En 2016 tuvimos una crisis como pareja. Yo siempre iba a los partidos de baloncesto de los fines de semana porque era la única forma de compartir tiempo con él, pero él nunca quería hacer conmigo nada de lo que a mí me gustaba. Aquel año Pepe entrenaba en un pueblo un poco más lejos de casa y empezó a decirme que no hacía falta que fuese a los partidos, que era un equipo muy malo y me iba a aburrir. Al principio no lo tomé en serio, pero me venía bien no ir a los partidos, así tenía algo más de tiempo para las tareas de la casa y para mí.
Me gustaba tener sus horarios de entrenamientos y de partidos para poder tener la comida o la cena preparadas cuando Pepe llegase a casa, así él tendría un poco más de tiempo para descansar y quizás un poco más de tiempo para estar conmigo, me hacía ilusión pensar aquello. Pero según iban pasando las semanas de aquella temporada los horarios se descontrolaron un poco, ya no llegaba a casa a la misma hora, los días de partido muchas veces se quedaba a comer con otros entrenadores, y como nunca me avisaba pues yo empecé a llamarle y mandarle más mensajes que de costumbre, aunque mi única intención era organizarme para tenerlo todo listo para cuando él llegase.
Después de varios meses así, me empecé a mosquear porque ya no me daba un beso por la mañana antes de ir a trabajar y la mayoría de los días llegaba por la noche a casa cuando yo ya me había acostado. Un día se estropeó mi ordenador personal y le pedí que me dejase el suyo para hacer unas cosas que necesitaba, así que antes de irse a trabajar me dejó su contraseña del ordenador apuntada en un papel para que pudiese usarlo.
Cuando me senté en su escritorio, yo no quería cotillear su ordenador, pero al abrir el navegador de internet tenía su sesión de f*******: abierta, con cinco conversaciones de chat también abiertas con diferentes mujeres que tenían fotos demasiado sugerentes, así que empecé a leer algunos mensajes que estaba visibles y todas ellas eran conversaciones subidas de tono, incluyendo fotos de ellas desnudas y fotos de él enseñando su pene.
Lloré. Lloré de rabia y de frustración. Él era mi pareja. Vivíamos juntos desde hacía varios años. Dormía a mi lado casi todas las noches, salvo algunos días que se quedaba dormido en el sofá viendo películas de miedo que a mí no me gustaban. Y ¿qué era lo que estaba haciendo con esas mujeres? ¿no tenía sexo conmigo, pero sí tenía cibersexo con ellas? ¿o acaso también tenía sexo real con ellas y por eso llegaba tarde a casa y sin ganas de hacerlo conmigo?
Me sentí fatal. Me sentí engañada, traicionada y sola. ¿Por qué hacía eso? ¿Qué era lo que le pasaba o qué era lo que sentía para hacer eso y no hablar conmigo? Si ya no me quería podía decírmelo, se supone que las parejas hablan entre ellas. ¿Qué hacía yo mal para que él me traicionase de esa forma buscando consuelo, sexo o lo que sea que estuviese buscando con otras mujeres?
Lloré hasta que ya no me quedaron fuerzas para llorar más y después me sentí enfadada. Aquel día iba a teletrabajar desde casa y era por la mañana. Así que con aquel malestar me quedé todo el día y mi jornada fue muy poco productiva. Por la noche no me acosté a mi hora, le esperé a que llegase del entrenamiento o de lo que hubiese estado haciendo y cuando se sentó en su lado del sofá, yo también me senté en uno de los brazos del sofá, subí los pies al asiento para poder apoyarme en mis rodillas y le dije un simple “Tenemos que hablar” lo más serena que pude.
Me miró y no pude interpretar su expresión, así que empecé a hablar y le conté lo que había visto en su ordenador. Se enfadó pensando que había estado cotilleando y no se creyó que yo me lo hubiese encontrado abierto, pero era imposible que yo averiguase su contraseña de f*******: para rebuscar todo aquello que vi, yo era bioquímica no un hacker. Después de más de una hora discutiendo, yo había empezado a llorar de nuevo. Él se excusó diciendo que se sentía agobiado por mí porque le estaba llamando y escribiendo mensajes a todas horas y no le dejaba hacer su vida y que incluso había pensado en irse de casa.
Aquello dolió más aún que lo que había visto por la mañana porque lo que dijo fue que había pensado recoger e irse de casa un día que yo no estuviese. Es decir, pensaba irse incluso sin despedirse, simplemente llevarse sus cosas y desaparecer. Y ¿por qué si su excusa era que yo le estaba agobiando no había querido hablar conmigo? Esa pregunta que formulé mil veces en mi cabeza antes de lanzarla en voz alta nunca fue respondida, simplemente se encogió de hombros.
