sus dedos mordiéndome las muñecas y su cuerpo frotándose profundamente. —¿Es eso lo que tu pequeño y apretado coño necesita? —
—¡Si! — grito, arqueándome para recibirlo, porque mierda, lo necesito. El brutal empuje de su cuerpo, su peso sofocante y los gruñidos salvajes que emite.
Me emociona. En el fondo, en este lugar oscuro y vergonzoso donde mi deseo se retuerce con más fuerza, anhelante y crudo, estoy lista, quiero ser tomada. Poseída. Por él.
Emiliano me atrae más cerca, empujando mis piernas sobre sus hombros, casi doblándome en dos. —Mi pequeña putita tan mojada— gime, volviendo a meter su polla en mí, y mierda, este nuevo ángulo me hace gritar, aferrándome ciegamente a las sábanas.
—¡Tan bien! Justo ahí. ¡Mierda! — Grito.
—Así es, nena. Grita por papi— Emiliano ruge, manteniendo su ritmo despiadado. —Grita por esta polla como si lo sintieras—
—¡Si!¡Por favor! Mierda…—
Emiliano se retira de repente y me da la vuelta, así que estoy en cuatro patas en la cama. Apenas tengo tiempo de levantar la cara de las almohadas y respirar hondo antes de que me monte como un maldito animal, metiendo su polla profundamente por detrás mientras agarra un puñado de mi pelo.
—Ahora eres mía— gruñe, atrayéndome hacia atrás, pegada a él. su aliento caliente en mi oído mientras su polla empuja dentro de mí. —Te estoy marcando, de adentro hacia afuera. Este cuerpo, estos dulces pechos, este pequeño y apretado coño. Son míos—
Oh, Dios.
Ahora estoy gimiendo, sin sentido por el placer que crece, llegando a su punto máximo en lo más profundo de mí. Emiliano tira de mi cabello, doloroso. —¿A quién perteneces? — exige.
Sollozo, mi cuerpo se sacude con la fuerza de sus salvajes embestidas. —¿ A quién? ¡Dilo! —
Su mano se cierra alrededor de mi garganta. Apretando. Mierda, sí.
—A ti— grito, mientras mi cuerpo se realoja en sus brazos, la rendición me recorre como un. Maremoto. —Soy tuya. ¡Solo tuya! —
—Esa es mi buena chica—
Mi orgasmo me llega tan rápido que ni siquiera puedo prepararme para su embestida. Cada musculo de mi cuerpo sufre espasmos de puro éxtasis, y grito. Una y otra vez, balbuceando su nombre con delirante placer mientras estoy destrozada. Devastada. Totalmente deshecha.
Siento la polla de Emiliano frotándose profundamente dentro de mí, su agarre vacila, y luego se retira, empujándome boca abajo sobre la cama. Me derrumbo voluntariamente, tambaleándome mientras él se retira el condón, y se corre con un rugido, un líquido caliente derramándose sobre mi espalda, cubriéndome. Marcándome.
Yazco allí en una neblina de placer, completamente agotada. Mi cuerpo me duele de la mejor manera, y mi mente sigue siendo un borrón. A lo lejos, siento que Emiliano regresa y me limpia con un paño húmedo antes de arroparme con las sábanas y deslizarse en la cama a mi lado, con un brazo pesado tirando de mi hacia la cuchara de su cuerpo.
Las luces se apagan. Su respiración se ralentiza a mi lado. Mientras yazco aquí, completamente despierta en la cama a su lado. Mi corazón se rompe en mi pecho. Finalmente, su cuerpo se queda quieto. Está dormido.
Me deslizo fuera de la cama y camino de puntillas por la habitación hacia la puerta. Mi corazón se acelera con cada paso, hasta que llego a salvo por el pasillo y a mi habitación.
Sollozo.
No de placer, esta vez, ni de deseo desesperado, sino del doloroso y vacío conocimiento de que no hay vuelta atrás. Porque Emiliano tenía razón, ahora me posee, una parte preciosa que nunca podré recuperar de él. Y no me refiero a la idea mítica de mi virginidad, sino algo peor, esos momentos de pura emoción que acaban de pasar entre nosotros, en medio de la pasión. Mi confianza.
Mi sumisión.
Con lágrimas en los ojos, me acerco a la cómoda. Abriendo el cajón superior, busco debajo y busco el relicario que pegué con cinta adhesiva en la parte inferior. Probablemente fue una tontería traerlo conmigo, pero de alguna manera sabía que podría necesitar un recordatorio de por qué estoy haciendo esto.
Abro el relicario y miro fijamente el rostro de Milo en el interior. La foto está rota y deshilachada en los bordes. Se desvanece ahora, como los recuerdos de nuestro tiempo juntos.
—Lo siento—susurro, dolorida por el dolor y el arrepentimiento. —Lo siento muchísimo—
Me odio por lo que acabo de hacer.
Pero tengo que odiar más a Emiliano. Al menos hasta que esto termine. Lo destruiré, incluso si también me destruyo a mí misma.