bc

El Bebé Secreto de la Esposa Infiltrada

book_age18+
0
FOLLOW
1K
READ
escape while being pregnant
kickass heroine
mafia
gangster
heir/heiress
drama
city
like
intro-logo
Blurb

Para destruir a la familia Moretti y vengar el atentado contra su hermano, Elena se infiltra en la mansión de la mafia bajo la identidad de una contadora sumisa y acepta un matrimonio forzado con Vincenzo Moretti, el implacable y oscuro Capo de la ciudad.

Elena tenía un plan perfecto: robar las pruebas, simular su muerte y escapar. Sin embargo, no contó con la peligrosa obsesión de Vincenzo ni con la noche de pasión desenfrenada que cambió las reglas del juego. Tras lograr huir con las pruebas, Elena descubre la verdad: está embarazada del hombre que juró destruir.

Meses después, Vincenzo la rastrea en el extranjero. Descubrir que su esposa no solo sobrevivió, sino que lleva a su heredero en el vientre, despierta la naturaleza más posesiva y peligrosa del Capo. Ahora Elena no solo debe proteger su vida, sino sobrevivir al juego de seducción y dominación de un hombre que no la dejará ir jamás.

chap-preview
Free preview
LA FIRMA DEL DESTINO
El despacho de Vincenzo Moretti respiraba poder. No era una sensación, sino una presencia tangible que se adhería a las paredes de roble oscuro, que vibraba en el aire cada vez que ese hombre—ese monstruo—se movía detrás de su escritorio de granito n***o. Las cortinas de terciopelo borgoña estaban corridas, sumiendo la habitación en una penumbra que solo era penetrada por la luz dorada de dos lámparas de araña de cristal. Afuera, el cielo nocturno de la ciudad se extendía como un lienzo n***o sobre el que parpadeaban las luces de los edificios, pero Elena Rossi no estaba pensando en la vista. Elena estaba pensando en no vomitar. Llevaba tres semanas infiltrada en la mansión Moretti. Tres semanas trabajando como contadora, con las uñas recortadas, el cabello recogido en un moño impecable, y ropa de ejecutiva sobria que hacía que su cuerpo desapareciera bajo capas de lana y seda. Se suponía que debía ser invisible. Se suponía que debería haber robado los documentos del despacho, encontrar las pruebas del atentado que mató a su padre, su hermano, y pasó a su madre en coma durante dos años. Se suponía que debería estar viva aún. Pero Vincenzo Moretti no era una persona que permitiera que las cosas sucedieran “según lo planeado”. —Siéntate, Elena. No fue una petición. La voz de Vincenzo era como terciopelo oscuro—suave, pero con un borde que cortaría si te atreverías a rozarlo. Elena sintió cómo su cuerpo obedecía antes de que su mente pudiera procesarlo. Las rodillas le flaquearon ligeramente mientras se dejaba caer en una de las sillas de cuero frente al escritorio. El cuero era tan suave que era casi obsceno. Vincenzo no levantó la vista del documento que estaba leyendo. Tenía las mangas de su camisa de seda blanca arremangadas hasta los codos, revelando los tatuajes que recorrían sus antebrazos—símbolos de poder, de muerte, de promesas hechas y cumplidas. Sus manos eran perfectas: fuertes, con dedos largos, con una alianza de platino. Una alianza que él nunca quitaba, que él decía que representaba su compromiso con la familia Moretti. Elena odiaba esas manos. También la aterraban. —¿Cuántos años tienes, Elena? —preguntó, aún sin mirar hacia arriba. —Veintiséis —respondió Elena, controlando su voz. Debía sonar plana. Asustada, pero no demasiado. Las mujeres en la mansión Moretti siempre estaban un poco asustadas. Era el nivel de ruido de fondo de este lugar. Ahora, Vincenzo levantó la vista. Sus ojos eran del color del ámbar oscuro, casi negros en ciertos ángulos. Elena había visto fotografías de él antes de infiltrarse—cada periódico de crímenes de la ciudad lo había fotografiado al menos una docena de veces. Pero las fotografías no hacían justicia. Las fotografías no capturaban la forma en que esos ojos parecían atravesar tu cuerpo, leyendo todo lo que querías ocultar, buscando grietas en tu fachada. Elena sintió una grieta formarse en su pecho. —Nacida en Sicilia —continuó Vincenzo, leyendo de lo que Elena reconoció como su archivo de empleados falso. “Elena Rossi. Treinta y dos años. Viuda. Sin familia. Recomendada por Fortino.” Todos falsos, meticulosamente creados durante meses de preparación—. Trabajaste en tres empresas antes de venir aquí. Muy móvil. Muy… discreta. Eso fue una pregunta, aunque no la haya enunciado como tal. —Prefiero mi privacidad, señor —respondió Elena, permitiéndose una nota de timidez en su voz—. Mi esposo murió hace cinco años. Accidente de coche. No tenía… no tenía familia que me ayudara, así que simplemente seguí adelante. Un trabajo aquí, otro allá. Vincenzo colocó el archivo sobre su escritorio y juntó las manos, reposando su barbilla sobre los nudillos. Su expresión no cambió. Era como si su cara fuera una máscara que apenas se molestaba en ajustar. —¿Y ahora? ¿Estás satisfecha en tu posición actual? Elena tragó saliva. Esta era la pregunta. Esta era la trampa, si es que había trampa. —Muy satisfecha, señor. Su contabilidad es… compleja. Pero perfecta. Es un honor trabajar para usted. Una pequeña sonrisa tocó las comisuras de la boca de Vincenzo. No fue cálida. Las sonrisas de los hombres como Vincenzo nunca eran cálidas. —¿Perfecta? —repitió, como si la palabra le pareciera divertida—. Dime, Elena, ¿qué hace que una contabilidad sea perfecta? Elena sabía que debería responder con algo seguro. Debería hojear la documentación estándar de la empresa: “Es detallada, bien organizada, se ajusta a los estándares…” Pero algo en la forma en que Vincenzo la miraba—como si ya supiera exactamente qué estaba pensando, como si la estuviera probando deliberadamente—la hizo cambiar de estrategia. —Una contabilidad perfecta es una que cuenta una historia verdadera —dijo Elena lentamente—. Cada número, cada transacción, cada discrepancia… todos cuentan la historia de quién es alguien realmente. De qué se importan. De qué harían. El silencio que siguió fue tan profundo que Elena estaba segura de que podía escuchar el latido de su corazón. Vincenzo se recostó en su silla, nunca apartando sus ojos de ella. —Interesante —murmuró—. Porque acabo de descubrir algo muy interesante en nuestra contabilidad, Elena. Pequeñas discrepancias. Nada grande. Nada que un auditor normal notaría. Pero yo no soy un auditor normal, ¿verdad? Y tú… —inclinó su cabeza ligeramente—. Tú eres mejor de lo que aparentas. Elena sintió el frío recorrer su columna vertebral. —No sé a qué se refiere, señor. —¿No? —Vincenzo se levantó de su silla, y Elena se dio cuenta de que era más alto de lo que parecía en las fotografías. El hombre era un monumento a la violencia contenida—. Porque según mis registros, hace exactamente tres semanas, Catalina Ferraro trabajaba aquí. Era una de nuestras empleadas de limpieza. Buena trabajadora. Discreta. Tenía una hermana que sufría de una enfermedad del corazón, ¿verdad? Una hermana a la que Catalina estaba salvando dinero para tratar en Suiza. Elena no respondió. No podía. Catalina Ferraro era real. Era la mujer cuya identidad Elena había robado, cuya vida había asumido. Pero Catalina no sabía nada de esto. Ella estaba en Sicilia, viviendo tranquilamente, porque Elena le había pagado una pequeña fortuna para desaparecer durante tres semanas. —La hermana de Catalina murió hace cuatro días —continuó Vincenzo, caminando alrededor del escritorio—. Infección. El tratamiento en Suiza llegó demasiado tarde. Así que Catalina regresó, queriendo recuperar su empleo. Quería trabajar duro, ganar dinero para su funeral. Vincenzo se detuvo a menos de un metro de Elena. Elena podía oler su colonia—algo oscuro, especiado, peligroso. —Pero cuando Catalina llegó, encontré que había otra Elena Rossi en mis registros de nómina. Otra Elena que vivía en el mismo apartamento donde Catalina vivía. Y cuando llamé a ese apartamento, una mujer muy asustada me dijo que había un pequeño malentendido. Elena se levantó de la silla. No era una decisión consciente—sus piernas simplemente se negaron a permanecer sentadas mientras el hombre que asesinó a su familia se paraba sobre ella. —Quiero que hables —ordenó Vincenzo, su voz suavizando—. Quiero que me digas exactamente quién eres y qué estabas haciendo en mi casa. Elena tragó saliva. Esto era el fin. Su plan se había desmoronado en tres semanas. Toda esa investigación, todo ese trabajo duro, todos esos contactos que construyó para obtener acceso a los documentos que probarían que Vincenzo ordenó el atentado contra su familia— Se acabó. Pero Elena no era una mujer que se rendía fácilmente. Mirando directamente a los ojos de Vincenzo, dijo: —Mi nombre es Elena Rossi. Soy contadora. Trabajo para usted desde hace tres semanas. ¿Quiere que continúe fingiendo, o quiere la verdad? Vincenzo se acercó más. Ahora estaban casi tocándose. Elena podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. —La