Capítulo 4 — Desconexión corporal

2050 Words
Esa noche dormí bien. Bueno, jamás había dormido mal, ni siquiera, cuando había hecho cosas malas. Me sentía tranquila, porque esta etapa del matrimonio y todas esas cosas absurdas que se me venían, no serían más que por un breve lapso. Estaba segura de que esa familia no aguantaría mucho tiempo. De hecho, dudaba siquiera que alcanzaran a terminar el contrato de sociedad de un año. De seguro saldrían corriendo como las ratas que eran en poco tiempo. Mamá siempre había sido la que nos instaba a ser más pacíficos. De la familia, la más mala era yo, luego me seguía Viggo, mi padre y hasta ahí llegábamos, porque mamá y Dag eran los más tranquilos y amables con el resto. Las personas nos molestaban diciendo que nos parecíamos a los Locos Adams, pero en versión billonarios. Obviamente, esto solo se logró a través de los años, cuando mi tatarabuelo materno descubrió que su enorme terreno campestre estaba plagado de cromo y otros minerales industriales, los que utilizó para hacerse rico. Con los años, su terreno campestre se convirtió en un enorme yacimiento, el que se expandió a medida que el viejo compraba más y más terrenos. Mi madre es la heredera de todo ese negocio, pero su aversión a los negocios obligó a mi padre a tomar las riendas del negocio familiar materno. No lo ha hecho mal, después de todo, formamos parte de las familias más ricas del continente, casta de la cual, no nos interesa ser partícipes, mucho menos junto a esas personas que nos comparan con la familia televisiva más oscura de la historia. ¿O quizá seamos más oscuros que ellos? Me levanté de buen humor a la mañana siguiente, porque estaba decidida a comenzar a idear mi plan de venganza. Si bien, los Krause aún no nos robaban nada, tampoco me iba a quedar de brazos cruzados a esperar a que eso sucediera. Al contrario, debía comenzar a asustarlos desde ya. —Buenos días, hija. —Buenos días, papá —le di un beso en la frente y me senté a la mesa, para desayunar. —Alix, ¿qué sucedió ayer? —preguntó mamá, mientras entraba al comedor desde la cocina. Era momento de hablar, lo sabía. —Sé que esa familia se asoció con nosotros para robarnos todo. —Esa es una acusación grave, Alix —dijo Dag, entrando detrás de mamá. A mi hermano le gustaba ayudar a mamá y a la cocinera a preparar el desayuno de todos. Dag era la viva imagen de mamá, en carácter y forma de ser. —Sí, lo es, pero ya verán que el tiempo me dará la razón —me encogí de hombros. —No lo tortures mucho —dijo Viggo entrando al comedor. Besó mi cabeza y se sentó a mi lado. —No prometo nada, tío. —Alix, ten cuidado, ¿sí? —Papá, sabes que no doy un paso sin antes estar segura. En estos momentos estoy noventa y cinco por ciento segura de que los Krause tienen muy malas intenciones. —Muy bien —dijo colocándose de pie —, te dejaré hacer lo que desees, pero creo que esta vez, te estás equivocando. Los Krause se ven personas normales y de buen actuar. Tienen mucho dinero y no creo que quieran robarnos nada. Quizá te has hecho una imagen muy apresurada. Aun así, esperaré para ver hasta dónde llegas y qué consigues —me dijo serio e imponente. Sabía que papá confiaba en mi juicio, aunque a veces, en un inicio, dudaba de mí. Aun así, decidí no preocuparme por su actitud, porque ya le demostraría que yo sí tenía razón, Orión ya me había hecho entender lo que andaban buscando y no iba a descansar hasta que les mostrara a todos, lo que realmente estaba pasando. —¡Terminen su desayuno! —nos regañó mamá. Mientras papá besaba apasionadamente a mamá, a modo de despedida, no podía dejar de pensar en que el matrimonio apestaba. El único matrimonio que me causaba cierto grado de ternura era el