No supe qué decir ni qué hacer en ese momento. Esa familia había venido por dinero y era más que obvio, que no se irían con las manos vacías. Pero cuál era su plan, ¿quitarle todo a mi familia? ¿Dejarnos en la calle con un matrimonio por conveniencia? O simplemente ¿querían ganar dinero con nosotros? No lograba entender sus motivos.
Miré a Jorgen, tratando de que mi semblante no reflejara nada. No quería darle la dicha de verme nerviosa, temerosa. Yo era una persona fuerte y a mi parecer, aún no nacía la persona que me desestabilizara, así que, en ese preciso momento, Jorgen Krause estaba jodido. No le daría en el gusto. Estaba dispuesta a defender a mi familia con uñas y garras si llegase a ser necesario. Ellos jamás lograrían dimensionar todo el sudor y sangre que hubo en mi familia, generación tras generación, para lograr el imperio que habían formado. Y no hablaba por un tema monetario, sino más bien, el honor. Mis abuelos y los padres de ellos habían formado ese negocio desde los cimientos. Se habían accidentado, habían perdido manos y pies con tal de lograr dejarle un patrimonio aceptable a sus familias. Los Krause no serían quienes nos lo quitarían y si debía meterme en el negocio familiar, con tal de controlarlos, estaba dispuesta a hacerlo.
—Creo, Jorgen, que los matrimonios por conveniencia ya no existen en pleno año dos mil veintitrés —le dije de forma sarcástica.
—¡Oh, no, querida Alix! No hablo de un matrimonio solo por conveniencia. Tú eres hermosa, mi hijo también, quien quita que se puedan enamorar con facilidad —insistió.
—Me parece que te estás adelantando a los hechos —le contesté con mirada desafiante. No estaba dispuesta a cederles un solo euro del patrimonio familiar.
—Bueno, solo era una idea —dijo de forma graciosa, pero a nadie le hizo gracia, solo a Siriana. Era obvio que su esposa no era más que un monigote dentro de su estructura mental —¡Disfrutemos la comida! —dijo dándole un par de golpes en la espalda a mi padre.
Pero Jorgen no contaba con algo: yo era vengativa por naturaleza. No me importaba hacerles daño a las personas, con tal, de que mi familia estuviese bien y si para él, casar a su único hijo con una total desconocida, con rasgos psicópatas desde niña, no implicaba problema alguno, pues bien, podíamos jugar a su estúpido juego.
—Puedes fijar una fecha, cuando gustes, Jorgen —le dije de forma desafiante. Así es idiota, yo también era ambiciosa, cuando me lo proponía y sabía jugar muy bien mis cartas. De tonta no tenía ni un solo pelo. Estaba decidida a sacar a la familia Krause del negocio, costara lo que costara.
—Puedes elegirla tú, si gustas —dijo Orión. De inmediato lo miré, porque al fin estaba mostrando su verdadero rostro. Él y sus padres estaban cortados por la misma tijera de la codicia. Qué personas más decepcionantes.
—Ustedes vinieron con esas intenciones en primera instancia. Elijan la fecha ustedes y me la comunican después —me levanté de la silla, mientras Kaiser se limpiaba la corbata que había manchado con vino y el resto me miraban sorprendidos. Miré a mi papá y le di una leve sonrisa. Él sabía perfecto que yo sonreía de verdad, cuando algo tramaba. Bard me conocía mejor que nadie y ese simple gesto, le haría saber que yo tenía un plan en mente y que si lo estaba haciendo era, porque algo no estaba bien en esa sociedad.
Salí de aquel restaurante con la frente en alto, porque esta no era la típica historia en donde la mujer era la pobrecita. En esta historia, Alix era una mujer fuerte, tenaz y vengativa. Había quebrado piernas y brazos, había herido a personas y me había vengado de todos quienes me habían hecho la infancia y adolescencia infeliz. En mi vida de adulta no sería la excepción. No me importaba si alguien salía herido o peor aún, muerto.
Iba caminando por la calle, cuando alguien tomó mi brazo con fuerza, haciéndome voltear para mirarlo. Era Orión. Se notaba que había corrido un poco para alcanzarme. Pues así será nuestra vida de casados, corazón, tú siempre corriendo detrás de mí, porque nadie puede superarme.
—¡¿Estás loca?! —me dijo evidentemente enojado. ¿Loca por caminar rápido? O ¿loca por desenmascararlos tan rápido? Elige, bombón.
—Me parece que el loco en esta historia eres tú y tu familia de codiciosos.
—¿Codiciosos? —me preguntó extrañado —¿Crees que queremos la fortuna de tu familia? ¿Qué clase de personas crees que somos?