Yo le quería. Le quería como nunca había querido a nadie. Él era mi vida, aunque no fuese una vida perfecta, pero era con quien compartía la mía, con quien había hecho planes de futuro y con quien me gustaría pasar el resto de la vida. Y sin embargo él me estaba diciendo que había pensado abandonarme. Era cierto que no lo había hecho, pero no me atreví a preguntarle porqué. Tampoco le supliqué que se quedase, simplemente le dije que yo le quería. Respondió que él no me quería como antes, pero que estaba dispuesto a volver a intentarlo y recuperar lo que teníamos.
Estuvimos por lo menos otra hora más hablando y yo puse mis condiciones, necesitaba más comunicación por su parte, lo que quería, lo que no le gustaba, lo que le sentaba mal, y necesitaba que él realmente me demostrase que quería seguir compartiendo su vida conmigo, que volviese a haber muestras de cariño, que volviésemos a compartir momentos juntos y que no me apartase de su vida. Su única condición fue que no le agobiase ni le llamase o escribiese a todas horas, pero le expliqué que lo hacía sólo para calcular las horas de llegada a casa y tener todo listo para él y pareció entenderlo. Lo principal fue que estuvo de acuerdo en que teníamos que hablar más y comunicarnos más, aunque a él siempre le había costado mucho hablar de lo que pensaba y de sus sentimientos, pero hacía años que no vivía solo y compartir la vida implica también hablar de ella.
Poco a poco nuestra relación fue mejorando. Volvimos a hacer cosas juntos, él ya no me apartaba de su vida y hablaba más conmigo. Volvieron los besos y abrazos en la cama por la noche. El sexo seguía siendo escaso y seguía sin ser imprescindible para él, pero al menos aumentamos un poco la frecuencia y con suerte una vez a la semana o cada diez días tocaba.
Los meses fueron pasando y ambos nos esforzamos en afianzar nuestra relación y en volver a estar más unidos. Los dos tuvimos pérdidas familiares, él perdió a su padre y yo a una de mis abuelitas, y como una pareja nos apoyamos en el otro para superar nuestro sufrimiento.
Cuando nos sentimos de nuevo unidos, volvimos a hablar de tener hijos. Estábamos en 2017 y ya llevábamos desde 2014 sin usar ningún método anticonceptivo y no había habido suerte con un embarazo natural, así que por primera vez le planteé a Pepe que iba a ir al médico a ver qué me decía. Pepe estuvo de acuerdo y pedí cita.
El médico me dio cita para mis pruebas y me dijo las pruebas que tenía que hacerse Pepe, pero él se negó a hacérselas. Su excusa fue que, si yo no podía quedarme embarazada que me hiciesen pruebas a mí, que él no quería hacerse nada, y no entendió cuando le expliqué que tenían que hacernos pruebas a ambos para averiguar dónde estaba el problema si es que había alguno. Los hombres y su sentido de “que nadie se meta con mi virilidad”.
Volví a llorar. Yo no quería renunciar a ser madre, era lo que siempre había querido desde pequeña, tener mis hijos, me hubiese encantado tener al menos tres, pero ya me iba haciendo mayor. Mis hermanas ya tenían hijos, todas mis amigas tenían hijos, incluso Eva, con la que había vuelto a hablar hacía un par de años tenía un hijo.
Eva me llamó cuando estaba embarazada de su hijo, quería verme y pedirme perdón por todo lo que le había hecho a nuestra amistad. Me aseguró que había estado interna en una clínica de rehabilitación para todas sus adicciones y que ya no consumía ningún tipo de droga. La creí. Mi corazón de amiga quiso creerla y por eso la creí, además se veía tan guapa embarazada que quise estar a su lado y al de su hijo. El padre del niño la dejó antes de que ella supiese que estaba embarazada, pero era un “pintas” así que mejor ni siquiera decirle que era padre, ella iba a ser una estupenda madre soltera ayudada por sus padres que eran unas maravillosas personas y serían unos abuelos geniales. Y yo, incluso antes de que naciese el bebé, fui adjudicada como su madrina solo por el hecho de haber perdonado a su madre todas las locuras que había hecho con su vida.
Pepe no pudo venir al bautizo de Pablo, el hijo de Eva, porque estaba de maniobras. Nuestra relación seguía fuerte pese a haber tenido que renunciar a los tratamientos de fertilidad porque él no quiso hacerse ninguna de las pruebas que me dijo el médico. Yo seguía compartiendo con él el baloncesto que era su pasión y había asumido que él no compartiría la música conmigo, así que yo seguía con mis actividades musicales compartiéndolas sólo con mi familia y amigos. Pero éramos felices así, aunque yo sería mucho más feliz si él quisiese compartir mis cosas conmigo y si aceptase ir al médico para intentar tener nuestro bebé.