de mis padres, del resto ni hablar. Había visto matrimonios que se engañaban entre sí, que mentían y robaban. Había visto a varios empresarios cenando con prostitutas y a otros abusar de sus esposas, por los golpes que eran levemente visibles en sus brazos y rostro. El maquillaje no siempre servía. Consideraba que el matrimonio estaba sobrevalorado, que era innecesario y que dificultaba que las personas se desarrollaran de forma independiente. Ahora estaba a punto de casarme, aunque no fuera por amor, era un matrimonio, al fin y al cabo. Mientras trataba de escribir mi autobiografía esa mañana, comencé a dudar de esa idea absurda que se me había ocurrido como venganza. Había muchas otras ideas que podía haber contemplado, en vez de un casamiento. ¡En qué mierda estaba pensando! —¡Qué imbécil! Pude, simplemente, investigarlos y vengarme de otra manera. ¡¿En qué demonios estabas pensando, Alix?! —me cuestioné en voz alta. Debía evitar que esa loca idea se concretara a como diera lugar. Casarme con Orión, era lo mismo que hacer lo que Jorgen quisiese. Era lo mismo que darles en el gusto como una niñita buena y obediente. Había caído en las redes de los Krause sin antes pensarlo bien. En ese momento me decidí, debía hablar con papá y decirle que todo era una broma, que ese matrimonio no podía llevarse a cabo. Aunque, pensándolo bien, yo era libre de decidir por mí y de terminar ese matrimonio sin que hubiese comenzado aún. No necesitaba la opinión de mi padre ni su aprobación. Yo nunca había cometido un error antes, no sabía qué me había pasado ahora. Me vestí, sin siquiera bañarme. Sabía que los Krause debían estar con papá en la empresa y me importaba muy poco que me vieran desarreglada. Si esa imagen de mí les desagradaba, pues mejor para mí en ese caso. Tomé mi bolso y caminé hacia la salida de la habitación, pero fui interrumpida por Dag. A mala hora se le ocurría aparecer a mi hermano. —Alix, quiero conversar contigo —a veces me sorprendía esa capacidad de ser inoportuno que tenía. —Dag, estoy apurada. Conversemos luego —traté de avanzar, pero comenzó a olfatearme y puso mala cara. —Ni siquiera te bañaste. ¡Apestas! y no, no puedo esperar. Debemos conversar ahora. —Dag, realmente no puedo ahora —caminé hacia la puerta, pero me detuve, cuando él volvió a hablar. —Es sobre los Krause —me detuve en seco y lo miré curiosa. —¿Qué sucede con ellos? —ok, eso era importante. —¡Vaya! Solo obtuve tu atención con ese apellido. A veces dudo de tu interés y amor por mí. —¡Dag! ¡Habla de una jodida vez! —caminé hacia él, porque se había sentado en mi cama deshecha y desordenada, y lo miré atenta. —Está bien —contestó resignado —. No logré escuchar toooodo por completo, pero algo alcancé a escuchar. Jorgen le dijo a su hijo, ayer después de que te fuiste, que “debía seguir así” —hizo comillas con los dedos. —¿Seguir así? ¿Así cómo? ¿Sobre qué? —no entendía nada. —Solo eso escuché —Dag se puso de pie frente a mí y estiró su mano para tocar mi hombro —“Debes seguir así” —dijo de forma teatral y seria —. Así lo dijo, en ese tono. —Sabía que esa familia estaba tramando algo. Esto no se va a quedar así —me di la vuelta enojada y salí de la habitación, mientras Dag trataba de detenerme para que no hiciera algo de lo que me pudiese arrepentir después, según me iba gritando. —¡Cállate, Dag! —le grité. Salí de casa y caminé hacia el garaje para subirme a mi auto. Estaba decidida a enfrentar a esa familia. Ya no podía dar marcha atrás, solo hacia adelante. Debía defender a mi familia a como diera lugar, debía mantener su honor en alto, porque nosotros no éramos unos santos, pero jamás le habíamos derribado los negocios a otros. Muy pocas personas se habían atrevido a meterse con nosotros, porque sabían que gozábamos de una agenda infinita de contactos y conocidos, los cuales estaban dispuestos a hacer lo que fuera por nosotros. Apenas llegué al edificio, le entregué las llaves al valet parking para que estacionara mi auto y me fui decidida hacia la entrada. Escuché a varios saludarme y de seguro estaban sorprendidos por cómo andaba vestida. Pero qué más daba, ya estaba ahí. Estaba esperando el ascensor, cuando una voz desagradable me habló. No estaba de humor, mucho menos para las idioteces de Kaiser Roth. —Alix, hoy estás… distinta —lo miré enojada, mientras él detallaba mi cuerpo con una mueca de asco, por cómo andaba vestida. —Sí, Kaiser, las mujeres también vestimos ropa sencilla y no nos bañamos. Me alegro de que te dé asco, así dejarás de idear planes para desposarme —le dije de forma sarcástica. Su cara de sorpresa fue realmente chistosa. Me subí al ascensor y él se quedó mirando con cara de estúpido, hasta que dio un paso para subir —. Ni siquiera se te ocurra subir —lo amenacé —. Apesto —le dije en tono de burla. Mientras subía en el ascensor, iba pensando en qué decir. A papá no le debía explicación alguna, según yo. Si bien eran sus nuevos socios, yo también formaba parte de esa sociedad y como tal, también tenía poder de decisión. A los Krause tampoco le debía explicar nada, ni siquiera los conocía, como para estar dándoles explicaciones innecesarias. Apenas se abrieron las puertas en el piso veinte, me preparé mentalmente para lo que se venía. Para ser honesta, no sabía cómo reaccionaría mi padre ante mi repentina negativa por casarme con Orión. Ni siquiera sabía qué tan amigos eran los Krause y mi padre. Suponía que no pasaría nada tan terrible. Saludé a la recepcionista, quien me sonrió, sin antes, mirarme de pie a cabeza en menos de dos segundos. No me importó. Tenía el derecho de vestir como quisiera y de bañarme, cuando se me diera la gana. Entré a la oficina de papá sin tocar, porque él me había autorizado a hacerlo tiempo atrás. En ella estaban los Krause y mi padre, sentados en los sillones que había en aquella oficina. Era obvio que no esperaban visita alguna, porque se sorprendieron al verme. —Buenos días. Yo… —¡Alix! Qué bueno que viniste —me interrumpió Jorgen. —Sí… Bueno, yo… —Cariño, ¿qué te sucedió? —me dijo Siriana, colocándose de pie para acercarse a mí —¿Acaso estás enferma? —tocó mi frente para comprobar la temperatura. —No, yo… necesito hablar con… —¡Alix, siéntate con nosotros! —dijo Jorgen. Tanta interrupción me estaba desesperando. —Alix, los Krause quieren extender el plazo de la sociedad a dos años —dijo mi padre. En ese momento, me detuve. No era normal que un socio quisiera extender el plazo a los dos días de haber firmado. Esto estaba muy raro. —Así es, Alix. Yo debo volver a mi país en un mes, para atender los negocios que tenemos allá, así que, Orión se quedará a cargo acá, en mi lugar —Jorgen tenía una sonrisa muy extraña, casi malévola —. Queremos extender el plazo de la sociedad, porque vemos lo prometedora que es esta empresa para nosotros, como familia —sí, estos tipos lo querían todo, lo podía ver en sus ojos. En mi cabeza resonó lo que Dag me había dicho en casa: “Jorgen le dijo a su hijo, ayer después de que te fuiste, que debía seguir así”. En ese momento, mi cabeza razonó de la peor manera y mi boca habló totalmente desconectada de mi mente. —Pues bien, casémonos la semana que viene —dije de inmediato. Mi cerebro y mi boca se habían descontrolado por completo —, así podrás estar presente en la boda de tu hijo —definitivamente, mi cuerpo no estaba en sincronía ese día.
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