La vida continuó para nosotros igual que para el resto del mundo. Pepe seguía trabajando por las mañanas y entrenando equipos de baloncesto por las tardes. Yo había ascendido a jefa de equipo en mi trabajo y ahora tenía más responsabilidades y estaba sacando adelante un proyecto nuevo que me hubiese gustado tener desde que entré a trabajar en esa compañía, pero ahora estaba en mis manos poderlo llevar a cabo y desde Dirección me habían autorizado a ello, así que profesionalmente estaba muy liada, muy cansada, pero también muy contenta.
En casa todo seguía dependiendo de mí, pero había aprendido a no agobiarme, si algo no se hacía hoy, ya se haría mañana. Como pareja, Pepe y yo manteníamos nuestra comunicación fluida para que no volviese a haber crisis entre nosotros, y a mí lo único que me agobiaba era que seguía sin quedarme embarazada y Pepe seguía sin intenciones de ir al médico.
La madre de Pepe se puso enferma y aunque su hermano pequeño vivía con ella, Pepe intentó organizarse en el trabajo para poder ir a Canarias a estar con ella unos meses. Lo hablamos mucho en casa y planificamos hasta el más mínimo detalle porque la única forma que encontramos de que él se pudiese ir era que cogiese una excedencia de seis meses. Seis meses que yo estaría sola en casa en Madrid, sin poder ir a verle porque además una excedencia significaba que él no tendría sueldo y los billetes de avión eran bastante caros.
Justo el año anterior había podido comprar la casa en la que vivíamos de alquiler, pero la había comprado sólo yo, estaba sólo a mi nombre, porque hasta ese entonces el dinero invertido en la casa había sido sólo mío y además a Pepe el banco no le concedía préstamos, por suerte a mí sí. Así que los meses que Pepe se fuese a casa de su madre, yo me quedaría sola en mi propia casa.
Aquello volvió a ser duro. Seis meses de ausencia, hablando por teléfono casi todos los días, pero no era lo mismo. Y las tornas habían cambiado, ya no era yo la que llamaba siempre, la mayoría de las veces era Pepe el que me llamaba a mí, se notaba que me echaba de menos y lo mejor de todo era que no tenía reparo en decírmelo. Aquellas conversaciones me hacían sentir feliz de tenerle en mi vida, y a la vez triste por estar lejos, pero pronto volvería a casa conmigo.
Un día, en una de esas llamadas me dijo que quería intentar en serio lo de tener un hijo juntos y si tenía que ir al médico, iría. Aquello me dio la vida, porque su ausencia se juntó con un confinamiento domiciliario obligatorio debido a una crisis sanitaria mundial y era horrible no poder salir de casa. Estaba sola, no podía salir de casa para nada, al menos podía seguir teletrabajando, pero tenía más de doce personas a mi cargo y aquella crisis sanitaria empeoró la situación de todo el mundo, tanto a nivel laboral como a nivel personal. Muchos días tenía la sensación de ejercer más de psicóloga con mi equipo que de trabajar realmente. Asumí e intenté ayudar a todos mis compañeros en esos meses tan duros, y eso me ayudaba a evadirme de mis propios problemas y de mi propio malestar, pero me refugié demasiado en ellos y en el trabajo.
Las palabras de Pepe y el deseo de ser madre cuando él regresase me dieron un empujón para aguantar sola más tiempo del que habíamos planeado los dos. Era mi mayor ilusión, por un lado, que él pudiese volver pronto a casa y por otro que por fin quisiese ponerse en manos médicas para conseguir agrandar nuestra familia.
En vez de seis meses separados, al final fueron más de ocho meses hasta que Pepe pudo regresar a Madrid por culpa de la dichosa crisis sanitaria, pero una vez juntos, nuestra relación mejoró mucho, empezamos a hacer un montón de cosas juntos e incluso teníamos mucha más actividad s****l que antes de que Pepe se marchase a casa de su madre.
Yo dejé de trabajar demasiadas horas extra para poder compartir más tiempo con él, y él, aunque volvió a los entrenamientos de baloncesto por las tardes, se aseguró de tener ratos libres para estar conmigo.
A principios de 2021 empezamos con las citas médicas y bueno, yo era consciente de que algún tipo de problema había, pero cuando después de hacer las primeras pruebas el médico te lo confirma, el sentimiento es desolador. Mis pruebas revelaron que estaba bien de salud general, pero que mi reserva ovárica era muy bajita. La ginecóloga literalmente dijo “Tu reserva ovárica es demasiado escasa incluso para una mujer de tu edad”.
Yo lo sabía, ya era mayor biológicamente hablando, iba a cumplir 39 años y tuve mi primera regla con 11, por eso se me consideraba “vieja” a nivel reproductivo. En teoría, la ciencia había avanzado mucho y en televisión muchas mujeres famosas habían sido madres incluso después de los 50, así que la ciencia podía permitirme ser madre incluso aunque mi cuerpo ya fuese mayor, pero evidentemente la edad y el estado de mis ovarios dificultaban la concepción y aumentaban el riesgo de problemas durante el embarazo y el desarrollo del bebé.
Había estudiado ciencia y me dedicaba a la investigación, así que sabía perfectamente de lo que me estaba hablando el médico. Aun así, la doctora me animó a no perder la esperanza, ella y su equipo me ayudarían a conseguirlo.
