Rose no comprendía del todo la intensidad ardiente que brillaba en los ojos de Dorian. Era una emoción que no podía nombrar, pero que la ponía nerviosa, como si su corazón supiera algo que su mente aún no alcanzaba. Desvió la mirada, intentando disimular su incomodidad, y preguntó con fingida naturalidad: —Esto es… —Bahía del Río de la Plata —interrumpió él, sin mirarla—. Esta es mi residencia privada. Y también será el lugar donde se celebrará nuestra boda. Rose se quedó sin palabras. ¿Matrimonio? ¿Casa? Sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Antes de que pudiera reaccionar, Dorian la tomó de la mano con suavidad, guiándola a través del jardín cubierto de hojas crujientes, hasta llegar a la entrada. Entraron juntos al salón principal, donde una fila de sirvientes los esp