verdad —susurró—. Siempre quiero la verdad, Elena. Algo en el tono de Vincenzo—algo posesivo y oscuro—hizo que el cabello en la nuca de Elena se erizara. —Me llamó Arturo Ricci —comenzó Elena, permitiendo que la verdad saliera, o al menos la verdad suficientemente cerca—. Dijo que necesitaba alguien. Alguien leal. Alguien que pudiera… infiltrarse en tu organización y reportarle. Los ojos de Vincenzo se oscurecieron. —¿Arturo Ricci? —repitió, y Elena escuchó la promesa de muerte en esas dos palabras—. ¿El rival de mi hermano? Elena no respondió. Había dicho demasiado. Vincenzo extendió su mano y tomó el rostro de Elena entre sus dedos, obligándola a mantener contacto visual. No era violento—no exactamente—pero era posesivo. Como si fuera un objeto que acababa de adquirir y quisiera examinar de cerca. —Eres una espía —murmuró, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cara—. Una puta espía en mi casa. Elena sintió que la rabia ardía en su pecho, ardía en sus venas. La tentación de escupir en su cara fue casi irresistible. Pero Elena era mejor que eso. Elena era más inteligente que eso. —Sí —confirmó, permitiendo que la palabra cayera como una piedra—. Soy una espía. Vincenzo soltó su cara y caminó hacia la pared, donde colgaban varios cuadros—obras de arte que probablemente costaban más que el apartamento de Elena. Golpeó el botón de un intercomunicador. —Trae al señor Ricci a mi despacho —ordenó—. Y prepara la habitación. Elena sintió que algo dentro de ella se rompía. —¿Qué está pasando? —preguntó, aunque sabía exactamente qué estaba pasando. Arturo Ricci sería… entretenido. Y Elena sería castigada. Vincenzo se giró hacia ella, y Elena vio por primera vez una chispa de algo en sus ojos que no era frialdad o cálculo. Era algo más primitivo. Más peligroso. —Eres demasiado hermosa para matar —dijo lentamente—. Y demasiado valiosa para dejar ir. Así que vamos a jugar un juego, Elena. Elena no preguntó qué tipo de juego. Pero su corazón estaba acelerado, su respiración entrecortada. Vincenzo caminó hacia ella nuevamente, y esta vez, cuando levantó su mano, ella se preparó para el golpe. Pero Vincenzo no la golpeó. En su lugar, pasó sus dedos por su mandíbula, lentamente, como si estuviera siendo acariciado por la muerte personificada. —Te vas a casar conmigo —dijo simplemente—. Esta noche. En mi capilla privada. Y si intentas escapar, o si intentas hacerme daño, o si incluso piensas en contactar a Ricci… tu familia entera desaparecerá. Elena respiró con dificultad. —No tengo familia. —Ah, pero los registros muestran que tienes una prima en Florencia —continuó Vincenzo, sonriendo ligeramente—. Mariana Rossi, ¿verdad? Ella vive con un gato gris y trabaja en un museo. Visita a su madre cada domingo a las dos de la tarde. Elena sintió que la tierra se movía bajo sus pies. Había investigado a Mariana. Su verdadera prima. La única familia que Elena tenía. —Accedo —susurró Elena, sus manos temblando—. Accedo. Vincenzo tomó su mano, y cuando sus dedos se tocaron, fue como si toda la habitación estuviera en llamas. —Bien —murmuró—. Porque, Elena… ya sea que lo sepas o no, acabas de sellar tu propio destino. Luego, antes de que Elena pudiera responder, él la besó. Fue un beso de posesión, de dominación, de promesa de tortura y placer interminables. Elena sintió su cuerpo traicionarla, permitiendo que él la presionara contra el escritorio. Por un momento, olvidó por qué estaba aquí. Olvidó su misión, su venganza, su familia. Solo sintió el fuego. Cuando Vincenzo finalmente la liberó, Elena tenía los labios hinchados y los ojos oscurecidos por la pasión y la confusión. —Tenemos un acuerdo, entonces —dijo Vincenzo, extendiéndole un documento—. Fírmalo. Con manos temblando, Elena firmó lo que parecía ser un acuerdo matrimonial. En ese momento, mientras la tinta se secaba en el papel, Elena Rossi comprendió una verdad aterradora: Ya no estaba en control de nada. Y el hombre que sostenía su futuro entre sus manos bellos y mortales sabía exactamente lo que estaba haciendo.

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

Unscentable

read
2.0M
bc

He's an Alpha: She doesn't Care

read
783.7K
bc

Claimed by the Biker Giant

read
2.0M
bc

Holiday Hockey Tale: The Icebreaker's Impasse

read
1.0M
bc

A Warrior's Second Chance

read
371.4K
bc

Not just, the Beta

read
355.7K
bc

The Broken Wolf

read
1.2M

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook