La habitación de Elia era un reflejo perfecto de su personalidad: organizada hasta el punto de lo obsesivo, pero con toques de color vibrante que rompían la rigidez. Las paredes estaban decoradas con tapices que representaban escenas de caza y batalla, y en un rincón descansaba sus vestidos de baile en muñecos de madera que hicieron exclusivamente para ella porque a Elia le encantaba ver sus trajes. Abigail y Shiloh habían llegado hacía unos minutos, después de que Elia las invitara a prepararse juntas para la cena. Era algo inusual: Elia solía preferir prepararse sola, valoraba su privacidad. Sin embargo, su prima Abi estaba de visita y, además, se encontraban en medio de algo especial —por decirlo de alguna manera—. Por eso, aquella noche había hecho una excepción, y sus primas habían a

