No pude alcanzar sus labios, que estaban abiertos esperando para recibir los míos, porque el sonido del teléfono me hizo parar de golpe, devolviéndome a la realidad. Nos miramos por unos segundos aún abrazados. Quería decirle que no me importaba quien estaba llamando, quería saborearla y saciarme de ella, como había deseado desde que era joven, quería aliviar este ardor que crecía dentro de mí corriendo un grave peligro de convertirse en fuego. Pero ella se apartó. Y aunque quise detenerla para que no lo hiciera, no pude, porque aquel aparato del infierno no paraba de sonar. De repente todos los sentidos, el raciocinio, la conciencia, toda esa cordura volvieron a mí de golpe, devolviéndome a la realidad. Maldije en silencio. Tenían que haberse quedado por donde andaban, no las necesita