—No lo sé, dímelo tú —me crucé de brazos.
—Vinimos a hacer negocios, solamente.
—Pues tu padre no piensa igual.
—Mi padre solo está buscando amarrarme con cualquier chica de buena familia. No quiere que siga siendo un mujeriego —se veía frustrado, pero… era tan actuado, se notaba de inmediato.
—¿Eres un mujeriego? —lo pensé un par de segundos, pero no. Él estaba mintiendo, lo sabía perfecto —Pero ¡qué mentira más idiota se te ocurrió, Orión! —le contesté casi burlándome de él —No sabes mentir, eres un completo inútil hasta para decir una mentira. Sé muy bien las intenciones de tu familia, deja de fingir. No necesitas colocarte una máscara conmigo, conozco a los de tu clase —le dije acercándome un poco, de forma amenazante —. Si tu intención es quedarte con la empresa de mi familia, pues te informo que eso jamás pasará. ¿Crees que son los primeros en venir y hacer negocios con nosotros? ¿Crees que tu padre es el primero en proponer que me case con su hijo? Son unos novatos —comencé a reír, cosa que hace mucho no hacía. Pero, mientras me reía, Orión cambió por completo su rostro. Había dado en el clavo, ellos venían con otras intenciones. Así que, erguí mi cuerpo, de forma imponente y caminé aún más cerca de él, instancia en la que nuestros labios quedaron demasiado cerca y nuestras respiraciones tocaban la piel del otro —. Te recomiendo, que vayas a terapia y te prepares, porque tu vida se convertirá en un infierno desde el día en que nos casemos. Terminarás rogándome para que nos divorciemos y en ese momento, me firmarás lo que sea, con tal de que te deje ir —me acerqué aún más a su boca —. Y debo advertirte, que yo jamás pido perdón ni me arrepiento —me alejé de él, pero volvió a tomar mi brazo con fuerza. Lo miré desafiante y él comenzó a acercarse nuevamente.
—Yo también sé jugar —acercó sus labios, pero esta vez, me besó. Su aliento mentolado y el olor de su perfume invadieron mis fosas nasales. Si, también lo besé, pero, cuando su lengua entró en mi boca, corté el beso de golpe, dejándolo con las ganas. Me solté de su agarre y me fui. Si él quería jugar, pues jugaríamos y yo jamás perdía.
Tomé el primer taxi que vi y le pedí que me llevara a casa, indicándole la dirección exacta. Debía comenzar con los preparativos que arruinarían de a poco la vida de ese chico. Haría que su padre se arrepintiera de andar ofreciendo a su único hijo por dinero.
Yo jamás me había opuesto a los negocios que mi padre realizaba con personas desconocidas. Siempre lo había apoyado en todo, pero ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces en las que los “nuevos socios” buscaban más que enriquecerse con las mineras que manejábamos. Tuvimos muchas ofertas de nuevos socios a través de los años, pero solo unos pocos lograron concretar. Mi padre siempre hacía sociedades con plazos de un año. Ese era el tiempo suficiente para saber si valían la pena los nuevos socios o no, porque en el negocio de la minería, había que estar dispuesto a invertir mucho dinero, no solo en maquinaria, sino que también, en los propios mineros, porque su trabajo era arriesgado. Mi padre siempre entregaba bonos altísimos al final de cada año, como agradecimiento por el arduo trabajo que cada día desarrollaban bajo tierra. Por esa razón, porque la inversión era muy grande, los nuevos socios terminaban retirándose de la sociedad. Realmente, nosotros no necesitábamos socios, porque solo con el patrimonio de la empresa alcanzábamos a cubrir absolutamente todo el gasto anual que se realizaba, pero mi padre era un alma caritativa, que siempre gustaba de ayudar a otros empresarios a surgir y a engrandecer sus empresas. El problema estaba, en que el empresario entre más ganaba, menos dinero quería gastar e invertir.
Apenas entré a casa, Lars me saludó con ese aire serio e imponente, debido a sus dos metros de altura. Junto a él estaba Nilsa, la ama de llaves. Ella estaba locamente enamorada de Lars, quien trabajaba junto a mis padres como el mayordomo de la mansión desde mucho antes de que yo naciera. Nilsa llevaba con nosotros un poco más de cinco años. Un día, Lars despertó con lumbago, fue en ese momento, en que mamá decidió contratar a una ama de llaves para que compartiera responsabilidades con Lars, quien estaba cansado.
—¡Alix!
—¡Viggo! —corrí hacia mi tío, porque él era mi persona favorita en el mundo y verlo de visita era algo especial para mí.
