4. PEPE

2038 Words
¿Realmente el tiempo es capaz de curarlo todo? Hubo algunos momentos de mi vida en los que pensé que sí. Y si algo no se curaba del todo, al menos el tiempo ayudaba a que no doliese tanto y poderlo guardar al fondo de algún rinconcito para que lo único que quedase cerca fuese lo que yo había aprendido. En los siguientes años, como todo el mundo, seguí creciendo y evolucionando como persona. Mi vida cambió. Me convertí en hija única al irse mis hermanas de casa de nuestros padres. Cambié de trabajo. Conocí gente nueva, hice nuevos amigos, y tuve un par de relaciones que no duraron demasiado y de las que de nuevo tuve que aprender a mejorar cosas de mí misma, a esperar menos de los demás y a no llorar cuando las lágrimas no son merecidas. En 2013 era una mujer completamente renovada, o eso creía yo. Era independiente, salvo porque seguía viviendo en casa con mis padres, pero aquello nos beneficiaba tanto a ellos como a mí. Tenía ya 30 años y hacía y deshacía mi vida a mi antojo y según lo que me apetecía. Nunca fui muy cabra loca, siempre pensaba las cosas más de dos y tres veces antes de hacerlas, pero eso no me impedía disfrutar de la vida aprovechando cada momento que llegaba a mí. Tenía mi grupo de amigos, casi todos del trabajo, pero también amigos de ellos y algunas de mis viejas amigas del instituto con las que había retomado el contacto. Salíamos de cañas, de excursión, de viaje, o simplemente a tomar café o dar un paseo. También me gustaba seguir compartiendo momentos con mis padres y con mis hermanas, aunque ya estuviesen casadas. A veces echaba de menos tener a alguien con quien compartir intimidad y complicidad, pero había tenido tantos chascos amorosos que no sabía bien qué pensar o qué esperar. Quizás yo no estaba hecha para tener una pareja para toda la vida, como la mayoría de la gente de mi edad, pero, aun así, me sentía feliz con mi vida. Un día, hablando con mis amigas en el descanso de la comida en el trabajo, me comentaron la idea de apuntarme a una página de esas para conocer solteros, y oye… la idea me gustó. Quizás por mí misma no lo hubiese hecho, pero ellas me animaron y me ayudaron a crear mi perfil. Era sencillo de usar, pero había que tener en cuenta que muy probablemente encontraría gente que en su perfil no ponía la verdad, incluso algunas fotos podían no ser reales tampoco. Yo no puse toda mi vida en aquel perfil, pero lo que puse era todo real, incluso las fotos que subí. En los siguientes meses contacté por la página esa con varios chicos que me parecieron majos y llegamos incluso a intercambiar números de teléfono y hablar por w******p. No todos resultaron como parecían al principio y terminé con varios números añadidos a la lista de bloqueados. También quedé en persona con un par de chicos con los que tuve buena sensación. Siempre en sitios públicos y con gente porque, aunque fui a aquellas citas segura de mí misma, nunca sabes con quién vas a topar. Aquellas citas no fueron mal del todo, incluso hubo algún beso, pero tampoco resultaron tan geniales como para merecer la pena intentar algo más. Había intereses diferentes entre ellos y yo. Pepe fue el tercer chico que conocí en persona salido de aquella página de buscar pareja. Fue todo un poco rápido. Una tarde de domingo estaba sola en casa porque mis padres se habían ido al pueblo el fin de semana, y me conecté a aquella página con intención de buscar un perfil concreto de chico. En mis anteriores búsquedas nunca había sido tan exigente metiendo filtros en la pantalla de búsqueda, pero ese día lo fui porque mi amor platónico del instituto llegó a mi cabeza gracias a una película que había estado viendo. Busqué chicos de más de 1.80m de altura, morenos, ojos castaños, deportistas y que trabajasen como militares o policías. ¿Seguiría siendo así aquel chico del que me enamoré con 15 años? ¿estaría en esa página de buscar pareja? Seguramente no, pero me hizo gracia intentar encontrarle allí. Evidentemente no le encontré, pero un chico que se llamaba Pepe llamó mi atención y además estaba conectado. Chateamos por la página un buen rato y resultó que éramos casi vecinos, vivía a unos quince minutos andando de mi casa, así que nos dimos los números de teléfono y quedamos aquella tarde para dar un paseo por el río y conocernos en persona. Era alto, casi dos metros por lo menos, porque cuando nos vimos en persona tuve que ponerme de puntillas para darle dos besos en las mejillas a modo de saludo y aun así él se tuvo que agachar. Estuvimos un buen rato paseando y después nos sentamos a la orilla del río. Hablamos mucho, sobre todo de lo que nos gustaba hacer y de los trabajos que teníamos. Él era canario, pero llevaba muchos años viviendo en Madrid y estaba solo porque toda su familia vivía en las islas, trabajaba como militar y además le encantaba el baloncesto y por las tardes era entrenador de varios equipos. Yo también le conté sobre mi familia y que vivía con mis padres, sobre mi trabajo en la oficina y mis gustos para el tiempo libre, casi siempre relacionados con la música y el baile. A mí él me cayó muy bien y estuve super a gusto aquella tarde con él. Pude notar que él también parecía a gusto conmigo, así que cuando nos despedimos volví a ponerme de puntillas y le di un pico en los labios, me miró sonriendo y después me besó con un poco más de ganas. Nuestro primer beso. Aquel día me fui a casa con la sensación de haber conocido a alguien a quien merecía la pena seguir conociendo. Los días siguientes hablamos mucho por w******p y quedamos