Capítulo 4

878 Words
LIRA Amara está sentada a la mesa del comedor cuando abro la puerta con el hombro y dejo mis maletas junto a ella. Una montaña de libros de texto la rodea como una fortaleza de papel. Con solo mirarme a la cara, se pone de pie. "¿Qué pasó? Parece que has visto un fantasma." "Hoy dispararon en la barbería." Las palabras se me escapan sin que pueda suavizarlas. "Justo mientras cerraba." Cuando el hombre más sexy que jamás había visto entró a hablarme sobre el alcalde que quería verme muerta. -Dios mío -se acerca corriendo-. ¿Estás bien? ¿Alguien salió lastimado? Se me cierra la garganta. No, no estoy bien. Tengo miedo. Ese hombre vino a matarme. Y solo por pura suerte sigo viva. Pero no puedo decirle eso. Ella ya ha pasado por bastante por mi culpa. -Estoy bien -fuerzo una sonrisa-. Solo un poco nerviosa. Y todos los demás también. Marcus salió hace un rato para ayudar a la Sra. Díaz a mover unas cajas. -Qué bien. -Me observa la cara. Sus ojos color avellana se parecen tanto a los de mamá que duele-. ¿Seguro que estás bien? -Sí, claro. -Le aprieto el hombro-. No te preocupes por mí, pequeña. -Bueno... si tú lo dices. -Asiente, pero la preocupación no desaparece de su voz. -Sí, lo digo. -Fuerzo una sonrisa, solo para ella-. ¿Cómo va la solicitud de ingreso a la universidad? "Van bien", sonríe, contenta por el cambio de tema. "Necesito ver a mi orientador académico antes de ir a clases mañana". Se muerde el labio. "¿Todavía puedes acompañarme mañana?" Trago saliva con fuerza. "Sí." "Preparé puré de papas antes de que llegaras", dice Amara. "No está tan bueno como el de mamá, pero cumple su función". Me aprieta el pecho al oír sus palabras. No tan bueno como el de mamá. Ya nada lo es. Ni la comida, ni este hogar, ni siquiera los consejos que Amara necesita. Y todo es culpa mía. Si no fuera por mí, mamá y papá seguirían aquí, haciendo lo que se supone que deben hacer los padres. En cambio, Amara se ha quedado conmigo: lidiando con sus deberes paternales como una niña que juega a disfrazarse de adulta. -Hola. -La voz de Amara interrumpe mi espiral-. ¿Seguro que estás bien? Me doy cuenta de que he estado aquí, mirando al vacío, demasiado tiempo. Me arden los ojos, pero contengo las lágrimas. No puedo llorar. No delante de ella. Tengo que ser fuerte, aunque solo esté fingiendo. "Sí, solo necesito ducharme..." La mentira me sabe amarga. "Limpiarme la ciudad. Volver a sentirme yo misma." Pero nunca volveré a sentirme yo misma. Porque por mucho que me restriegue, no borraré la culpa, el dolor y todo lo que jamás podré deshacer. Me escapo al baño y abro la ducha con el agua caliente al máximo. El vapor sube y empieza a empañar el espejo. Repaso mi lista de reproducción en el móvil con manos temblorosas y le doy al play para que el reggaetón animado apague todo lo demás. El agua me quema la piel hasta ponerme roja mientras me siento bajo el chorro caliente. Agradezco la quemadura mientras abrazo mis rodillas contra el pecho. Cualquier cosa con tal de sentir algo más que esta culpa aplastante en mi pecho. Podría haber muerto hoy. Casi muero hoy. Y si lo hubiera hecho, Amara lo habría perdido todo y a todos en su vida. Un sollozo se me atasca en la garganta y lo ahogo contra mis rodillas. Las uñas se me clavan en las piernas y me dejan marcas de media luna en la piel. No son nada comparadas con las cicatrices que cruzan la cara interna de mis muslos, pero el dolor me mantiene firme. Me recuerda que sigo aquí. Que todavía puedo controlar algo en mi vida. Mi pecho se agita con otro sollozo silencioso. El agua sigue cayendo, pero no puede borrar lo sucedido. Nada lo hará jamás. Aprieto la cara contra las rodillas hasta que las estrellas empiezan a florecer tras mis párpados mientras lloro. Pero entonces aparece algo más. Un par de ojos. Azul penetrante e intenso. Los ojos de Byron. Se fijan en los míos como si pudiera ver a través de mí. Sus labios se curvan en esa sonrisa cómplice. Entonces todo vuelve a fluir. El peso de su cuerpo -caliente, pesado, y aun así no incomodo- presionándome contra el suelo. El aroma de su colonia mientras me protege de los cristales que caen a mi alrededor, incluso con la navaja apretada contra mi cuello. Byron. Ese único momento vertiginoso en el que vi su sangre corriendo por su cuello. Cuando me miró y sonrió, me desafió a seguir adelante. Y su promesa de despedida. Nos veremos de nuevo. No. No puedo pensar en él así. ¡Es peligroso! Pero mi mente traidora sigue volviendo a esos ojos azules. A esa voz. A la extraña chispa que sentí cuando nuestras miradas se cruzaron y nuestra piel se tocó. Y a la calidez imposible y paradójicamente segura que me sentí debajo de él. Y por primera vez, lo que parece una eternidad, una emoción distinta a la vergüenza y la culpa se derrama en mí. Deseo.
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