LIRA
Amara ya está sentada a la mesa del comedor cuando abro la puerta de golpe y dejo mis maletas junto a ella. Una montaña de libros de texto se extiende a su alrededor como una fortaleza de papel. Con solo verme, se pone de pie.
"¿Qué pasó? Pareces haber visto un fantasma."
"Hoy dispararon contra la barbería." Las palabras brotan antes de que pueda suavizarlas. "Justo cuando estaba cerrando."
Cuando el hombre más guapo que he visto en mi vida entró para hablarme de que el alcalde quería matarme.
"¡Dios mío!" Corre hacia allí. "¿Estás bien? ¿Alguien resultó herido?"
Se me cierra la garganta.
No, no estoy bien. Estoy aterrorizada. Ese hombre vino a matarme . Y solo por pura suerte sigo viva.
Pero no puedo decirle eso. Ya ha sufrido bastante por mi culpa.
—Estoy bien —digo forzando una sonrisa—. Solo estoy un poco nerviosa. Y todos los demás también están bien. Marcus salió un rato antes para ayudar a la señora Díaz a mover unas cajas.
“Eso es bueno.” Me mira fijamente a la cara. Sus ojos color avellana se parecen tanto a los de mamá que duele. “¿Seguro que estás bien?”
"Seguro." Le aprieto el hombro. "No te preocupes por mí, pequeña."
"Bueno... si tú lo dices." Ella asiente, pero la preocupación nunca desaparece de su voz.
—Sí, lo digo —le respondí forzando una sonrisa, solo para ella—. ¿Cómo va la solicitud de ingreso a la universidad?
—Van bien —dice radiante, contenta por el cambio de tema—. Necesito reunirme con mi orientadora antes de ir a clase mañana. —Se muerde el labio—. ¿Sigues dispuesta a venir conmigo mañana por la mañana?
Trago saliva con dificultad. "Sí."
“Preparé puré de papas antes de que llegaras a casa”, dice Amara. “No está tan bueno como el de mamá, pero cumple su función”.
Se me oprime el pecho al oír sus palabras. No es tan bueno como lo de mamá . Ya nada lo es. Ni la comida, ni esta casa, ni siquiera los consejos que Amara necesita.
Y todo es culpa mía. Si no fuera por mí, mamá y papá seguirían aquí, haciendo lo que se supone que deben hacer los padres. En cambio, Amara se ha quedado conmigo: lidiando con sus responsabilidades parentales como una niña que juega a disfrazarse con ropa de adulto.
"Hola." La voz de Amara interrumpe mi estado de confusión. "¿Seguro que estás bien?"
Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo aquí parada, mirando al vacío. Me arden los ojos, pero contengo las lágrimas. No puedo llorar. No delante de ella. Tengo que ser fuerte, aunque solo esté fingiendo.
"Sí, solo necesito ducharme…" La mentira tiene un sabor amargo en mi lengua. "Quitarme la ciudad de encima. Volver a sentirme yo mismo."
Pero jamás volveré a sentirme yo misma. Porque por mucho que lo intente, no podré borrar la culpa, el dolor ni todo aquello que jamás podré deshacer.
Me escapo al baño y abro la ducha al máximo. El vapor se eleva y empieza a empañar el espejo. Con manos temblorosas, reviso mi lista de reproducción en el móvil y le doy al play para que el reguetón alegre ahogue todo lo demás.
El agua me quema la piel mientras estoy bajo el chorro caliente. Agradezco el ardor mientras abrazo mis rodillas contra mi pecho. Cualquier cosa con tal de sentir algo que no sea esta aplastante culpa en mi pecho.
Pude haber muerto hoy. Casi muero hoy. Y si hubiera muerto, Amara lo habría perdido todo y a todos en su vida.
Un sollozo se me atraganta y lo ahogo contra mis rodillas.
Las uñas se clavan en mis piernas y dejan marcas en forma de media luna en mi piel. No son nada comparadas con las cicatrices que surcan mis muslos, pero el dolor me mantiene con los pies en la tierra. Me recuerda que sigo aquí.
Que aún puedo controlar algo en mi vida.
Mi pecho se agita con otro sollozo silencioso. El agua sigue cayendo, pero no puede borrar lo sucedido. Nada lo hará jamás.
Aprieto mi rostro contra mis rodillas hasta que empiezan a aparecer estrellas tras mis párpados mientras lloro. Pero entonces algo más aparece ante mis ojos.
Un par de ojos. De un azul penetrante e intenso.
Los ojos de Byron.
Sus ojos se clavan en los míos como si pudiera ver a través de mí. Sus labios se curvan en esa sonrisa cómplice. Entonces todo vuelve a mí. El peso de su cuerpo —caliente, pesado, pero no desagradable— presionándome contra el suelo. El aroma de su colonia mientras me protege de los cristales que caen a mi alrededor, incluso cuando tiene la navaja presionada contra mi cuello.
Anatolia .
Ese único y vertiginoso instante en que vi la sangre correr por su cuello.
Cuando me miró y sonrió , me retó a que siguiera adelante.
Y su promesa de despedida.
Nos volveremos a ver .
No. No. No puedo pensar en él de esa manera. ¡Es peligroso!
Pero mi mente traicionera no deja de volver a esos ojos azules. A esa voz. A la extraña chispa que sentí cuando nuestras miradas se cruzaron y nuestras pieles se rozaron. Y a la calidez imposible y, paradójicamente, la seguridad que sentí bajo él.
Y por primera vez, después de lo que parece una eternidad, me invade una emoción distinta a la vergüenza y la culpa.
Deseo.