Camino detrás de él. "¿Esperas que crea que no te ganas enemigos? ¿Vestido así? ¿Con ese reloj?"
-No. -Algo oscuro brilla en sus ojos mientras la navaja se acerca a su cuello-. Doy ejemplos.
Lo miro fijamente.
Él me mira fijamente.
-Por favor, no hables mientras uso la afeitadora -digo en voz baja cuando recupero la voz-. No quiero que te conviertas en un ejemplo.
"Mmm."
Mi mano libre se mueve para sujetarle la barbilla, y el calor me recorre el brazo desde el punto de contacto hasta llegar a mi cara. La navaja desciende lentamente y besa su piel.
Su mirada se aparta de la mía por un momento para leer mi etiqueta con nombre sujetada a mi delantal.
"¿Qué fue primero...?", pregunta, con la nuez palpitante bajo mi mano con cada sílaba. "¿El nombre o el pelo?"
Mi estómago da un vuelco involuntario y lucho por mantener mi mano firme.
Es observador, lo admito. Más observador de lo que me gustaría. Al instante, me empiezan a sonar las alarmas.
Porque se está acercando peligrosamente a una terrible verdad.
"¿Qué te dije sobre hablar?" Le recuerdo suavemente.
La hoja traza un suave camino por su cuello, sobre la joroba de su nuez, y le corta la mandíbula angulosa. El roce del acero contra la carne es una distracción agradable. Poco a poco, siento que me tranquilizo mientras me concentro en la tarea que tengo entre manos.
Pero justo entonces, termina el anuncio y empieza uno de la campaña del alcalde. Me aguzo el oído al oír una voz familiar en la tele. Primero en español, luego en inglés.
Este noviembre, Nueva York, alcen su voz. Porque votar por Grant Bennet es votar por...
La mayoría de la gente podría describir la voz del alcalde Bennet como la de un barítono suave y profundo. ¿Pero yo? Esa voz suena como un martillo neumático destrozando las aceras de hormigón.
Y estaré bien sin volver a escucharlo nunca más.
Por reflejo, mis dedos se aprietan alrededor del mango de la navaja y mi mano empieza a temblar de nuevo. Pero esta vez, no por nervios.
De la ira.
No escuches. Concéntrate en lo que haces. Me repito a mí mismo. En cualquier cosa menos en la voz de ese cabrón que sale de la tele.
La navaja traza otro movimiento largo y lento desde el cuello del hombre hacia su mandíbula antes de alejarse.
"¿Sabías que el alcalde tiene unos esqueletos curiosos en su armario?", pregunta el hombre de nuevo. "¿Esqueletos que está dispuesto a matar para mantenerlos ocultos?"
Mi mano se congela.
Esos ojos azules se clavan en los míos, mortalmente serios y concentrados.
"¿Quieres preguntar por qué estoy aquí de nuevo, printsessa?"
Oh Dios. Oh no. Oh mierda.
Tenía razón. Heishere para mí.
Me tiembla la mano. No tengo motivos para no creer que no me está diciendo la verdad ahora mismo. Y sé que tengo que actuar. O es él, o soy yo.
No soy una asesina.
No tienes elección.
Porque si muero, Amara no tendrá a nadie en el mundo. Y no puedo hacerle eso.
La navaja se acerca un poco más a su cuello.
No reacciona en absoluto, salvo que su sonrisa se ensancha al inclinar la cabeza hacia atrás para exponer más su garganta. Sus ojos azules me atraviesan como si me estuvieran mirando fijamente al alma.
Como si esperara que yo hiciera algo así.
Como si quisiera que yo hiciera algo así.
La navaja empieza a moverse. Una fina línea roja aparece en el cuello del hombre, y la sangre se mezcla con el jabón blanco formando un remolino rosa pálido. Verlo me paraliza el corazón.
Y mi mano.