El mayor problema fue conseguir que Pepe realmente se hiciese sus revisiones y pruebas médicas. Él no entendía por qué tenía que hacerse pruebas si el problema de no quedarme embarazada venía por mi baja reserva ovárica, y por más que yo intentaba explicarle que debían asegurarse de que él estaba bien, no lo terminaba de entender. Él decía que estaba perfecto porque se encontraba bien. ¡Anda, coño! Yo también me encontraba perfectamente y resulta que mis ovarios no estaban tan bien.
Pero volvemos a lo mismo de siempre, si el médico le dice a una mujer que tiene un problema, casi todas nosotras somos capaces de aceptarlo, asumirlo y pensar en diferentes soluciones para conseguir lo que queremos. Sin embargo, cuidado con que se ponga en duda la virilidad, masculinidad o lo que sea de un hombre, se sienten tan ofendidos que prefieren no averiguar cuál es el problema y cerrarse en que ellos se sienten perfectamente.
Aquello fue muy duro. Yo tenía que ir con pies de plomo para sacarle el tema a Pepe. Evaluar cuándo estaba de mejor humor o menos estresado para preguntarle si había pedido cita ya para sus pruebas. Lo suyo era mucho más sencillo, sólo tenía que hacerse un análisis de sangre y tomar una muestra de esperma para llevarla a analizar, incluso podía tomar esa muestra en casa y después llevarla al laboratorio directamente cumpliendo una serie de condiciones de mantenimiento que le habían dado. Era sencillo, o al menos yo lo veía sencillo. Incluso podía ayudarle yo con esa toma de muestra y así pasar un rato divertido los dos, no era necesario que lo hiciese solo. Sin embargo, yo lo tenía más complicado, cada vez que se necesitaba algo de mí, tenía que ir a consulta, sentarme en ese sillón horrible e incómodo, abrirme de piernas y dejar que me hurgasen por dentro, y claro, como él eso no lo veía pues no le daba importancia.
La lucha fue larga y Pepe tardó casi tres meses en hacerse los análisis que nos pidió el médico. Los resultados no fueron alentadores. Pepe los imprimió en casa y no quiso saber más hasta que se los llevásemos a mi médico, pero yo los leí y pintaba mal. No había un diagnóstico escrito, solo los resultados numéricos del análisis, pero sabía interpretarlos y lo que no entendía bien, sabía en qué fuentes fiables de internet consultarlo y al revisarlos en casa, yo hice mi propio diagnóstico, la calidad del esperma de Pepe no era demasiado buena.
Él nunca quería hablar del tema, así que no me dejó ni siquiera darle mi opinión, pero yo me sentía mal. Mis óvulos escasos y su esperma de baja calidad. Aquello realmente no parecía que jugase a nuestro favor para conseguir un embarazo. Yo era científica, tenía que confiar en la ciencia, pero el hecho de que Pepe nunca quisiese hablar de ello y además tener que tirar yo sola de todo, recordándole continuamente las citas médicas, recordándole que debía cuidarse un poco más, etc… se hacía muy duro.
Cuando volvimos a la siguiente cita con mi ginecóloga y revisó los análisis de ambos, nos confirmó lo que yo ya sabía y que Pepe no había querido escuchar de mí. El análisis de su esperma no era demasiado bueno, pero además faltaban por analizar parámetros que podrían ser relevantes para la fertilidad, así que había que repetir de nuevo los análisis. En aquella consulta a mí me tocó de nuevo examen ginecológico, así que otra vez tuve que subirme al sillón más horrible que podía imaginarme, otra vez a abrir las piernas y otra vez a dejar que la doctora hurgase dentro de mí, y Pepe esperando en la consulta, en una salita separada, sin ver que mis análisis siempre eran más desagradables que los suyos.
En aquella consulta la doctora, además de decirnos que había que repetir los exámenes de Pepe, nos dijo que debía derivarnos a otro hospital, porque debido a los problemas que ambos teníamos y a mi edad avanzada, la técnica de fertilidad asistida que íbamos a necesitar era más especializada y en ese hospital no la hacían. Nos dijo que ella misma se encargaba de realizar todos los trámites para el cambio de hospital y que seguramente en el nuevo hospital volverían a repetirnos todos los exámenes. Creo o más bien quise interpretar que lo decía por Pepe para que no repitiese aún su examen, ya que ella era consciente de que habíamos tardado mucho en volver a consulta porque Pepe no había querido hacerse sus pruebas antes.
Odiaba tener que tragarme todo esto yo sola porque Pepe no quería hablar. Lo hablaba con mis amigas, sí, pero no era lo mismo. Quería, o más bien necesitaba, poder hablar con Pepe del tema, de la preocupación que yo tenía, pero él nunca quería hablarlo, y cuando yo lo intentaba su respuesta siempre era algo parecido a “No te obsesiones, ya estamos yendo al médico”, pero él no ponía de su parte para que las consultas con el médico fuesen más fluidas y yo me agobiaba, cada día que pasaba yo seguía haciéndome “vieja” biológicamente y mi problema se podía más o menos solucionar o mejorar con tratamientos hormonales, pero como sus análisis estaban incompletos, no sabíamos si lo que le ocurría a él tenía también tratamiento o cómo podríamos superar esa dificultad.
Tocaba esperar a que nos contactasen del nuevo hospital para hacer nuevos exámenes y ver qué instrucciones debíamos seguir. Mientras tanto, las recomendaciones que teníamos eran mantener una vida lo más saludable posible, yo debía perder peso, porque estaba gordita, y Pepe debía reducir el consumo de cafeína y fumar menos, aunque lo ideal era que dejase de fumar del todo. Y ahí estaba de nuevo yo, intentando tirar también de ese carro para acercarnos a una vida más saludable para ambos.