Sariel y Marco caminaban por el bosque cercano al palacio, por el mismo sendero que llevaba hacia la tumba del rey Arturo, pero la rubia se desvió para no pasar por aquel lugar, que lo consideraba como un lugar al que solo podía entrar Merlín por el significado que tenía para este. Raquiel los iba siguiendo guardando su distancia, y sintiéndose ridículo por parecer lo que en su mundo llamaban “el violinista” de la pareja. -¿En serio era muy necesario que mi hermano nos acompañara? No tengo que leer su mente para saber que se siente incómodo, se le nota en la cara – dijo ella, sosteniéndose del brazo del mago para no resbalar en un empedrado camino. Se arrepintió entonces de no haberse puesto unas botas. -No sé cómo sean las cosas en tu mundo, pero aquí es muy impropio que un caballero