La sangre me ahoga los oídos por lo que acabo de hacer. Mi respiración se vuelve irregular y no puedo dejar de mirar la sangre que sigue manando del lugar donde la cuchilla lo abrió, manchando el impecable cuello blanco de su camisa.
Pero él sigue mirándome. Esperando.
Como si todo esto fuera una especie de prueba.
-Sigue -su voz se vuelve más grave, casi un ronroneo-. No te dije que pararas.
Pero antes de que pueda, un movimiento me llama la atención desde la ventana delantera. Un sedán n***o se detiene lentamente junto a la boca de incendios, aunque no hay tráfico en la calle.
Eso es raro.
La ventana tintada baja lentamente.
El sol moribundo brilla sobre algo metálico.
Mis ojos se abren de par en par al reconocerlo.
¡Pistola!
Antes de que pueda gritar, antes de que pueda moverme, antes de que pueda siquiera procesar lo que está pasando, el hombre en mi silla entra en acción. Su mano se cierra alrededor de mi muñeca y me tira al suelo al mismo tiempo que se levanta de la silla.
El arma ruge.
La ventana se rompe.
"¡Permanece abajo!"
Su cuerpo cubre el mío mientras la lluvia de cristales nos rodea. El impacto me deja sin aire y me encuentro aplastada contra el suelo, atrapada bajo sus músculos firmes y su traje caro.
Su corazón late con fuerza contra mi pecho. O quizá sea el mío. Ya no lo sé.
Se oyen más disparos.
Su peso me presiona con fuerza contra el suelo mientras más vidrios explotan sobre mi cabeza.
No puedo respirar. No porque sea pesado -lo es-, sino porque algo duro se me clava en la cadera, y tardo un momento en reconocer qué es.
Una pistola debajo de su chaqueta.
El corazón me golpea con fuerza las costillas. Esto no está pasando. Esto no puede estar pasando.
Su brazo se extiende más allá de mi cara, y por un instante, creo que me está alcanzando. Me estremezco, pero sus dedos se cierran alrededor de la navaja que se me ha caído de las manos.
Las balas rebotan contra el metal a nuestra izquierda. Los cristales rotos caen sobre nosotros como pequeños diamantes brillantes. El aroma de su colonia me llena la nariz, atravesando el miedo en mis venas para calmarme.
No debería marearme ahora mismo. Pero lo hace.
Ahora es su turno de poner la espada contra mi garganta.
"Considérate afortunada hoy", dice, con la misma naturalidad con la que nos encontramos en una cafetería. "No soy el único que intenta matarte. Ahora sé buena chica y dime tu nombre. Tu nombre completo".
"Taylor", respondo, sabiendo que, de alguna manera, estoy viva porque él me quiere viva más que muerta. "Lira Taylor".
"Lira Taylor", dice mi nombre lentamente, como si recorriera cada sílaba para saber a qué sabe. "Un placer conocerte. Soy Byron Russo".
Entonces, una sonrisa cómplice se dibuja en sus labios. Se mueve ligeramente hasta que su rostro queda a centímetros del mío, hasta que esos penetrantes ojos azules son lo único que puedo ver.
El espacio entre nosotros parece disolverse, y puedo sentir su potente voz retumbando contra mi caja torácica. Un escalofrío inesperado me recorre la espalda. No es solo de miedo. Y tampoco del todo indeseable.
-No le digas nada a nadie sobre lo que pasó. -Me golpea el pecho con la parte trasera roma de la navaja con cada palabra-. ¿Entendido?
Incapaz de encontrar mi voz, todo lo que puedo hacer es asentirle rápidamente.
Sin decir otra palabra, se pone de pie nuevamente con un movimiento fluido.
De repente mi cuerpo se siente frío sin su peso sobre mí.
"Te veré de nuevo."
El calor vuelve a subir a mis mejillas y sé que me estoy sonrojando a pesar de la locura de todo lo que está sucediendo entre nosotros.
Él me mira una última vez, con la navaja en una mano y el arma en la otra, antes de correr a través de la puerta hacia el caos exterior.