un día entre semana para ir a su casa a ver una película. Vivía solo pero no me dio miedo ir, pasamos una tarde tranquila comiendo chucherías y viendo una película, con besos robados en plan pareja de adolescentes y poco más. El siguiente fin de semana profundizamos un poco más nuestro conocimiento mutuo ya que me quedé a dormir en su casa. Hacía mucho tiempo que no intimaba con un chico y aquella noche estuvo genial desde el momento que entré por la puerta de su casa: caricias, arrumacos, besos por todos lados y sexo. Las semanas y los meses de verano fueron pasando. Había días que no hablábamos, y otros que hablábamos mucho. Tuve momentos en los que no sabía si aquella relación o lo que fuese iba a ir a más o no porque a veces él parecía distante y otras parecía que lo quería todo conmigo. A mí me gustaba estar con él, no estaba enamorada o al menos no lo sentía así, pero quería darle una oportunidad a lo que teníamos para ver si iba a más o no y un día se lo dije, le dije que quería estar con él en plan relación seria. Lo malo fue que él estaba de maniobras y se lo dije en un mensaje de w******p que tardó cuatro días en responder. Su respuesta llegó justo cuando yo me iba a de viaje con mi mejor amiga a mediados de septiembre. En octubre nos hicimos novios “formales”, hasta se lo presenté a mis padres, y en noviembre me preguntó si me quería ir a vivir con él. Era una locura, hacía poco más de cuatro meses que nos conocíamos y ya me iba a ir a vivir con él, pero ambos teníamos treinta y un años y yo quería intentarlo. Al principio la convivencia fue rara, ambos tuvimos que cambiar la vida que habíamos tenido hasta entonces, la suya solitaria y la mía con mis padres. Pero todo fue bien y nos adaptamos rápido a estar juntos. Al año siguiente, buscamos un piso más grande porque vivíamos de alquiler en un pisito muy pequeño y habíamos empezado a hablar de futuro juntos: familia, niños, etc… encontramos uno que nos gustó mucho en un pueblo a las afueras de Madrid, cerca de donde vivían mis hermanas y nos mudamos. Era una casa preciosa, y enorme, con cuatro habitaciones, dos baños, el salón, la cocina, y zonas comunes con jardín y piscina para compartir con los vecinos. Yo me adapté muy rápido a vivir ahí, aunque fuese un pueblo. A Pepe le costó más adaptarse, pero es que recién hecha la mudanza tuvo que irse de viaje con el trabajo más de un mes y justo ese fue el tiempo que yo invertí en adaptarme. Me costó entender y acostumbrarme a sus ausencias por el trabajo. Eso era lo que peor llevaba yo, quedarme sola en una casa tan grande. Lloraba cuando tenía que ausentarse, incluso cuando eran simplemente guardias de 24 horas en el cuartel, pero no me quedaba otra, había elegido compartir la vida con un militar y esas ausencias ahora formaban parte de mi vida. Por suerte, cuando Pepe llegaba a casa todo volvía a ser amor y cariño para mí. Pero nuestra vida se volvió un poco rutinaria. Trabajo y entrenamientos para él. Trabajo y hacerme cargo de la casa para mí. Yo me encargaba de todo: limpiar, cocinar, hacer la compra, la colada, recoger, todo lo que tuviese que hacer en la casa, y además había que sumarle nueve horas de mi jornada en la oficina y todo el tiempo que tardaba en ir y volver al trabajo. Los días se me hacían eternos y con las ausencias de Pepe por su trabajo y que cada vez entrenaba a más equipos de baloncesto, el tiempo que pasábamos juntos cada vez era menor. Llegó un punto en el que apenas nos veíamos por la mañana porque nos levantábamos a la misma hora, y por la noche si él llegaba de entrenar antes de que yo me hubiese dormido. Es decir, que apenas nos dábamos un par de besos al día y poco más. Mi vida se fue haciendo cada vez más aburrida. Pepe llegaba cansado a casa y nunca le apetecía tener momentos cariñosos… y nada que hablar sobre tener sexo. Quizás, si había suerte, cada dos o tres semanas lo hacíamos, pero algo rapidito porque estaba cansado. Por las noches no quería porque decía que si no al día siguiente no rendía en el trabajo, por las mañanas apenas daba tiempo de tomar un café y vestirse, y por las tardes casi nunca estaba en casa con los entrenamientos. El caso era que ambos queríamos tener hijos, así que cuando lo hacíamos, aunque fuesen pocas veces no usábamos ningún método anticonceptivo. El tiempo fue pasando. Yo acepté que mi vida había cambiado para ser aburrida. Me dedicaba a trabajar y a ser ama de casa. Si me apetecía hacer cualquier cosa como ir de compras, salir a comer por ahí, salir de copas, al cine, de excursión, de fin de semana, etc… hacía planes con mis amigas o con mi familia porque a Pepe nunca le apetecían esos planes. Su vida se resumía en ir a trabajar por las mañanas, ir a entrenar por las tardes e ir a los partidos de sus equipos los fines de semana, lo demás ya se lo daba yo todo hecho: comida servida, casa limpia, ropa limpia y doblada, etc… Más de una vez me dijo que para él el sexo no era importante, y mierda, para mí sí lo era, importante y necesario. Pepe me regaló un vibrador con un montón de accesorios con diferentes formas y texturas para que me divirtiese. Aquel regalo estuvo bien, y me gustaba usarlo, pero hubiese preferido que mi marido (aunque no estábamos casados) me cumpliese como hombre, porque el sexo para mí no era sólo penetrarme o conseguir un orgasmo, necesitaba todo lo demás que conllevaba amor y cariño. Necesitaba los besos, las caricias, las miradas, sentir que adoraba mi cuerpo y dejaba que yo adorase el suyo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD