Ese día, era sábado. No tenía planes, más que descansar y estar en cama todo el día. Mi cuerpo estaba agotado, así que, le di un descanso. Pero tontamente, mi estómago comenzó a sonar, porque me había saltado el desayuno. De seguro el idiota estaba en casa, quizá en la oficina. Bajé la escalera como si nada y me fui a la cocina. Max estaba mirando un libro de recetas, mientras cantaba. Ese chico se veía una buena persona. Al menos, su comida no me había hecho mal hasta el momento. Solo esperaba que esto no fuera una trampa, que él no trabajara para los Krause en secreto. Eso sería mi fin. Mi estomago no soportaría otro envenenamiento. —Hola, Max —lo saludé. Apenas me vio, me sonrió. —Buenos días, Alix. ¿Cómo se encuentra hoy? ¿Desea que le prepare un desayuno? —tenía tanta hambre, que m

