Caleb se echó a reír ante la explicación de David porque él sabía que su primo estaba mintiendo, pero no iba a decir nada.
—Dani es toda una artista entonces —comentó Caleb, aguantándose la risa—. Aunque con nueve años, es normal que quiera expresarse de alguna forma. Mejor que pinte a que ande entrenando con espadas como nosotros a esa edad.
David sonrió al ver que Caleb le seguía la corriente. Su primo le guiñó un ojo en complicidad silenciosa, como diciendo que guardaría el secreto.
Elia, quien había estado comprando especias en otro puesto, se acercó al grupo.
—Deberíamos comprarle también algunos lienzos pequeños. Así puede practicar sin hacer desastres.
David asintió, agradecido de que nadie cuestionara demasiado su historia.
«¿Tan convincente soy?», pensó con alivio mientras comenzaba a seleccionar pinceles de diferentes tamaños, pinturas de varios colores, y algunos lienzos que supuestamente serían para su hermana menor pero que en realidad terminarían en su habitación secreta.
—Me parece bien, ¡Le compraré estos pinceles! Se ven de muy buena calidad —comentó emocionado, examinando las cerdas con cuidado—. Y estas pinturas también, sus pigmentos son sorprendentes.
Caleb, al ver que David estaba comprando media tienda con demasiado entusiasmo, se pasó una mano por el cabello echándoselo hacia atrás con demasiado fastidio.
—¿Cuánto tiempo más vas a tardar? —preguntó con impaciencia—. Dijiste que pasaríamos por la cantina después de esto. Mi amiga debe estar esperándome.
David revoloteó los ojos mientras pagaba por los materiales.
—Tu "amiga" puede esperar unos minutos más, Caleb. No morirá por eso, y no se irá a ningún lugar si dices que trabaja en la cantina.
Shiloh se rio ante el intercambio, disfrutando de la dinámica entre sus hermanos y primos. Como eran contadas las veces que la dejaban salir del palacio, estaba aprovechando cada segundo. Cada oportunidad de estar en la ciudad era preciosa para ella.
Entonces en ese momento, mientras David guardaba con mucho cuidado los materiales en su bolsa, Caleb de repente se tensó. Su nariz se arrugó un poco mientras olfateaba el aire con sutileza, tratando de no llamar la atención.
Había un olor. Uno familiar que despertaba memorias de hace diez años. Hielo y algo más... algo que no lograba identificar del todo. Con el transcurso del tiempo y tantas experiencias vividas, los detalles se habían difuminado en su memoria. Pero había «algo» en ese aroma que le traía recuerdos borrosos, imágenes fragmentadas.
«Ese olor...», pensó frunciendo el ceño. «Lo conozco. Pero ¿de dónde?»
Se volteó a medias, escaneando la multitud con ojos entrecerrados. Había demasiada gente, demasiados olores mezclándose. Especias, sudor, perfumes, comida cocinándose... era imposible aislar un solo aroma entre tanto caos. Sin embargo, luego de pensarlo bastante, ¡Recordó!
«¡Las chicas de Glacialis, la montaña, las jinetes de mi dragón de hielo!», exclamó en pensamientos, tratando de disimular para no llamar la atención, pero luego frunció el ceño
«No», se dijo a sí mismo después de un momento. «Debe ser mi imaginación. Entre tantos olores es fácil confundirse. No pueden ser ellas. ¿Qué probabilidad hay de que esas chicas del bosque estén aquí, en Pyrion, después de tanto tiempo?»
Al analizar eso, Caleb sacudió la cabeza, descartando el pensamiento como absurdo.
—¿Estás bien? —preguntó David notando la expresión extraña en el rostro de su primo y cómo sacudía la cabeza, como si quisiera quitarse algo de la mente.
Caleb asintió, forzando una sonrisa despreocupada.
—Sí, solo... pensé que olí algo familiar. Pero debe ser el calor afectándome, el día está bastante caluroso, ¿no creen?
Sacudió la cabeza una vez más, descartando el pensamiento.
—En fin, esa es una señal para que vayamos a la cantina. Hablo con mi amiga y nos tomamos unos tragos. ¿Qué dicen?
—Shiloh no puede beber alcohol —dijo David de inmediato, con tono protector—. Si mi padre huele alcohol en ella sabiendo que salimos juntos, me asesinará y aun soy muy joven para morir.
Shiloh suspiró, cruzándose de brazos.
—Bueno, beberé algo sin alcohol entonces —dijo con un fastidio que apenas podía disimular.
En el fondo detestaba que la trataran como una niña cuando ya tenía diecinueve años, pero no podía hacer nada al respecto. Así pues, el grupo comenzó a caminar hacia la zona de las cantinas, con Caleb liderando el camino, pero mirando de vez en cuando mirando por encima del hombro. Ese olor seguía molestándolo, como una picazón mental que no podía rascar. Pero para no arruinar la salida de David, prefirió no decirle, al menos no por ahora.
Mientras tanto, en el otro extremo del mercado, completamente fuera de la vista de los Volcaris, los cinco hermanos del norte terminaban sus compras.