Viggo Traeger era mi tío y hermano de mi padre. Era un cincuentón risueño, que viajaba por todo el mundo y conocía culturas nuevas cada mes. Era un viajero desde sus dieciocho años y aventurero acérrimo. Nunca quiso formar parte de la empresa de mi madre, porque odiaba los trabajos de oficina. Siempre decía que algún día iba a morir, pero que, para ese entonces, quería haber hecho todo lo que se le hubiese dado la gana. Llevaba más de treinta años viajando y siempre me preguntaba cuándo sería el día en que dijera “ha sido suficiente”.
—¡Estás hermosa, cariño! —me dijo Viggo, abrazándome y girando conmigo en el aire.
—¡¿Cuándo llegaste?!
—Esta mañana. Traje muchísimos regalos para todos —se preguntarán de qué vivía mi tío Viggo, pues el abuelo Traeger les dejó a sus dos hijos la enorme fortuna que había amasado producto de las inversiones que había realizado en los sesenta. Una bola de béisbol, mientras veía un juego en uno de sus viajes a Estados Unidos por turismo, impactó en su cabeza dejándolo en coma una semana. Cuando despertó, un abogado lo contactó y lo ayudó a demandar al equipo de béisbol por los daños ocasionados. Con todo el dinero que se le pagó por concepto de indemnización por los daños ocasionados con la famosa bola de béisbol, realizó inversiones en Europa y logró aumentar su patrimonio, llegando a formar parte de la lista de los millonarios europeos más influyentes del continente en los sesenta.
Bueno, Viggo vivía de eso, de su herencia. No entendía cómo aún le quedaba dinero. Sabía que mi papá le daba una mensualidad desde hace años, porque, aunque el tío no trabajara, mi padre lo amaba con locura y se desvivía por él, tratando de que jamás le faltara un plato de comida y dinero para sus viajes. A esa altura, meter a Viggo en una oficina a esa edad, no tenía sentido.
—Debo contarte algo —le dije seria, cuando nos sentamos en la sala de estar.
—¡¿A quién heriste esta vez?! —me preguntó divertido, porque debía ser honesta y decir de inmediato, que toda mi familia era rara, con rasgos psicopáticos y una leve tendencia por ver a otros sufrir. Según Viggo, eso lo habíamos heredado de su propio padre, quien había muerto hace unos veinte años, producto de la demencia senil y el Alzheimer que padeció. Como dichas enfermedades mataban sus neuronas a cada segundo, de un día para otro sus órganos comenzaron a fallar y murió producto de una falla multisistémica en su casa, junto a su familia.
—A nadie… aún —Viggo rio fuerte y me miró atento —. Creo que me voy a casar —dije frustrada.
—¡Qué buena broma, hija! —me dijo empujándome un poco.
—¡No es broma! —me reí, mientras me sobaba el brazo.
—¿Qué? ¡¿De qué me perdí?! ¡¿Con quién te vas a casar?! ¡Juro que lo voy a matar! —trató de levantarse del sillón, pero lo detuve.
—No vas a matar a nadie, porque primero lo mataré yo por querer quedarse con la fortuna de la familia.
—¡¿Qué?! ¿Cómo lo sabes? ¿Bard sabe sobre esto?
—Aún no lo sabe, pero ya lo sospecha. Al menos, se lo hice saber.
—¡Maldito malnacido! Ni siquiera me lo presentes, porque lo mato ¡con mis propias manos! —dijo haciendo un gesto con sus manos, como si ahorcara a alguien.
—Lo vas a tener que conocer igual, porque no me casaré si no estás a mi lado.
—Pues no lo estaré. Listo, fin de la discusión. ¡No te casarás! —se cruzó de brazos.
—Vamos, Viggo. No seas así. No me casaré por gusto, sino que, por venganza.
—¿Por venganza? —me miró sorprendido.
—Ajá. El nuevo socio de papá propuso que su hijo se casara conmigo, porque estábamos solteros. Ahí supe de inmediato que eran codiciosos. Pero le seguí el juego y le dije que sí nos podíamos casar.
—Sé que tienes un plan bajo la manga. Jamás hubieses aceptado casarte de esa manera. No, no… mejor dicho, jamás te casarías. Eso no está en tus planes —me miró entrecerrando sus ojos de color café oscuro. Mi tío era tan pálido, como una Boana Crepitans o más conocida, como rana platanera. No le gustaba llevar cabello en su cabeza, porque decía que le daba mucho calor. Se afeitaba la cabeza día por medio y su altura, sumado con su cuerpo robusto, asustaban a cualquiera.
—Ya me conoces —sonreí un poco —. Si cree que puede robarle la empresa a mi familia, está muy equivocado. Primero robaré la suya antes de que se dé cuenta.