ZOE No sé en qué momento la compasión se me volvió un lujo, pero lo descubrí mirándolo de pie, frente a mí, con esa mirada desesperada de quien ya no sabe cómo manipular sin delatarse. Rodrigo me observaba con las manos temblorosas, los ojos brillando de falsa emoción. Un espectáculo patético. — Zoe, por favor, solo escúchame. —Dijo, dando un paso hacia adelante—. Sé que lo arruiné. Sé que te lastimé, pero no tienes idea de cuánto lo he lamentado. — Lamentarlo no borra las cicatrices. —Respondí, sin moverme—. Y tú no tienes el derecho de decir mi nombre como si todavía te perteneciera. Él extendió una mano, la voz quebrada. — No vine a discutir. Vine a pedir perdón. A decirte que cambié, que no he dejado de pensar en ti ni un solo día. — Qué romántico. —Reí, con un dejo de burla—. E