Miriam había adquirido todo lo necesario: ropa apropiada, joyas discretas, y algunos accesorios que completarían sus disfraces de nobles refugiados. Ahora sostenía varios bolsos de tela repletos de sus adquisiciones, satisfecha con el progreso del día.
—Hemos hecho bien —declaró evaluando al grupo mientras se limpiaba su frente sudorosa—. Con estas prendas y un poco de actuación convincente, nadie sospechará que somos hijos del Señor Invernal. Pareceremos justo lo que queremos parecer: nobles desplazados buscando refugio.
Keith asintió con aprobación, cruzándose de brazos.
—El plan es sólido. En dos días entraremos al palacio durante la fiesta y comenzaremos nuestra verdadera misión. Recopilar información, identificar debilidades, evaluar sus fuerzas. Al fin, ya quiero comenzar para largarme de aquí, o al menos para regresar y congelar un poco este lugar, sería bueno ¿no lo crees?
—Yo pienso que sí, cuando Padre autorice el ataque, este lugar quedará hermoso lleno de nieve y frío —dijo Seraphina con los ojos brillantes de emoción.
Violeta por su parte, miraba de manera hacia la multitud, con sus pensamientos claramente en otro lugar.
—¿Y si los encontramos allí? —preguntó sin dirigirse a nadie en particular—. A los tres del bosque. ¿Qué hacemos entonces?
Miriam la miró con expresión seria.
—Entonces actuamos con inteligencia, no con emoción —dijo Miriam, cruzada de brazos—. Los observamos, aprendemos sobre ellos, y esperamos el momento correcto. La venganza precipitada arruinará todo. Tenemos que hacer las cosas bien.
Thane colocó una mano en el hombro de su gemela, sintiendo su tensión.
—Tendrás tu venganza, hermana. Te lo prometo. Pero debe ser en el momento correcto, no cuando la rabia te controle.
La muchacha pelinegra asintió, aunque la promesa de venganza ardía en su pecho como brasas que nunca se extinguían. Seraphina una vez más no opinó, ella nunca lo hacía cuando hablaban de los muchachos que le quitaron la bestia invernal a Violeta. A diferencia de sus hermanos, ella no sentía sed de venganza. Sentía algo diferente, algo que no comprendía pero que la inquietaba más de lo que quería admitir.
—Regresemos a la posada —ordenó Miriam comenzando a caminar—. Necesitamos descansar y prepararnos para los próximos días. Mañana exploraremos más la ciudad, aprenderemos las costumbres locales, nos familiarizaremos con todo lo que necesitamos saber.
El grupo le obedeció y todos comenzaron a caminar de regreso, cargando sus compras y sus secretos. Ninguno de ellos sabía que habían estado a metros de distancia de aquellos que buscaban. Ninguno sabía que, en dos días, sus caminos finalmente se cruzarían de forma inevitable.
Mientras caminaban por las calles cada vez menos concurridas conforme se alejaban del mercado central, Keith habló con voz pensativa:
—Este reino es más próspero de lo que esperaba. Las calles están limpias, la gente parece bien alimentada, hay orden. El Rey Sadrac gobierna bien, debo admitirlo...
Miriam asintió, tomando nota mental de esa observación.
—Eso lo hace más peligroso. Un reino bien gobernado significa ejércitos bien entrenados, ciudadanos leales, y defensas sólidas. No será fácil conquistar esto cuando llegue el momento.
—Nada que valga la pena es fácil —comentó Keith con esa arrogancia característica—. Pero somos hijos del Señor Invernal. Nacimos para conquistar lo imposible.
Cuando llegaron a la posada, el sol comenzaba a descender. El calor del día empezaba a ceder, reemplazado por una brisa que, aunque aún cálida para sus estándares, era más tolerable que el infierno del mediodía y la tarde.
Una vez en su habitación, los cinco se dejaron caer en las camas y sillas con suspiros de alivio.
—Mañana será otro día largo —anunció Miriam quitándose las sandalias—. Descansen bien esta noche. Necesitarán toda su energía para lo que viene.
Mientras sus hermanos se acomodaban para la noche, Miriam se acercó a la ventana. Miró hacia la ciudad que se extendía ante ella, con sus calles iluminándose gradualmente con antorchas y lámparas de aceite.
En algún lugar de esa ciudad estaban ellos. Los tres que habían arruinado los planes de su padre hace diez años. Los tres que habían causado su castigo. Los tres que, sin saberlo, se habían convertido en el centro de sus pensamientos durante una década.
«Pronto», se prometió a sí misma. «Pronto nos encontraremos cara a cara. Y cuando eso suceda, descubriré si este sentimiento extraño que me provocas es odio... o algo completamente diferente.»
La pelirroja sacudió la cabeza, descartando ese pensamiento como absurdo. Solo podía ser odio. No había otra explicación lógica para la forma como el recuerdo de esos ojos azules la perseguía después de tanto tiempo.
«Es solo odio», se repitió. «Nada más que eso.»
Pero en el fondo de su ser, una voz pequeña susurraba que se estaba mintiendo a sí misma.