Capítulo 1
Ariel
Estoy sentada en mi oficina tratando de organizar el desastre que la anterior asistente dejó. Dios, ¿qué diablos hacía esa mujer? ¿Acaso sabía lo que significaba la palabra trabajo? Tallo mi rostro con frustración y suspiro. Echo mi cabeza hacia atrás y cierro los ojos cuando escucho un golpe y algo se quiebra. Abro los ojos asustada; había olvidado que Atenea se encontraba en la oficina. Yo me pongo de pie y me acerco a ella mientras trata de recoger los pedazos del vaso que ya están en el piso. Yo de inmediato le digo que no lo haga y empiezo a negar. Ella me ve confundido y yo le sonrío.
—Yo lo hago, te puedes cortar.
Ella me mira, no muy convencida, y asiente.
—Lo lamento, fue un accidente, pero te puedo ayudar.
Yo me pongo de rodillas y trato de juntar los pequeños pedazos de cristal.
—No te preocupes, los accidentes pasan. Mejor, ¿por qué no me dices por qué si eres una niña tan inteligente las niñeras no te soportan?
Ella coloca sus manitas en la cintura y tengo que decir que se ve bastante linda. Está a punto de decirme qué es lo que sucede cuando la puerta de mi oficina se abre y un hombre bastante molesto aparece ahí. Lo primero que hace es ver a Atenea y la señala.
—Te pedí una sola cosa y no lo haces. ¿Por qué no obedeces?
Yo volteo a ver a Atenea y sus ojos se han cristalizado. De inmediato me pongo de pie frente a ella, mirando directo a los ojos al señor Jackson.
—Lo lamento, señor, no fue la niña, fui yo. Perdón, fue un accidente. Ella solo ha estado ahí sentada, esperando que llegue la hora para marcharse a su casa. De verdad, mil disculpas.
Él me mira a los ojos, no muy convencido de lo que estoy diciendo, pero asiente. Extiende su mano hacia Atenea y ella de inmediato la toma.
—Se puede marchar, señorita Ariel. Por ahora, el trabajo ha terminado. Mañana la espero a la misma hora y gracias por cuidar a mi hija. Sé que no es su trabajo, y se que es una niña complicada. De verdad, mil gracias. En su cheque de mes vendrá un bono extra.
Yo empiezo a negar, pero él simplemente se da la vuelta y no me deja decir nada más. Se marcha. Atenea me voltea a ver, me sonríe y con su pequeña manita se despide. Yo suspiro, más relajada, camino hacia mi escritorio y sigo con mi trabajo, pues aunque él me ha dicho que ha terminado, yo aún tengo algunos pendientes.
Ni siquiera me doy cuenta de la hora cuando mi teléfono suena. La pantalla brilla con el nombre de Mauricio. Yo sonrío y de inmediato contesto.
—¿Acaso ya me extrañas?
Él suelta una carcajada. Después, la línea se queda en completo silencio y de pronto empieza a hablar sin parar.
—Tengo que hablar contigo muy seriamente. No sabes lo que sucedió en casa de los Falcón. Esto es un completo desastre. Al parecer, la señora Falcón quiere hablar contigo y cuando me lo dijo, se veía bastante molesta. Así que tenemos que ir a tomar un trago y un no, lo puedo aceptar.
Yo miro la hora y es bastante tarde. Tengo que llegar a casa, además vivo un poco lejos, así que suspiro y le digo:
—Marcelo, me encantaría saber qué es lo que pretende la señora Connie, aunque te pediré que de ahora en adelante no me hables de la familia Falcón, especialmente de...
—No, nena, tú no me puedes pedir eso. Es que necesitas saber lo que sucedió con Leob...
—No, Marcelo, gracias por preocuparte, pero no quiero saber nada de su vida. Mi decisión está tomada. Cuando tenga tiempo, le llamaré a la señora Connie, le preguntaré qué necesita de mí y eso es todo. Los tragos el fin de semana, prometo acompañarte, pero por favor, de verdad, me lastima saber lo que está sucediendo con él.
—Está bien, nena, aunque sigo insistiendo en que necesitas saber todo lo que sucedió en esa casa. Y por supuesto que el fin de semana nos iremos de antro tú y yo. Arrasaremos con todos y te conseguirás un papi que te hará olvidarte de todo. Te lo prometo, te amo, nena. Cuídate.
Yo casi suelto una carcajada cuando el idiota de Marcelo dice eso, aunque tengo que decir que la intriga está en mi cabeza. Pero no, no puedo dar un paso hacia atrás. Me duele, me duele todo lo que sucedió y no quiero volver a pasar por lo mismo.
Salgo de la oficina bastante tarde. Ya está oscuro y hay pocas personas en la calle. Camino hacia la parada de taxis, saco mi cartera y reviso cuánto dinero tengo. Dios, si pago un taxi ahora mismo, mañana no tendré para venir a trabajar. Así que empiezo a caminar hacia las paradas de bus. No es tan lejos, pero caminar en la noche me da un poco de miedo. Pero no puedo hacer nada más.
Estoy de pie esperando el bus cuando una gota de agua cae en mi frente. Yo miro hacia el cielo y, como si mi mala suerte no fuera suficiente, el cielo se ha oscurecido aún más. ¿Dónde diablos quedaron las estrellas? Dios, solo espero que no llueva a cántaros, pero lo dicho, mi mala suerte.
Estoy completamente empapada. Veo mi reloj; ha pasado media hora y el bus simplemente no llega. De pronto, un coche se para frente a mí. Yo frunzo el seño confundida, y el hombre baja la ventanilla. Cuando lo veo, ni siquiera lo reconozco y era porque realmente no lo conocía. Pero el hombre me empieza a gritar.
—¿Cuánto, muñeca, por una noche? Anda, que estás de suerte.
Yo abro los ojos sorprendida. ¿Qué diablos le pasa a este idiota? No le presto atención y doy unos pasos hacia adelante para salir de su vista, pero obviamente él avanza un poco más y sigue insistiendo.
—Vamos, muñeca, no te hagas del rogar. Además, no eres tan bonita.
Yo me cruzo de brazos, lo miro con una ceja alzada, bastante molesta, mientras el agua sigue bajando por mi rostro. Le digo:
—Te equivocaste de persona. Será mejor que te largues si no quieres que llame a la policía por acoso, agresión e intento de secuestro.
Yo le muestro mi teléfono con el 911 marcado. Él abre los ojos completamente sorprendido y empieza a negar.
—Estás completamente loca. ¿Secuestro? ¿De qué diablos estás hablando? Yo solo quería un buen polvo. Vete al diablo.
Mientras él arranca a toda prisa, yo suelto una carcajada y me doy media vuelta, pero mi sonrisa se borra completamente. Ahí está, de pie frente a mí, empapado, con los brazos cruzados y se ve bastante molesto.
—¿Qué se supone que hace aquí? Hace más de 2 horas, usted debería estar ya en su casa. Sé que esta no es una zona muy peligrosa, pero se puede encontrar a cualquier idiota como el tipo de ahí. De verdad, un secuestro. Vaya que sabe defenderse.
Él empieza a reír y niega. Jamás lo había visto reír de esa manera. Bueno, realmente nunca lo he visto reír hasta ahora y tengo que decir que es bastante lindo. Yo me encojo de hombros, restándole importancia.
—¿Qué le puedo decir? Como bien dijo, era un idiota solamente. Pero, señor Jackson, ¿qué hace aquí? Ya es un poco tarde.
Me mira como diciendo "¿en serio?", pero antes de que pueda decir algo más, veo que viene mi bus, así que intento hacer la parada cuando él toma mi mano. Yo lo miro con los ojos muy abiertos y él empieza a negar.
—La llevaré a su casa. Ya es un poco tarde para que se vaya en el bus. Además, me imagino que se quedó haciendo más trabajo del que le había ordenado ande. Suba al coche, que ya estamos empapados.
Yo quiero negarme, pero él se acerca al coche y abre la puerta. Suspiro con resignación y camino hacia este. De inmediato me subo, él da la vuelta y hace lo mismo. De inmediato empieza a conducir. Todo está en completo silencio hasta que lo rompe.
—Estás acostumbrada a desobedecer órdenes. Me extraña, Connie.
Yo de inmediato lo interrumpo. Conozco perfectamente a la señora Falcón; ella me enseñó todo lo que sé.
—Connie es una mujer entregada a su trabajo. Tengo que agradecerle porque le debo todo lo que soy y justamente ella me enseñó que no debo dejar nada pendiente. Así que mi intención no fue desobedecer, sino simplemente terminar mi trabajo.
Él me mira muy serio y asiente. Y yo ni siquiera me doy cuenta, pero cuando detiene el coche, levanto mi rostro y ahí está mi casa. Y no solo eso, sino que Leobardo está con un enorme ramo de flores. Yo suspiro y niego mientras mi jefe me dice:
—¿Que ese chico no es el hijo de Connie?
Yo me bajo del coche y le sonrío.
—Por supuesto que lo es, pero cuando se vaya de aquí, ni su madre lo reconocerá.
Él me mira con los ojos muy abiertos y empieza a reír a carcajadas. Yo solo cierro la puerta del coche y me alejo. No miento con lo que digo; ya verá Leobardo quién soy realmente.